
sábado, 16 de enero de 2010
jueves, 14 de enero de 2010
martes, 12 de enero de 2010
El círculo recto o el hierro de madera
Joseph Alois Ratzinger, también conocido desde el mundo católico como Benedicto XVI, pidió en una alocución pública el 6 de enero pasado una ciencia que no sea “autosuficiente”, sino abierta a la fe, ya que “la ciencia precisa de la fe”. Para ello, ponía como modelo de científicos y a la vez creyentes a los magos venidos de Oriente guiados por una estrella hasta Belén.
Asombra que alguien ponga como paradigma de científico a unos magos (a lo sumo, astrólogos visionarios) por el hecho de que en un libro religioso se relate que estos vieron una estrella que, según ellos, presagiaba el nacimiento del “rey de los judíos”. Tampoco se sabe qué tiene de científico afirmar que una estrella les fue precediendo desde Jerusalén hasta el poblado de Belén o que esos magos tomaron la resolución de volver a casa por otro camino que el de la ida por haber recibido en sueños la advertencia. Pues bien, Joseph Alois Ratzinger ve en esos magos a unos «hombres de ciencia en sentido amplio, que observaban el cosmos considerándolo casi como un gran libro lleno de signos y de mensajes divinos para el hombre”. Un poco más, y Ratzinger los hace descubridores de la teoría del campo unificado
Ratzinger, además, pretende inculcar “la unidad entre inteligencia y fe” y que la ciencia precisa de la fe, basándose en el hecho de que esos magos, al llegar a Jerusalén, además de poseer sus presuntos conocimientos científicos, necesitaron “las indicaciones de los sacerdotes y de los escribas para conocer exactamente el lugar al que acudir, o sea, Belén, la ciudad de David”. En otras palabras, la estrella (la ciencia) y las Sagradas Escrituras (la fe) “fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, que aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad». ¿Va captando el lector la honda argumentación de Ratzinger sobre la relación entre ciencia y creencia? Pues vea entonces, la conclusión: así como los magos, “auténticos sabios”, “no se avergüenzan de pedir instrucciones a los jefes religiosos de los judíos”, de igual forma los científicos actuales deberían pedir instrucciones a los jefes religiosos actuales, es decir, a Ratzinger, consiguiendo así “una perfecta armonía entre la investigación humana y la Verdad divina “.
La cosa es que, acudiendo a las fuentes (Mateo 2), Joseph Alois Ratzinger omite que esos magos preguntan solo a la gente de Jerusalén (como cualquier persona que llega a un lugar que no conoce) y el único que por desgracia consulta a los sacerdotes y escribas es el rey Herodes, el cual hace dos cosas: mandar después a los magos a Belén para que le informen y matar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores, lo cual tiene muy poco de científico y muy poco de cualquier otra cosa. No obstante, Ratzinger insiste: la ciencia no debe ser "autosuficiente" sino abierta a la fe, ya que para comprender la realidad son necesarias "la inteligencia y la fe, la ciencia y la revelación". Si no fuera así, los magos no habrían llegado jamás a Belén, ¿está claro?
El filósofo Martin Heidegger, compatriota de Ratzinger, escribe en un opúsculo que pretender mezclar la filosofía y la religión, hablando, por ejemplo, de “filosofía cristiana” equivale a la expresión “hierro de madera”: la madera y el hierro no son enemigos ni quieren destruirse mutuamente, pero el hecho es que un hierro no puede ser de madera y una madera no puede ser de hierro. O es hierro o madera. O es ciencia o creencia. Antes, otro pensador, Ludwig Feuerbach, había utilizado ese mismo ejemplo al hablar de la pretensión de conciliar razón y creencia en el asunto de los portentos y milagros en religión, añadiendo además que ello sería equivalente también a querer dibujar un “círculo recto” o “un círculo en línea recta”.
La religión se basa en creencias (me lo creo o no me lo creo) basadas en argumentos de autoridad (revelación, dogmas.., objeto asimismo de creencia) y en vivencias pertenecientes exclusivamente al ámbito subjetivo. La ciencia se basa en datos y conocimientos objetivos, obtenidos mediante la observación y la razón empírica, a disposición de la comunidad científica, verificables, falsables y reproducibles mediante experimentación. Si la ciencia se metiese en el jardín de las religiones cometería un desvarío y dejaría ipso facto de ser ciencia. Si las creencias pretenden introducirse (mucho más, “guiar”) en el campo de la ciencia corren el riesgo de hacer simplemente el ridículo. Si alguien postula que la ciencia precisa de la fe, tiene una noción equivocada sobre la ciencia, pues una creencia es a la ciencia lo que el agua bendita es al átomo de hidrógeno.
sábado, 9 de enero de 2010
viernes, 8 de enero de 2010
jueves, 7 de enero de 2010
Música y nostalgia
Y también cantaba esta canción, convertida por arte de magia en canciòn de AMOR
miércoles, 6 de enero de 2010
martes, 5 de enero de 2010
lunes, 4 de enero de 2010
Europa, Europa
Desde el uno de enero del año recién estrenado España ha asumido la presidencia de la Unión Europea. El presidente Rodríguez Zapatero ha declarado que entre sus objetivos fundamentales están la consolidación del estado del bienestar en Europa, la salida de la crisis, el crecimiento y el empleo, mientras el ministro de Exteriores Moratinos insiste sobre seguridad energética, cambio climático, modernización de la economía, política internacional común, igualdad de género, derechos sociales y seguridad interior en todo el territorio de la UE. Siendo optimistas, es de esperar que Rajoy y los suyos no lleven permanentemente puestas las gafas de verlo todo desde el caos y la ruina patria.
Sin embargo, más allá de las palabras, cuentan los hechos. A nuestro país le corresponde ahora presidir Europa y quizá la primera tarea debería ser plantearnos una vez más qué es eso de Europa. En la mitología griega Europa fue una princesa fenicia que enamoró de tal modo a Zeus mientras jugaba con algunas amigas en la playa que Zeus se transformó en un hermoso toro blanco y manso, a cuyo cuello colgó un ramo de flores y sobre el que cruzó el mar hasta la isla de Creta.
De esta forma tan bella y luminosa concebían los griegos a Europa. Los griegos, viajeros y comerciantes por todo el mundo entonces conocido, asumieron en su seno conceptos, culturas y visiones del mundo muy dispares y aunque acogieron positivamente (sin censuras, descalificaciones y condenas) un gran cúmulo de ideas y costumbres egipcias, lidias, semitas, babilonias, persas…, eso no les condujo a un caos impregnado de eclecticismo o a una pérdida de identidad. Todo lo contrario, los griegos clásicos consiguieron metabolizar todo ese complejo conglomerado de culturas, confiriéndole su propia impronta, que forma parte ya de lo que ahora denominamos cultura europea y occidental
Europa sobrepasa con mucho los límites del mercantilismo económico y financiero. Sin duda, desempeñan una función esencial en el engranaje global de la UE la unidad monetaria o sus estructuras institucionales (Consejos, Parlamento, Comisión, Tribunales, Agencias…) que posibilitan su funcionamiento e impulsan su desarrollo. Sin embargo, Europa es sobre todo la suma de las ideas y las sensibilidades que han cristalizado, por ejemplo, en el Humanismo, el Renacimiento, la Ilustración, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, y un largo etcétera más, con una vocación irrenunciable de universalidad, a fin de que todos esos valores se extiendan por el mundo en forma de estado de bienestar económico y social para todos y cada uno de los miembros de la humanidad. Algunos hacen derivar el nombre de Europa de las palabras griegas euros (ancho) y pes (visión), lo cual ya indica que Europa debería ser siempre ajena a cualquier perspectiva canija o miope. Una Europa circunscrita a las fronteras de su propio ombligo no es Europa. Una Europa que renuncie a la vitalidad de las ideas e ideales que han nutrido su historia es solo un enorme mercadillo de cachivaches bajo la égida de grandes mercaderes.
Europa no debería ser entendible sin los grandes principios de la democracia. En la puerta del templo de Apolo en Delfos estaba escrito “Conócete a ti mismo”, como una invitación permanente a explorar en la realidad interior que nos constituye como personas y ciudadanos. La democracia es la condensación de todas las libertades, pero la verdadera libertad brota ante todo de las convicciones y las decisiones de las personas y las colectividades que integran esa sociedad democrática.
La auténtica libertad empezó a germinar en Europa hace 2.600 años tras el surgimiento del pensar racional y los primeros intentos de liberación del mito. Un portentoso ejercicio de libertad se empezó a llevar a cabo por aquel entonces a través de esa libertad de pensar autónoma y realmente. Las primeras democracias quedaron fundamentadas no solo en la libertad de expresión y de asociación, sino sobre todo en la libertad de pensar por sí mismo, sin mitos y argumentos de autoridad, en la libertad de saber y en la libertad de aprender a saber. Solo quien ha pensado antes tiene realmente algo que decir, pues de lo contrario las palabras están huecas y vacías de contenido, ciegas.
El lugar por antonomasia para aprender y ejercitar ese pensar y esa libertad es la escuela. Europa seguirá avanzando por las sendas del progreso, la racionalidad, las libertades, los derechos humanos y el estado de bienestar para todos los seres humanos si una de sus piedras angulares es la escuela pública, laica y de calidad, donde cada uno puede avanzar en igualdad de condiciones y libertad plena por el camino de la excelencia como persona y como ciudadano.





