viernes, 29 de enero de 2010
Manifestación de MHUEL
miércoles, 27 de enero de 2010
martes, 26 de enero de 2010
Frena, que viene un radar
No es raro encontrar en el mundo de los medios de comunicación y de la publicidad anuncios donde se ofertan aparatos para detectar radares en la carretera y poder así evitar la multa, en el caso de estar infringiendo alguna norma de circulación. Queda así en evidencia que la motivación principal de muchos ciudadanos para hacer o dejar de hacer algo no es el cumplimiento del deber o la responsabilidad personal, sino la evitación de la sanción o el castigo. Respetaré, por ejemplo, las normas de tráfico si un radar o un agente de policía pueden estar vigilando el tráfico; de lo contrario, haré lo que me salga de las narices.
Escribe el pensador Emmanuel Kant que los principios éticos por los que alguien se comporta deberían ser autónomos (originados y basados en el propio sujeto), y no heterónomos (su origen y fundamento es exterior: autoridad religiosa, fuerzas del orden…). Una persona que intenta regir su conducta mediante convicciones y valores metabolizados desde su propia conciencia y bien sedimentados en su interior muestra su madurez como ser humano y como ciudadano. Si, en cambio, asienta su comportamiento sobre elementos externos (el qué dirán, los dictados de dirigentes o el talonario de multas de la policía) denota una personalidad infantil, lejana de la madurez y de una autonomía vital, ética y cívica.
Se suele pensar a menudo que un niño hace o deja de hacer algo solo si hay en perspectiva un premio o un castigo. De ser eso cierto, nuestra sociedad acabaría estando constituida por individuos necesitados siempre de premios (contantes y sonantes, por lo general) y castigos para moverse por la vida: Es decir, estaríamos formando una sociedad de individuos anquilosados en hábitos y motivaciones afincadas en su infancia. De hecho, cuando generalmente se quiere erradicar una conducta o una costumbre considerada poco deseable en la sociedad se suele acudir a su represión mediante la advertencia de su posible sanción. Sin embargo, raramente se apela a la autonomía ética y personal, especialmente porque pocas veces se ha hecho realmente en el seno familiar o en la escuela.
Últimamente, se habla bastante del Pacto por la Educación, propuesto por el Ministerio de Educación y sometido ya a intenso debate entre los diversos grupos políticos. Salen a relucir asignaturas, horarios, años de bachillerato, enseñanzas y currículos obligatorios, etc., pero ni siquiera se ha rozado la necesidad de que el objetivo esencial de la educación sea la formación cabal de todos y cada uno de los alumnos como personas, ciudadanos y futuros profesionales, así como tampoco que resultará baldía toda adquisición de conocimientos que no surja de la autonomía y de las convicciones personales de cada alumno. Recibe suspensos bastante más de la mitad del alumnado, repite curso un considerable porcentaje, abandona de hecho sus estudios un número alarmante de ellos y una buena parte muestra diariamente su apatía e indiferencia ante lo que supuestamente deben aprender. Pues bien, raramente se analiza verdaderamente estos hechos y mucho menos se intenta encontrar una solución que no sea aliviar el problema que ello acarrea a una determinada parte del profesorado. Se consulta a catedráticos esclerotizados que jamás han pisado un aula de Secundaria, hablan y vuelven a hablar los líderes políticos a fin de recoger votos y desgastar al adversario, pero nunca se mira a los ojos de un escolar difícil o abúlico, o simplemente a uno del montón (la mayoría), que se limita a abrir cada día lectivo su paraguas para salir lo más indemne posible del aguacero.
¿Para cuándo una educación que forme personas, ciudadanos y profesionales desde los adentros de cada alumno, desde su identidad y mismidad? En los años 20 se estableció la Ley Seca en los Estados Unidos, que prohibía el consumo, fabricación, elaboración, transporte, importación, exportación y venta de alcohol, pero los resultados fueron negativos: mercado y dinero negro, mafia y delincuencia. En la actualidad existe una lucha policial a escala mundial contra el tráfico y consumo de drogas y estupefacientes, pero lo cierto es que el tráfico de drogas, que mueve unos 300.000 millones de dólares al año, es el mayor negocio del mundo. Y frente a la toma de grandes medidas represivas, que cuestan una enorme cantidad de dinero, el consumo crece y las redes de traficantes continúan, pues no se sabe bien qué sillones ocupan sus verdaderos capos y desde qué intereses económicos y financieros se sostiene. ¿Por qué, por ejemplo, tantos horripilantes asesinatos y tanto caos social en las fronteras mexicanas con su poderoso vecino del norte, si sigue habiendo un enorme número de estadounidenses que regularmente consumen sustancias ilegales y que demandan la droga?
Aun desde supuestos y objetivos diferentes, en la ley española 39/2006 se define la autonomía personal:"Es la capacidad de controlar, afrontar y tomar, por propia iniciativa, decisiones personales acerca de cómo vivir de acuerdo con las normas y preferencias propias así como de desarrollar las actividades básicas de la vida diaria". Pues eso.
lunes, 25 de enero de 2010
sábado, 23 de enero de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
lunes, 18 de enero de 2010
Haití, Haití
Ante el pavoroso desastre de Haití, cualquier palabra parece escasa y vacía, por lo que decidí colgar en mi blog solo dos viñetas aparecidas en un periódico de tirada nacional: en la primera, el planeta Tierra llora y llora; en la segunda, dos hombres, acodados en la barra de un bar, comentan así la noticia: “(1) Primero el tsunami; después el Katrina; ahora, Haití. (2) ¿Se la ha tomado Dios con la pobreza? (3) Está claro que la quiere erradicar”. Tiempo después, alguien comentaba en el blog: “¿Cómo hay quien sigue creyendo que dios existe, después de todo esto?”.
No obstante, sería un error plantear la tragedia de Haití como un asunto religioso o antirreligioso. En noviembre de 1775 se produjo un devastador terremoto, seguido de un gran maremoto, en la ciudad de Lisboa y aledaños, que causó la muerte de entre 60.000 y 100.000 personas. Toda Europa quedó conmocionada por aquel suceso, y algunos pensadores intentaron conciliar el principio de la bondad de dios, creador de todo y providente de sus criaturas, con el hecho patente del sufrimiento humano, la tragedia acaecida, las muertes, la peste y la existencia de tantos males y maldades. Como un Dios bueno era difícil de explicar en este contexto, Gottfried Leibniz escribió “Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal”, donde intenta demostrar que este es “el mejor de los mundos posibles”. Como contrapartida, Fedor Dostoyevski dejó escritas páginas memorables en su novela Los hermanos Karamazov sobre la imposibilidad de concebir un dios bueno principalmente ante el sufrimiento de los niños, los seres más inocentes del universo. Por su parte, también el biólogo Richard Dawkins expone otro argumento al respecto (”Argumento de la devastación incompleta): (1) Un avión se estrelló, falleciendo 143 pasajeros y la tripulación; (2) Sobrevivió un niño con sólo quemaduras de tercer grado; (3) Luego Dios existe.
Hay efectivamente otras perspectivas desde las que abordar tragedias como la de Haití. Por ejemplo, la científica: la lepra se debe al bacilo de Hansen y la pandemia de gripe de 1918, a un brote de Influenza virus A del subtipo H1N1 que mató entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo; la causa del terremoto es el choque de las placas tectónicas y la consiguiente liberación de energía y la reorganización de materiales en la corteza terrestre; si se produce bajo la superficie oceánica, ocurren los maremotos; el agua que penetra en el terreno por lluvias fuertes suele provocar el fuerte deslizamiento de tierras y lodos, y la circulación cerrada alrededor de un centro de baja presión, con fuertes vientos y abundante lluvia, origina los ciclones tropicales.
Somos unos animales más dentro de la escala evolutiva, sujetos a las inclemencias y a los desastres de la naturaleza, y que sucumben como cualquier otro a la ley de la entropía y a los procesos catabólicos del organismo. Sin embargo, hay una cuestión que sobrepasa los planteamientos de la ciencia: por qué las pandemias, los terremotos, los tsunamis, las inundaciones, las hambrunas y otras muchas desgracias afectan principalmente (en ocasiones, también casi exclusivamente) a los que ocupan los estratos más bajos de la sociedad. La actual crisis financiera y económica no afecta a banqueros, millonarios, grandes terratenientes y altos ejecutivos, sino que deja malparado o en el paro puro y duro a la parte más débil de la población. Los ciclones, los terremotos y las inundaciones golpean normalmente a la gente con menores recursos y peores condiciones de vida, en un sistema global donde el rico y el poderoso mantienen a toda costa (también a costa de los demás) su supremacía.
Intento ahuyentar el fantasma de Thomas Hobbes, pensador inglés del siglo XVII que explica el comportamiento de los individuos y de los grupos humanos desde un presunto egoísmo natural, que lleva a buscar el propio beneficio a costa de lo que sea y por encima de cualquier instancia moral o social, que no sea el miedo al castigo, de tal forma que reinan la desconfianza, el abuso y la explotación de los fuertes sobre los débiles. Me vienen simultáneamente a la mente la atroz dictadura de François Duvalier e hijo en Haití, la ayuda financiera y militar que recibieron por parte de los Estados Unidos; Ríos Montt, en Guatemala, el anterior genocidio maya; los retorcidos trapicheos de la CIA norteamericana en todo el continente americano; Bokassa en la República Centroafricana, Macías en Guinea Ecuatorial. Todos ellos forman parte de un larguísimo elenco de horrores. No obstante, quiero acabar este artículo pensando en ti y en tantos que sitúan las tesis de Hobbes en terrenos relativos y se decantan por la paz, la justicia y la libertad en un mundo tan machacado a veces como ahora está Haití.





