viernes, 15 de octubre de 2010

Ana Cuevas: Laicismo para la convivencia


Mi amiga Ana Cuevas me envía este lúcido y conciliador escrito. 
 
LAICISMO PARA LA CONVIVENCIA

Tocan a rebato, de nuevo, las campanas que convocan a la guerra santa. ¡Al moro, al moro!, azuzan los modernos torquemadas. La extrema derecha ha elegido su chivo expiatorio. Su pasaporte hacia el odio para las masas. Ese sentimiento que nace de la frustración de un pueblo y que, bien adulterado, se convierte en un vehículo político a cuyo volante solo pueden sentarse conductores sociópatas y destructores en masa. La Iglesia Católica, siempre solícita a los intereses de la ultraderecha nacional y viceversa, ya parece estar desplegando los pendones. Con esa nostalgia de antaño, cuando su organización lideró  la matanza y expulsión de los que consideraban "infieles", despojándoles de todas sus posesiones de paso. Sin complejos para negar la historia o tergiversarla siempre que lo consideran necesario. Como este Obispo de Córdoba, empeñado en que llamen Catedral a lo que el mundo entero conoce como Mezquita. Porque nadie puede negar que la sugerente belleza de su origen musulmán es la esencia de su reclamo.  Es su minarete lo que la gente se guarda en el recuerdo y no la posterior y lamentable aportación cristiana a su arquitectura.
No podemos negar nuestra historia señor Obispo. Los ochocientos años que los musulmanes compartieron nuestro territorio supusieron el periodo de mayor florecimiento cultural, artístico y científico para las tribus de amedrentados cristianos que poblaban estas tierras. Se desarrolló la medicina, la enseñanza, el pensamiento filosófico, la poesía y , en general, todo lo relacionado con el arte y las ciencias.  Ignorar este periodo y su influjo es como renegar de lo que hoy somos. Pero me temo que el conflicto con la denominación del templo, justo en este momento, tiene un cariz que va más allá de una cuestión de protagonismo religioso por parte del Obispado. La Iglesia cabalga de nuevo al lomo del caballo de los fascistoides. Atiende obediente a su llamado, como tiene por costumbre en estos lares. Así que van a por el moro a su manera sibilina. ¿Qué será lo próximo? ¿Llamar archidiócesis a La Alhambra? ¿Convocar a una cruzada anti-islámica a la cristiandad? ¿Necesitamos, o no, con urgencia un Estado Laico ¡ya!?

Abajo los uniformes


lunes, 11 de octubre de 2010

Ángeles indecisos y naufragios


Artículo a publicar el próximo miércoles en El Periódico de Aragón

E. Cioran cuenta en su obra “Desgarradura” que, según una leyenda de inspiración gnóstica, un día se libró en el cielo una lucha entre ángeles en la que los partidarios de Miguel vencieron a los partidarios del Dragón. Los ángeles que, indecisos, no tomaron partido y se conformaron con mirar fueron relegados a la Tierra con el fin de que llevaran a cabo la elección que no se habían atrevido a hacer allí arriba. Así nació el Hombre, esos somos los humanos.
La historia es así producto de un titubeo y los humanos somos el fruto de una indecisión original a la hora de tomar partido. Desde entonces estamos destinados a decidir, sin recuerdo ya alguno de aquella batalla y de la postura pasiva de aquellos ángeles indecisos. Ahora seguimos siendo, según esa leyenda, unos seres desterrados para poder aprender a optar, para abandonar el papel de espectadores (en esencia, para ser libres). Sufrimos el castigo de tener que elegir,  pues nuestros ancestros no hallaron en el Cielo ninguna razón para adherirse a una causa, para tomar la determinación de optar por una empresa.
Glosando a Cioran, muchos son los humanos que continúan hoy sin decidir algo. Prefieren dormitar en el flácido nimbo de la rutina diaria, pues no sienten necesidad alguna de optar personalmente por algo, ni siquiera por sí mismos. Creen tener lo suficiente para ir subsistiendo con holgura y consideran una molestia innecesaria mantener en sus vidas la tensión de la libertad. Comen, beben, duermen, parlotean, copulan y defecan, pero sobre todo ponen su empeño en acumular toda suerte de cachivaches y abalorios que resalten su apariencia de personas importantes y afortunadas (llaman “gran fortuna” a las grandes cantidades de dinero).
A decir verdad, mucha de esa gente confunde la necesidad de optar y decidir con la pertenencia a unos grupos y unas ideas, cuya certeza será tanto mayor cuantos más adeptos tenga. Lo importante es estar adscrito a algo que supuestamente otorgue señas de identidad, pautas ideológicas y de conducta que indiquen los pasos a seguir, que eximan del deber de pensar por uno mismo y de actuar con una motivación personalmente metabolizada. Esos humanos están dispuestos a creerse lo inverosímil con tan de que alguien les ofrezca una tabla de salvación que les proteja de tener que pensar y tener que elegir.
Toda esa gente opina con las tripas y respira con las vísceras, pues cree que lo fundamental está ya pensado y lo esencial está ya descubierto. Por eso interpretan una idea contraria como agresión y aceptan obedientemente la obligación de reprimir la disidencia o cualquier postura crítica ante el mundo y la vida. Se dejan colocar gustosamente distintas etiquetas religiosas, políticas o sociales, pero proceden de una única raíz: el rigorismo, mecanismo de defensa originario de aquellos ángeles incapaces de decidir, aterrorizados ante la necesidad de hacerlo, que optan por ceder su libertad a otros que dictan las ideas, los dogmas, los programas y los mandatos a seguir, ahorrándoles así la paradójica desventura de tener que ser libres. En cada época y cada cultura, poseen venenosos oasis de seguridad y erigen tótems a los que entonar cánticos y ofrecer sus flores y sus frutos. Y si alguien se muestra contrario u opta por otras alternativas diferentes, se le silencia, pues les recuerda la Caída original de aquellos ángeles indecisos.
No somos cosas inanimadas, sino unos seres que, aunque minúsculos e insignificantes dentro del cosmos, estamos siempre por hacer, de tal modo que cada día, cada instante, hemos de esta decidiendo qué hacer y qué no hacer, por dónde ir y no ir, por qué optar y no optar, qué ser y qué no ser. Somos seres perpetuamente inacabados hasta el último aliento de nuestra existencia y nuestra propia identidad está en nuestras manos, sin que nadie pueda suplantarnos en la tarea de qué hacer con nosotros mismos por y desde la libertad, a no ser a costa de la más alienante renuncia de la propia vida. Hay que decidir siempre, por mucho que a veces haya que hacerlo desde la incertidumbre, pues somos irrenunciablemente libres.
Carece de sentido hacer de la condición humana una ficción repleta de Certezas y Absolutos, a fin de satisfacer los sueños y espantar las pesadillas de quienes no pueden ni quieren hacer frente al “naufragio de la existencia”, como dejó escrito Ortega y Gasset: el ser humano se siente impelido a indagar y a decidir, pues no puede vivir sin saber a qué atenerse con lo que hay y lo que pasa a su alrededor, con lo que le pasa. Un ser verdaderamente humano no se refugia allí donde se incita a no pensar y a quedarse quieto, sino que asume de buen grado y por su propia supervivencia la decisión de vivir y elegir en medio de ese naufragio de la existencia. Esa es precisamente su dignidad y su gloria.

Popurrí que viene al pelo


miércoles, 6 de octubre de 2010

Todos somos africanos (con perdón)

Desde hace muchos años, los chinos enseñan en sus escuelas que descienden de una rama distinta del resto de los humanos. Creen que su origen es un homínido que vivió en China hace más de un millón de años: un Homo Erectus asiático que no se extinguió.  Con ello se creían distintos, diferentes del resto, al no provenir, como los demás, del Homo sapiens que desde hace unos setenta mil años se extendió desde África por todo el mundo.  El mismo Mao dejó escrito por ello en su Libro Rojo que la historia humana tiene un millón de años y el pueblo chino creía tener motivos sobrados para considerarse único entre la humanidad. Sin embargo, finalizando el siglo XX, científicos chinos descubrieron mediante estudios del ADN mitocondrial y del cromosoma Y que también los chinos tienen el mismo origen africano del resto. En resumidas cuentas, salvo algunos rasgos físicos peculiares, todos los seres humanos somos genéticamente iguales.
A lo largo de la historia de la humanidad, se da una misma constante en las sucesivas culturas y épocas: la creencia de ser distinto, incluso de ser superior que el resto. Mediante leyendas y mitos, cada pueblo se tiene por diferente, cree ser el pueblo elegido de entre todos los demás, de tal forma que sus miembros tienen la certeza de pertenecer a lo mejor. Debido a ello, creen ser superiores a los diferentes, y la diferencia de éstos molesta, como si lo diferente sobrara, contaminara, atentase contra la propia identidad. Algunos diferentes son declarados incluso indeseables y se los expulsa. Sarkozy lo hace últimamente con los gitanos rumanos y, limitándonos a España, se ha venido haciendo con los judíos, los moriscos, los comunistas, los protestantes y los heterodoxos en general.
Hace unas décadas, científicos norteamericanos investigaban, igualmente mediante el análisis del ADN mitocondrial y el cromosoma Y, el origen de los indios de unas tribus del Norte de América, así como la procedencia concreta de los primeros seres humanos que se adentraron en el continente desde Asia. El resultado fue que aquellas tribus tienen genéticamente el mismo linaje de los humanos que actualmente viven en el sur de Siberia. Sin embargo, los jefes y ancianos de aquellas tribus asentadas en lo que actualmente es Canadá y Estados unidos rechazaron los resultados de los investigadores porque contradicen sus creencias y sus mitos acerca del origen y procedencia de sus ancestros. De haber aceptado esos datos, tendrían que haber dejado de creerse un pueblo único, escogido, diferente.
Ahora sigue existiendo la creencia de pertenecer a un pueblo selecto, escogido, donde reside la verdad y el beneplácito de los dioses respectivos. Así, desde la convicción de pertenecer a un pueblo y una raza superiores, en los años cuarenta los estadounidenses no tuvieron reparo alguno en infectar de sífilis y gonorrea a 696 guatemaltecos para estudiar los efectos de estas enfermedades y de la penicilina como posible antídoto en beneficio del blanco norteamericano, o por los años sesenta no trataron a los negros de Alabama infectados de sífilis a fin de observar los efectos y la evolución de la enfermedad. Todos esos infames científicos blancos que usaron a presos, guatemaltecos, prostitutas, pacientes de psiquiátricos y negros como cobayas en beneficio de los blancos no querrían saber que todos somos genéticamente iguales, originariamente africanos.
Por lo mismo, un extranjero que viene del subdesarrollo a ganarse el pan y llevar el sustento a su familia lejana es visto a menudo como inferior, destinado a tareas socialmente poco consideradas (pasear ancianos, limpiar casas, recoger medio clandestinamente frutas y verduras bajo el plástico, etc.), además de ser considerado una amenaza contra la cultura y la identidad nacionales. Un extranjero, en cambio, que viene del mundo rico y se asienta indefinidamente en el país puede comprar casas, tierras, pueblos y colonias sin que produzca la menor alarma, aunque no tenga ninguna intención de asumir la lengua, los usos y las costumbres autóctonas. La necesidad de creerse distinto (superior) del diferente proviene primordialmente del dinero, no de las culturas e identidades patrias.
A pesar del avance de la ultraderecha y de la xenofobia en algunos países desarrollados (por ejemplo, Suecia, Holanda, Estados Unidos con el Tea Party, Hungría, Italia o Francia) la humanidad ha logrado, con mucho esfuerzo y muchos vaivenes, un consenso sobre su mayor patrimonio cultural y ético: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sobre tales derechos es posible construir un mundo en libertad, igualdad, progreso, paz y respeto, de tal forma que el bienestar sea un derecho de todos y para todos, y no un privilegio de unos a costa de todos los demás. Provenimos todos del Homo Sapiens que hace unos setenta mil años emigró desde África oriental y se fue extendiendo por el mundo. Aunque a veces algunos parecen poco Sapiens, todos somos africanos.

martes, 28 de septiembre de 2010

Huelga general


Con el paso de los años veo caer lenta e inexorablemente las hojas de mi árbol, el otoño avanza y, como el viejo chopo de Lorca, mis ramas están desnudas y sin nidos. Dicen que los años confieren sabiduría y experiencia, pero sin acudir al artilugio socrático del “solo sé que no sé nada”, cada vez tengo mayor conciencia de todo lo que no sé. Sé, al menos, plantearme una pregunta: huelga general. ¿Y, si no, qué?
No voy a hacer una proclama a favor de la huelga general. Sé que la única huelga certera tendría que ser mundial y capaz de echar por tierra un sistema económico y financiero que, sobre los principios del neoliberalismo, ha conducido a esta crisis mastodóntica y mantiene en el hambre y la miseria a buena parte de los seres humanos.  Creo que esta huelga general debería haberse producido mucho antes, pues no se trata solo de oponerse a la reforma laboral que nos impone el Gobierno socialista, sino de enfrentarse critica y activamente a un sistema capaz solo de proporcionar bienestar a costa del malestar ajeno y acumular riqueza en beneficio de pocos y en detrimento de la mayoría. No logro reconocer ya el rostro de los actuales sindicatos, demasiado acomodados al sistema, demasiado cómodos en sus sedes y despachos y poco combativos en la calle. Tampoco me resulta fácil reconocerme ya en ellos.
Sin embargo, aún recuerdo algo de lo vivido y leído. Me adentro en la senectud, en la memoria a largo plazo que todavía me asiste y recuerdo que nada ha sido gratuito en el aquietante mundo en que vivimos. La conciencia de ser ciudadano en la Ilustración se conquistó tras años de asedio y persecución por parte del poder, y en una revolución traumática en la Francia de finales del siglo XVIII. La conciencia de clase y de explotación del hombre por el hombre costó cárcel, exilio, penuria y muerte a muchos trabajadores y a sus líderes en los dos últimos siglos de historia. Todo ello fue cohesionado por personas plenas de ideales, que antepusieron sus metas revolucionarias a su propio bienestar y al exiguo confort de sus familias. Mientras recuerdo todo eso, concluyo que es menos negativo secundar una huelga general que no hacer nada o esconder la cabeza en la arena, como tradicionalmente cuenta la leyenda sobre los avestruces.
Sé también que hace poco más de un siglo en las fábricas europeas trabajaban hombres, mujeres y niños en horarios de diez, doce y catorce horas, bajo la amenaza diaria del despido salvaje, pendiente solo de la voluntad del patrón. Se trabajaba los siete días de la semana durante los 365 días del año, mientras la salud lo permitiera, y en condiciones de espanto. Hoy nos parece ya que el fin de semana no laboral, que las vacaciones de verano, que los días festivos y los puentes a lo largo del año, que la seguridad laboral universal y gratuita, que el seguro de desempleo, que los derechos civiles, sociales y laborales, que las jornadas de trabajo intensivas y de ocho horas, que el derecho de huelga y de sindicación, que, en fin, la situación actual de la clase trabajadora, inmensamente mejor que hace poco más de un siglo, es algo natural, casi nacido por generación espontánea. Se olvida entonces que fueron miles y miles las personas que con su lucha abierta y desigual fueron arrebatando a quienes se beneficiaban enormemente de su trabajo a cambio de su simple subsistencia las condiciones de trabajo y los derechos laborales actualmente existentes al menos en los países desarrollados.
Hoy, con un Gobierno socialista tan decolorado en su socialismo, los beneficios de las grandes empresas siguen siendo enormes, los ideólogos neoliberales tratan de camuflar el rotundo fracaso de su sistema, su mercado y sus axiomas, y se envalentonan en un mundo cada vez con menos oposición, cuando en realidad los únicos que están pagando la crisis son los trabajadores, los que menos tienen. Hoy están en trance de recorte sustancial el estado de bienestar adquirido y algunos derechos laborales básicos de los trabajadores, mientras en muchos hogares reinan el desaliento, la pasividad y el miedo al despido o a perder el puesto de trabajo o el seguro de desempleo. Ante tal panorama, queda un camino digno y coherente: apoyar la huelga general, secundarla desde las circunstancias personales y laborales de cada caso. De lo contrario, lanzaremos un nítido mensaje a quienes hurgan y urden en este amasijo de detritus y cadáveres en la cuneta, que ahora llamamos “crisis económica”: seguid así, tenéis las manos libres para seguir haciendo lo que os dé la gana.
Solo me queda una espina clavada en el cerebro: nadie se acuerda de los miles de millones de seres humanos que mueren en el mundo subdesarrollado de hambre, de roña y de explotación. ¿Nunca habrá huelga general para ellos, por ellos?

viernes, 24 de septiembre de 2010

Gracias

Muchas gracias a cuantos pudieron y no pudieron (aunque quisieron) asistir a la presentación de mi libro "¿dios?". Me siento abrumado y a la vez agradecido por vuentra amabilidad. Un fuerte abrazo a todas y a todos.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Entrevista en El Periódico de Aragón

Antonio Aramayona: "Me declaro agnóstico respecto del ateísmo" El título es esclarecedor: '¿Dios?' Una mirada crítica sobre las religiones. Antonio es profesor de filosofía, colaborador de este diario y miembro de la asociación MHUEL. Lo presentan hoy en Cálamo (20.30 h.)
http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/noticia.asp?pkid=611832