lunes, 18 de enero de 2010

Haití, Haití

Ante el pavoroso desastre de Haití, cualquier palabra parece escasa y vacía, por lo que decidí colgar en mi blog solo dos viñetas aparecidas en un periódico de tirada nacional: en la primera, el planeta Tierra llora y llora; en la segunda, dos hombres, acodados en la barra de un bar, comentan así la noticia: “(1) Primero el tsunami; después el Katrina; ahora, Haití. (2) ¿Se la ha tomado Dios con la pobreza? (3) Está claro que la quiere erradicar”. Tiempo después, alguien comentaba en el blog: “¿Cómo hay quien sigue creyendo que dios existe, después de todo esto?”.

No obstante, sería un error plantear la tragedia de Haití como un asunto religioso o antirreligioso. En noviembre de 1775 se produjo un devastador terremoto, seguido de un gran maremoto, en la ciudad de Lisboa y aledaños, que causó la muerte de entre 60.000 y 100.000 personas. Toda Europa quedó conmocionada por aquel suceso, y algunos pensadores intentaron conciliar el principio de la bondad de dios, creador de todo y providente de sus criaturas, con el hecho patente del sufrimiento humano, la tragedia acaecida, las muertes, la peste y la existencia de tantos males y maldades. Como un Dios bueno era difícil de explicar en este contexto, Gottfried Leibniz escribió “Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal”, donde intenta demostrar que este es “el mejor de los mundos posibles”. Como contrapartida, Fedor Dostoyevski dejó escritas páginas memorables en su novela Los hermanos Karamazov sobre la imposibilidad de concebir un dios bueno principalmente ante el sufrimiento de los niños, los seres más inocentes del universo. Por su parte, también el biólogo Richard Dawkins expone otro argumento al respecto (”Argumento de la devastación incompleta): (1) Un avión se estrelló, falleciendo 143 pasajeros y la tripulación; (2) Sobrevivió un niño con sólo quemaduras de tercer grado; (3) Luego Dios existe.

Hay efectivamente otras perspectivas desde las que abordar tragedias como la de Haití. Por ejemplo, la científica: la lepra se debe al bacilo de Hansen y la pandemia de gripe de 1918, a un brote de Influenza virus A del subtipo H1N1 que mató entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo; la causa del terremoto es el choque de las placas tectónicas y la consiguiente liberación de energía y la reorganización de materiales en la corteza terrestre; si se produce bajo la superficie oceánica, ocurren los maremotos; el agua que penetra en el terreno por lluvias fuertes suele provocar el fuerte deslizamiento de tierras y lodos, y la circulación cerrada alrededor de un centro de baja presión, con fuertes vientos y abundante lluvia, origina los ciclones tropicales.

Somos unos animales más dentro de la escala evolutiva, sujetos a las inclemencias y a los desastres de la naturaleza, y que sucumben como cualquier otro a la ley de la entropía y a los procesos catabólicos del organismo. Sin embargo, hay una cuestión que sobrepasa los planteamientos de la ciencia: por qué las pandemias, los terremotos, los tsunamis, las inundaciones, las hambrunas y otras muchas desgracias afectan principalmente (en ocasiones, también casi exclusivamente) a los que ocupan los estratos más bajos de la sociedad. La actual crisis financiera y económica no afecta a banqueros, millonarios, grandes terratenientes y altos ejecutivos, sino que deja malparado o en el paro puro y duro a la parte más débil de la población. Los ciclones, los terremotos y las inundaciones golpean normalmente a la gente con menores recursos y peores condiciones de vida, en un sistema global donde el rico y el poderoso mantienen a toda costa (también a costa de los demás) su supremacía.

Intento ahuyentar el fantasma de Thomas Hobbes, pensador inglés del siglo XVII que explica el comportamiento de los individuos y de los grupos humanos desde un presunto egoísmo natural, que lleva a buscar el propio beneficio a costa de lo que sea y por encima de cualquier instancia moral o social, que no sea el miedo al castigo, de tal forma que reinan la desconfianza, el abuso y la explotación de los fuertes sobre los débiles. Me vienen simultáneamente a la mente la atroz dictadura de François Duvalier e hijo en Haití, la ayuda financiera y militar que recibieron por parte de los Estados Unidos; Ríos Montt, en Guatemala, el anterior genocidio maya; los retorcidos trapicheos de la CIA norteamericana en todo el continente americano; Bokassa en la República Centroafricana, Macías en Guinea Ecuatorial. Todos ellos forman parte de un larguísimo elenco de horrores. No obstante, quiero acabar este artículo pensando en ti y en tantos que sitúan las tesis de Hobbes en terrenos relativos y se decantan por la paz, la justicia y la libertad en un mundo tan machacado a veces como ahora está Haití.

martes, 12 de enero de 2010

El círculo recto o el hierro de madera

Joseph Alois Ratzinger, también conocido desde el mundo católico como Benedicto XVI, pidió en una alocución pública el 6 de enero pasado una ciencia que no sea “autosuficiente”, sino abierta a la fe, ya que “la ciencia precisa de la fe”. Para ello, ponía como modelo de científicos y a la vez creyentes a los magos venidos de Oriente guiados por una estrella hasta Belén.

Asombra que alguien ponga como paradigma de científico a unos magos (a lo sumo, astrólogos visionarios) por el hecho de que en un libro religioso se relate que estos vieron una estrella que, según ellos, presagiaba el nacimiento del “rey de los judíos”. Tampoco se sabe qué tiene de científico afirmar que una estrella les fue precediendo desde Jerusalén hasta el poblado de Belén o que esos magos tomaron la resolución de volver a casa por otro camino que el de la ida por haber recibido en sueños la advertencia. Pues bien, Joseph Alois Ratzinger ve en esos magos a unos «hombres de ciencia en sentido amplio, que observaban el cosmos considerándolo casi como un gran libro lleno de signos y de mensajes divinos para el hombre”. Un poco más, y Ratzinger los hace descubridores de la teoría del campo unificado

Ratzinger, además, pretende inculcar “la unidad entre inteligencia y fe” y que la ciencia precisa de la fe, basándose en el hecho de que esos magos, al llegar a Jerusalén, además de poseer sus presuntos conocimientos científicos, necesitaron “las indicaciones de los sacerdotes y de los escribas para conocer exactamente el lugar al que acudir, o sea, Belén, la ciudad de David”. En otras palabras, la estrella (la ciencia) y las Sagradas Escrituras (la fe) “fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, que aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad». ¿Va captando el lector la honda argumentación de Ratzinger sobre la relación entre ciencia y creencia? Pues vea entonces, la conclusión: así como los magos, “auténticos sabios”, no se avergüenzan de pedir instrucciones a los jefes religiosos de los judíos”, de igual forma los científicos actuales deberían pedir instrucciones a los jefes religiosos actuales, es decir, a Ratzinger, consiguiendo así “una perfecta armonía entre la investigación humana y la Verdad divina “.

La cosa es que, acudiendo a las fuentes (Mateo 2), Joseph Alois Ratzinger omite que esos magos preguntan solo a la gente de Jerusalén (como cualquier persona que llega a un lugar que no conoce) y el único que por desgracia consulta a los sacerdotes y escribas es el rey Herodes, el cual hace dos cosas: mandar después a los magos a Belén para que le informen y matar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores, lo cual tiene muy poco de científico y muy poco de cualquier otra cosa. No obstante, Ratzinger insiste: la ciencia no debe ser "autosuficiente" sino abierta a la fe, ya que para comprender la realidad son necesarias "la inteligencia y la fe, la ciencia y la revelación". Si no fuera así, los magos no habrían llegado jamás a Belén, ¿está claro?

El filósofo Martin Heidegger, compatriota de Ratzinger, escribe en un opúsculo que pretender mezclar la filosofía y la religión, hablando, por ejemplo, de “filosofía cristiana” equivale a la expresión “hierro de madera”: la madera y el hierro no son enemigos ni quieren destruirse mutuamente, pero el hecho es que un hierro no puede ser de madera y una madera no puede ser de hierro. O es hierro o madera. O es ciencia o creencia. Antes, otro pensador, Ludwig Feuerbach, había utilizado ese mismo ejemplo al hablar de la pretensión de conciliar razón y creencia en el asunto de los portentos y milagros en religión, añadiendo además que ello sería equivalente también a querer dibujar un “círculo recto” o “un círculo en línea recta”.

La religión se basa en creencias (me lo creo o no me lo creo) basadas en argumentos de autoridad (revelación, dogmas.., objeto asimismo de creencia) y en vivencias pertenecientes exclusivamente al ámbito subjetivo. La ciencia se basa en datos y conocimientos objetivos, obtenidos mediante la observación y la razón empírica, a disposición de la comunidad científica, verificables, falsables y reproducibles mediante experimentación. Si la ciencia se metiese en el jardín de las religiones cometería un desvarío y dejaría ipso facto de ser ciencia. Si las creencias pretenden introducirse (mucho más, “guiar”) en el campo de la ciencia corren el riesgo de hacer simplemente el ridículo. Si alguien postula que la ciencia precisa de la fe, tiene una noción equivocada sobre la ciencia, pues una creencia es a la ciencia lo que el agua bendita es al átomo de hidrógeno.

Control y controladores

¿Y QUIÉN CONTROLA A LOS CONTROLADORES?

jueves, 7 de enero de 2010

Música y nostalgia

Hace muchos años puse letra a esta canción, y la cantaba casi místicamente con mi guitarra.


Y también cantaba esta canción, convertida por arte de magia en canciòn de AMOR