jueves, 17 de marzo de 2011

Stéphane Hessel


He leído de un tirón el libro de Stéphane Hessel “’Indignaos!” (Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica). Es un libro repleto de ideas y sugerencias muy a tener en cuenta. Quizá lo mejor no sea el libro mismo, sino la biografía del autor.  Entre otras cosas, es un diplomático, escritor, y militante político francés, resistente francés durante la Segunda Guerra Mundial, y recluso de Buchenwald  por ser judío y por ser resistente. Tras la segunda guerra mundial Stéphane Hessel participó en la redacción de la "Declaración Universal de Derechos Humanos. Se me ha quedado grabada una idea, aparentemente contradictoria, pero lúcida por los cuatro costados: 1) qué violenta es la esperanza; 2) la violencia da la espalda a la esperanza.
Es para pensarlo bien…

miércoles, 16 de marzo de 2011

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En apoyo y solidaridad con Luis Montes y otros 39 trabajadores más del Hospital "Severo Ochoa” de Leganés, tras la sentencia del Tribunal Supremo

Para ello, no tienes más que entrar en http://www.peticionpublica.es/?pi=P2011N7833 y dejar tu firma.

Así es la vida...

Llevo una temporada entre médicos, pruebas y medicinas (desde anteayer, ingiero 20 pastillas diarias por prescripción médica).
Mi mala salud sigue llevándome de la mano hacia el mundo de la lucidez: cada segundo es un tesoro que vivo con intensa emoción y que incita a comprometerme con cuanto tengo la fortuna de que sale a mi paso.

La actualidad está vestida de dolor


lunes, 14 de marzo de 2011

Rodin y Rilke, ensimismados


 Artíulo a publicar el próximo miércoles en El Periódico de Aragón

 
Alguna vez me gusta imaginar una escena aparentemente surrealista, pero ocurrida realmente a principios del siglos XX: en un local espacioso, lleno de cachivaches y estatuas a medio hacer, el escultor Auguste RodinRainer María Rilke. El secreto de esa escena está en que Rodin no entendía una palabra de alemán. ¿Qué hacían allí esos dos hombres? ¿Qué compartían? ¿Qué  aceleraba sus corazones y elevaba sus mentes, a pesar de no poder comunicarse en el idioma de aquellos versos, en alemán? escucha ensimismado los poemas que le va leyendo su por aquel entonces secretario, el poeta
Sin duda, el lenguaje es una de las mayores riquezas con que cuenta el ser humano. Sin embargo, un poema de García Lorca puede ser nada en manos de quien no sabe degustarlo y, en cambio, un paisaje puede conmover a dos personas que no hablan el mismo idioma, pero basta con que se crucen verazmente sus miradas para poder comunicarse mutuamente la concentración de estrellas fugaces que experimentan en su interior. Pronunciamos miles de palabras cada día que desaparecen fugazmente sin dejar huella alguna. Saludamos, afirmamos, negamos, convenimos, damos las gracias, comentamos el tiempo que hace y el paradero de los hijos, compramos, pagamos, escribimos frases con aspiración de eternidad o con vocación de menudencia, hablamos, hablamos, hablamos…Seguramente, casi todas las palabras, esfumadas, se han deshecho entre los nimbos del devenir cotidiano.
Rilke hablaba poco, pero en cada verso quería transmitir el universo entero que llevaba dentro. Seguramente, Rodin quedaba embelesado por el ritmo, la música, la fuerza, la fluencia, el tomo con que Rilke envolvía aquellos poemas en alemán que el escultor no entendía. Las palabras que salían de los labios de Rilke no se proponían viajar a algún lugar, más allá de las paredes y las ventanas del atelier de Rodin,  sino que buscaban por todos los medios adentrarse en el interior del escultor que escuchaba atentamente sonidos aparentemente ininteligibles. Cada cosa, cada idea, cada sensación, cada emoción que latía en aquellos versos se transformaban en verdaderamente reales en el alma de Rodin, donde descansaban en sosiego y sin afán, también a resguardo de la fugacidad de tantos otros millones de desventuradas palabras que se lleva el viento.
Sería una quimera pretender repetir en cada situación de nuestra vida esa escena entre Rilke y Rodin, pero también es una triste pena echar a perder buena parte de la vida sobre la superficie más plana y fofa de las relaciones humanas. Una situación o un encuentro pueden malgastarse y hacerse añicos o, por el contrario,  llegar a formar parte de la identidad y la biografía de quien los vive, según se dilapiden en la rutina o lo políticamente correcto, o se metabolicen hasta llegar a hacerse parte constitutiva del propio ser. Cada instante tenemos entre manos trozos del mundo y de la vida (maravillosos o plácidos o abrumadores o tristes o…) que se ofrecen a nuestros sentidos para que los podamos percibir, disfrutar o sobrellevar como consideremos oportuno. Sin embargo, para que esas porciones de mundo y de vida sean propias (seamos capaces de apropiárnoslas) es precisa también una mirada interior que les dote de densidad y realidad. La vida es una obra de nuestros ojos y nuestras manos, pero también, y no en menor medida, es obra del corazón. Asimismo, necesitamos que cada ser y cada cosa ocupen el lugar  que decidamos en el vasto espacio del mundo interior donde quedan transformadas en realidades que permanecen en uno mismo y con uno mismo, mientras reste un aliento de vida.
Hay que incorporar (dar cuerpo) a las personas y las cosas que se cruzan a nuestro paso, no dejar que se desvanezcan en la indiferencia. Igualmente, hemos de incorporarnos con entusiasmo a las personas y las cosas que nos salen al encuentro, en una vida donde –como escribe Rilke- hay “amor, pena y sentido”, mas en cualquier caso “vivir es algo grandioso”.
Martin Heidegger describe con bastante precisión el estado en que el habla no expresa ya verdaderamente al hablante, y el lenguaje no comunica nada: el individuo se halla entonces sometido a los dictados de lo que “se” dice y “se” piensa, de lo que “se” debe decir y pensar. “Se” dice y “se repite” lo que “todos” (es decir, ninguno en concreto) supuestamente dicen y repiten. Las palabras no pertenecen ya a nadie, pues son anónimas e impersonales, y el hablar es principalmente charrar Como antídoto contra esa lamentable situación, Rilke recita sus poemas en alemán, mientras Rodin vuela al son de la música de unas palabras que no entiende. Ambos aman lo inefable, lo no explicable y expresable con palabras.

viernes, 11 de marzo de 2011

Tres bolsas de plástico negras


Publicado en Amdalán, con el seudónimo de Ángel Muguruza
http://www.andalan.es/?p=4092

Aún hay en el mundo descreídos que, cerradas sus mentes y sus ojos a los portentos que acontecen a veces en su entorno, se empecinan en no creer en  los milagros. Sin embargo, a principios del año del Señor 2011, ocurrió un enorme prodigio en el monasterio cisterciense de Santa Lucía de Zaragoza. Pero no nos apresuremos, saboreemos cada detalle del maravilloso portento.
Cuentan las crónicas venidas de lo alto que Jesús de Nazaret hizo posible que cinco mil hombres fueran saciados con cinco panes y dos peces, lo cual es o mucho conformarse con tan poca porción o el resultado de una producción industrial alimentaria de ciclópea envergadura. Sin embargo, en Zaragoza, por mediación de unas monjas, una sustracción milagrosa ha batido todos los records anteriores: el 28 de febrero las religiosas echaron en falta 1,5 millones de euros, que a las pocas horas se convirtieron ante la policía en 1,2 millones de euros y el 1 de marzo quedaron transformados en solo 450.000 euros.
Por si fuera poco, según declararon las religiosas cistercienses, tal cantidad de dinero (¡cuántas hipotecas, cuántas facturas se habrían pagado con esos euros!) ha sido solo producto del ahorro, lo cual será sin duda motivo de peregrinación, ya que un currante cualquiera, tras muchos años de trabajar, cotizar, etc. no logra ahorrar esa cantidad de dinero ni después de diez o doce reencarnaciones sucesivas. Sin embargo, nosotros, hombres de poca fe, hemos podido finalmente confirmar que en ocasiones también existe lo que se cree, y hemos sabido que los billetes de 500 euros existen, e incluso que existen también en Zaragoza, y no solo en Marbella o en los paraísos fiscales.
En efecto, en tres bolsas de plástico negras guardaban las monjitas en un armario el millón y medio de euros. Entretanto, recitaban lo de los lirios del campo y las aves del cielo, que viven sin preocuparse del mañana, pues a cada día le basta su propio afán. Sin embargo, una nueva prueba divina ha sobrevenido a las monjas cistercienses: un hombre malvado enviado del Maligno les ha robado el dinero del armario (dinero más negro que nunca encerrado en bolsas negras de basura), si bien la voluntad divina ha determinado asimismo como castigo que el millón y medio de botín haya quedado convertido en un plisplás en solo  450.000 euros del ala.
¿Investigarán hasta el fondo los policías que llevan el caso tamaño milagro? ¿Juzgarán los señores jueces con todo el rigor de la ley ese ir y venir de los billetes de 500? Nosotros, los descreídos, lo ponemos en duda, por lo que cualquier día algún ángel nos mandará un rayo y nos enteraremos así de lo que vale un peine y que no se debe jugar con las cosas de comer, y menos aún con los billetes de 500.
El diablo mismo nos inocula a nosotros, los descreídos, otras ideas malvadas que conducen directamente a las calderas de Pedro Botero. Por ejemplo, nos susurra al oído que la iglesia católica española recibe del erario público anualmente más de 6.500 millones de euros, libres de impuestos. O que 3.500 millones de euros están destinados a subvencionar colegios religiosos concertados, 2.048 millones a hospitales e instituciones de beneficencia religiosas, que pagamos entre todos; 750 millones de euros de ahorro por desembolsos fiscales no realizados. 600 millones para sueldos de profesores de religión; 200 millones para el patrimonio inmobiliario y artístico, museos y catedrales; 30 millones a capellanías castrenses en cárceles y cuarteles. Eso, por no hablar del valor incalculable de las innumerables cesiones de parcelas de terreno público que reciben, o de las innumerables ayudas y subvenciones que reciben de los municipios, diputaciones y Comunidades Autónomas, lo que elevaría a más de 15.000 millones la cantidad que recibe la iglesia católica de las Administraciones, por tanto de toda la ciudadanía. O que la iglesia católica nos cuesta alrededor de medio punto de crecimiento económico anual. Es una cifra igual a la que Naciones Unidas establece que sería necesaria para acabar con el SIDA en el mundo o la que dedica la UE a Investigación y Desarrollo anualmente. Y nosotros, los descreídos, en vez de ahuyentar tales insidias satánicas, anhelamos la derogación del Concordato de 1953 y los Acuerdos de 1979 entre el Estado español y el Estado del Vaticano.
No obstante, las monjas cistercienses del monasterio de Santa Lucía de Zaragoza, vencidas con ejemplar denuedo las tentaciones diabólicas a las que sucumbimos nosotros, los descreídos, oran y cantan incansablemente al Altísimo a fin de que las tres bolsas negras de basura retornen al armario, si bien solo la sabiduría divina sabe hoy por hoy si esas bolsas contendrán finalmente 1,5 millones, 1,2 millones o 450.000 euros.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Futuro imperfecto

Publicado en ANDALÁN, el 9 de marzo de 2011
 

Los conocidos como “padres de la Constitución” eran unos señores sabios y realistas. Por ejemplo, emplearon el presente de indicativo (“son” y “tienen”) para indicar los derechos y las libertades de los ciudadanos españoles. Sin embargo, utilizaron el futuro imperfecto para expresar que “ninguna confesión tendrá carácter estatal” (16.3). En otras palabras, la Constitución no dice cuándo asomará por el horizonte patrio el sol de la anunciada confesionalidad.
De hecho, llevamos treinta años, treinta, bailando la yenka en medio de la discoteca, pero sin comernos una rosquilla medio laica. Hace ya tiempo, el por entonces portavoz del grupo socialista; J.A. Alonso (ay, si Pablo Iglesias o Besteiro levantaran la cabeza…), nos regalaba el caramelo envenenado de que todo “debe producirse como consecuencia de la práctica y la evolución social y protocolaria, pero no mediante prohibiciones legales que no tienen ningún sentido”. Otro socialista, E. Jáuregui, declaraba por esas mismas fechas que “la laicidad debe ir al ritmo de los cambios sociales”.
Y hace unos días, otra vez Ramón Jáuregui, ahora  ministro de la Presidencia, envió un telegrama de felicitación a Rouco, a quien deseó “éxito en el desempeño de su responsabilidad”, al tiempo que expresó la disposición del Ejecutivo a “continuar con la colaboración y el diálogo” con la Iglesia “para el bien general de la sociedad”. En realidad, todos los Gobiernos tienen simplemente miedo. Al coco. A la SICAR (Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana). A sus pompas, a sus fuerzas vivas, a sus medios de comunicación, a toda la caspa nacionalcatólica acumulada desde hace siglos en nuestro país.
A la pérdida de votos. Al chantaje. Al frufrú de las sotanas, a las pancartas celtibéricas y al tintineo de los rosarios en la calle. Mira que sus papás y mamás (los citados, más Prieto, Largo Caballero, Fernando de los Ríos  y tantos otros) insistieron en que el coco no existe, que no anda por el fondo oscuro del pasillo de casa, que deben abrir bien siempre las ventanas. Pero ellos, erre que erre, espantando fantasmas con palabras que se lleva el tiempo, embutidas en programas electorales cada vez con menor credibilidad y formuladas aún (¡aún!) en futuro imperfecto.

Superando el duelo


Aquella mañana hacía un frío que pelaba y no me podía imaginar que la vida iba a hacerme semejante regalo. Subí hasta una tienda de artículos del hogar de la calle Zumalacárregui y se presentó como una aparición. Una mujer que responde al nombre de Laura me contó casi a modo de saludo que había perdido  a Ludmila, una niña de diez años fallecida de neumonía un año antes. En sus ojos se adivinaba un permanente anhelo de su hija en plena oscuridad y sus manos parecían estar vacías.
Hay tragedias en las que no cabe respuesta alguna, salvo el silencio y la empatía. Hay también quien dice que el tiempo todo lo cura, pero al mismo tiempo ignora lo lacerante que puede llegar a ser cada segundo y las toneladas de tristeza asentadas en el alma especialmente a determinadas horas y en determinadas fechas. Los recuerdos parecen corroer las paredes del ánimo y cada recoveco de la memoria escuece sin posible lenitivo.
No obstante, aun por puro instinto de supervivencia, hasta el más perjudicado en un naufragio busca un tablón al que aferrarse para que tengan significado al menos el aire que respira y la luz que alcanza la retina. A menudo, paradójicamente, ese tablón es la huella misma de quien se ha ido, el propio amor perdido y dolorido. Su recuerdo parece obtener solo silencio, a pesar de estar dispuesto a dar la vida entera por una sola de sus palabras, por gozar de la más pequeña de sus sonrisas. Mas el universo parece haber quedado vacío y los oídos duelen de tanto no oírlo ya, y los ojos duelen de tanto no verlo ya, y las manos duelen de tanto no poder acariciarlo ya.
La vida entera se transforma en duelo. Es la última de las lecciones que se debe aprender: convivir con el duelo, sobrevivir al duelo. Sobrevivir, sí, sobrevivir en la voluntad de que el amor permanezca al menos como duelo. Después, algunos consiguen además descubrir el obsequio que siempre han tenido ante sus ojos y aún no se han atrevido a contemplar con un cierto sosiego: la vida de quien añoran es la misma vida que incita a mirar hacia delante, seguir caminando a pesar del cansancio. Si aprenden a escuchar, reconocen entonces en su interior la voz del ausente, la vibración de cada palabra en su corazón, y tienen la certeza de que finalmente todo tiene descanso si la mirada se dirige al horizonte por llegar y no a los paisajes sin retorno. Esas personas tienen la fortuna de haber arrancado de las fauces del duelo la certidumbre de que nadie desaparece mientras tenga una mente y un corazón donde pervivir, si cuenta con la firmeza de quien se queda para continuar existiendo a raudales y sin pesadumbre.
Los mejores maestros para aprender a superar el duelo y abrir los brazos a la vida son los niños. Son ellos los que mejor saben  que la felicidad no es una meta, sino la consecuencia de lo que hemos hecho con y de la vida en el transcurso de nuestra existencia. Un niño entiende que vivir es convivir, luchar por algo valioso con otros, compartir el sol, el agua, el pan y el aire, agradecer la palabra y el silencio, extasiarse con la caricia, residir en la mente y en el corazón ajeno, recitar poemas que alivian la fiebre, contar cuentos de final feliz, y sonreír en el placer y la alegría,  también en el dolor y la zozobra.
No es otra cosa lo que cada día intenta transmitir Gael a su madre, rota aún por su hija de diez años fallecida el año pasado. Gael tiene cuatro años, pero ya conoce bien el camino por el que abrirse paso en la espesura y esa sintonía del alma en la que escucha el susurro de su hermana alentándole a proseguir sin vacilar la marcha, a continuar sosteniendo a su madre hasta que finalmente ella comprenda la necesidad de liberar el universo entero mediante la recia determinación de que la vida no quede un segundo más estancada en el marasmo.
Existir debería ser siempre un acto permanente de gozoso, consciente y libre zambullirse en la aventura del vivir. Nos ha tocado vivir en lo que algunos han llamado “sociedad del bienestar”, pero el verdadero bienestar proviene principalmente de dentro, de la propia mirada y del propio corazón, también de la mirada y del corazón de los otros, incluidos quienes se han ido. Cuando el sol apenas asome ya en el horizonte de la vida, entonces nos daremos cuenta definitivamente de que lo más valioso es cuánto hemos querido y cuánto nos han querido.

domingo, 6 de marzo de 2011


   Juan Carlos I de Borbón declara ser sucesor de los monarcas hispanos. Entre ellos, ocupan un lugar de honor Isabel y Fernando (entre los que no había discusiones sobre quién montaba a quién, pues de todos es conocido que tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando). El máximo  jerarca por aquel entonces del catolicismo mundial,  Alejandro VI, padre, entre otros, del honorabilísimo César Borgia,  les otorgó en 1496 el título de reyes católicos, para usarlo ellos y sus sucesores. O sea, que Juan Carlos I de Borbón sigue ostentando hoy el título de rey católico con pleno derecho, como sucesor de sus antepasados.
El rey católico Juan Carlos I de Borbón  visitó el viernes pasado la iglesia del Cristo de Medinaceli, dando así continuidad a una tradición de la Familia real de hace más de 300 años, según se ha encargado de informar la Casa Real.  A su llegada al templo, el Rey fue recibido por el superior de la comunidad de los Capuchinos. Don Juan Carlos hizo su entrada en la iglesia a las 10 horas y tras unos momentos de recogimiento, besó el pie del Santo Cristo de Medinaceli. 


Artículo 16.3 de la Constitución Española. “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”.
Artículo 9.1 “Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico”.
Artículo 61.1. El Rey, al ser proclamado ante las Cortes Generales, prestará juramento de desempeñar fielmente sus funciones, guardar y hacer guardar la Constitución y las Leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas.

¿HASTA CUÁNDO, MONARQUÍA ESPAÑOLA Y PODERES PÙBLICOS TODOS, SEGUIRÉIS ABUSANDO DE NUESTRA PACIENCIA?


martes, 1 de marzo de 2011

Hoy cumplo años...

... y la vida se me sigue mostrando hermosa y valiosa.
En buena parte, gracias a ti, amigo mío, amiga mía.

El sentido de la profundidad



El artículo de mañana

Escribe Ryszard Kapuściński que un pueblo desprovisto de Estado salvaguarda su identidad en sus símbolos. Quizá ese pueblo no tenga fronteras propias ni ejércitos para defenderlas, pero posee unas cuantas señas de su idiosincrasia –sus símbolos-, y a ellos se aferra como si de sus raíces más profundas se tratase. Repasa y transmite su propia literatura, guarda sus libros y sus códices como si fuesen sus propios hijos, admira con orgullo sus monumentos, habla su propia lengua con la conciencia de que esos mismos sonidos han sido utilizados siglos atrás por sus ancestros para comunicar sus ideas y sus emociones. El arte y la cultura de cada pueblo son signo de su singularidad y en su folclore y sus costumbres resuena la historia misma de muchas generaciones pasadas.
Un pueblo sin Estado carece de ejércitos y armadas, aduanas e impuestos propios, y por eso mismo cuida sus símbolos como si fueran la niña de sus ojos y enseña a sus hijos que el culto al símbolo equivale al culto a la patria.  
Por otro lado, el individuo humano, así como los grupos que va conformando, tienden a buscar su identidad en la diferencia con los que les rodean. Caen entonces en el error de esgrimir su sello distintivo como un arma de defensa frente al vecino. Por lo mismo, tienden a dominar al entorno e imponer su hegemonía, al ser igualmente una constante la estúpida convicción de la superioridad de la propia idiosincrasia sobre cualquier otro grupo o pueblo.
Algunos pueblos parecen haber querido detener el tiempo cósmico para trazar una raya definitiva entre un pasado remoto y la propia (siempre gloriosa) historia. Kapuściński llama a esta realidad el “Gran Ayer” que ostentan muchos pueblos desde la asombrosa ficción de creer que finalmente la historia se ha detenido para siempre, y que sus costumbres, creencias, epopeyas e instituciones han adquirido el sello de la eternidad. Caen los imperios y las lenguas, tabúes, conquistas, dioses, personas famosas o temibles, gastronomía, y todo un torrente de lágrimas, abrazos y desvelos se pierden en la oscura noche de los tiempos, pero pocas veces un pueblo tiene la lucidez suficiente para comprender que la eternidad es una quimera.
Cada pueblo muestra su “Gran Ayer” como si se fuese alguna suerte de historia sagrada.  En casi todos los casos, acontecen allí hechos magníficos en los que el pueblo respectivo se expandió por el mundo, regalando su propia riqueza a otros pueblos que nunca se la habían pedido. Hoy esa expansión resulta especialmente difícil, pues se produce mediante sofisticadas armas y mastodónticas cantidades de dinero que se cuelan por los intersticios anónimos y salvajes de Internet con el fin de estrangular a cuanto convenga en propio beneficio.
Sin embargo, al individuo humano y a los grupos que va conformando siempre les queda la posibilidad de salvaguardar el mayor de sus tesoros: la libertad. La posible frustración de no ver satisfecho el supuesto instinto de ampliar hacia afuera límites y fronteras puede ser compensada con la más espléndida de las decisiones humanas; optar por el sentido de la profundidad y,  más allá de cualquier hegemonía económica o militar, elegir la libertad como el argumento más contundente de la propia dignidad. Ese compromiso por uno mismo como animal capaz de optar por su libertad sobre todas las demás cosas, ese movimiento hacia la profundidad en que se encuentra la propia dignidad, constituyen el gran tesoro al que acude el ser humano que se siente al borde de su propia perdición, al ver que el prepotente o el tirano de turno están dispuestos a arrebatarle lo que solo a él pertenece,
Estos días asistimos a la reivindicación de esa libertad por parte de muchos millones de personas pertenecientes en su mayoría al mundo árabe. Muchos se peguntan en qué van a acabar finalmente estas revueltas, manifestaciones y combates contra regímenes que los tenían explotados y maniatados. Otros se sienten inquietos pues habían construido un mundo esclerotizado en el que no cabía un musulmán demócrata o un musulmán que no fuese terrorista o filoterrorista o un musulmán que no constituyese una amenaza contra los sagrados principios patrios, pero la realidad les está mostrando que están equivocados.  Contra viento y marea, allí siguen ellos y ellas, arriesgando incluso sus vidas por el derrocamiento de los tiranos corruptos y por la honda sensación de ser libres. Mientras, seguro que otros muchos nos preguntamos también qué estamos haciendo en Occidente (supuestamente tan libre y tan democrático) con ese sentido de la profundidad por el que el ser humano decide o no decide por su verdadera libertad.