
Ayer me encontré en el portal de mi casa a una señora entrada en edad, sentada en una silla de ruedas. Una chica joven, quizás inmigrante, empujaba su silla. Al cruzarnos, la saludé, y ella, cual rayo que no cesa, suspiró quejosamente, y dijo: ¡Esto no es vivir...! No dije nada, y me quedé pensando, ya en la calle, que los peores males de aquella mujer no estaban en sus huesos o en sus músculos, sino en su mente y en su corazón.
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