miércoles, 12 de mayo de 2010

La importancia de lo insignificante

En cuanto la vi, me dije que esta semana no iba a escribir sobre asuntos importantes. Se llama Melissa, es peruana, y trabaja en la madrileña estación de Atocha atendiendo a los viajeros con limitaciones físicas especiales. Me dijo que quiere estudiar algo de informática, que va abriéndose paso entre la espesura de la inmigración, me contó también alguna cosilla de su Lima y de la familia que dejó allí. A medida que hablaba, volvió a visitarme un viejo inquilino interior: la certeza de que la vida está compuesta, en buena parte, de cosas aparentemente insignificantes, que confieren luz, color y ánimo a los vivientes que habitamos fugazmente la Tierra.

Van pasando los años, y seguimos esperando que algún acontecimiento extraordinario dé un giro de ciento ochenta grados a nuestra existencia y enderece nuestro caminar rumbo a las estrellas. Primero, escuchamos aquello del árbol, del hijo y del libro. Después, hemos ido deteriorando nuestra vida real y concreta al cotejarla sistemáticamente con el trabajo ideal, la pareja ideal, la casa ideal o la palinodia ideal. Entretanto, han ido desfilando ante nuestros ojos millones de momentos, personas y situaciones que apenas hemos mirado de refilón, pues a menudo las hemos etiquetado de insignificantes. En aras de una posible vida ideal quizá hemos echado a perder la vida real, la única que tenemos en nuestras manos.

Juan está la mar de contento porque su mejoría en inglés es notable y Silvia ha obtenido una buena nota en filosofía. Es decir, ni más ni menos (mirándolo con la miopía de la estadística) que cientos de miles de chavales y chavalas de su edad. Sin embargo, ese hecho, aparentemente tan nimio, tan diminuto, aplicado a la mente y al corazón de una persona, es capaz de inyectar alegría, fuerza, luz y colorido. Hace unos días, me encontré casualmente en la calle a Lorena, una antigua alumna, que logró sobreponerse a la inseguridad que llevaba a cuestas desde años atrás y aprendió a creer en sí misma. Ahora trabaja, braceando entre el oleaje de la crisis económica y la precariedad laboral, tiene un novio al que quiere sin duda alguna y muchos proyectos a corto y medio plazo. Me enseñó con orgullo la fotografía de un niño, su sobrino, cuyo valor supera para ella con creces cualquier otra fotografía merecedora del Pulitzer. Mientras hablaba con ella en una terraza de Sagasta, volvió a hacerse presente el mismo viejo inquilino interior: la gran riqueza de Lorena no estriba en su currículo profesional o en el futuro día de su boda con el príncipe azul de sus sueños, sino en el devenir incesante de todas esas vivencias, aparentemente insignificantes, que la van construyendo como mujer y como ciudadana.

La importancia se mide también a través de la vibraciones producidas por algo en la mente y el corazón de una persona. Personalmente, me sentí muy reconfortado hace poco tiempo por lo que normalmente se tiene por una insignificancia más, pero para mí aparecía como la ascensión al Annapurna: viajar en tren a una ciudad lejana con dos trasbordos intermedios. Tras lograrlo, me sentí tan feliz como Teresa cuando, con su swing armonioso, logra un birdie prodigioso. A menudo, el mundo y la vida se transforman mediante un suceso sencillo o una acción aparentemente irrelevante. Solo es preciso que alguien se decida a llevarlo a cabo. Por ejemplo, un simple “perdona” o un “te quiero” o un sincero “cómo estás” o una mirada amigable acaban por mutar ambientes irrespirables o jornadas oscurecidas por la tristeza o el rencor. Si aprendiéramos desde la niñez a sacar partido de las cosas aparentemente insignificantes, si lográsemos descubrir su verdadero valor, cada instante de la vida sería valioso en y por sí mismo.

Viviríamos entonces no desde la alienación del poseer y el desear sin tregua, sino desde esa maravillosa capacidad que cada uno tiene de otorgar sentido, significado, importancia, sabor, color y calor a cada uno de los momentos de la existencia. No es otra cosa lo que Víctor Hugo nos recomienda en una estrofa de su excelente poema Desire: “Te deseo, además, que tengas dinero, porque es necesario ser práctico. Y que por lo menos una vez al año pongas algo de ese dinero frente a ti y digas: "Esto es mío", sólo para que quede claro quién es el dueño de quién”. Solo quien es dueño de sí mismo es capaz de regalarse. Solo quien se quiere sin maquillajes es capaz de querer y de ser querido.

Y es que la senda auténticamente recorrida se traza sobre tierra virgen, pues nadie puede vivir por nosotros ni deberíamos permitir a nadie que nos prive de la maravillosa aventura del vivir, por muy intrincado que a veces resulte el camino.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Otra intervención en TVA

Al final, está también mi intervención como coordinador de MHUEL sobre la sentencia reciente sobre el recurso de la asociación contra la presencia de símbolos religiosos en el Ayuntamiento de Zaragoza.

Carta a un juez

Señor juez: el pasado viernes, 30 de abril, usted dictó sentencia, en la que desestima el recurso presentado por la asociación Movimiento hacia un Estado Laico (MHUEL) contra la presencia de un crucifijo en el salón de plenos del Ayuntamiento de Zaragoza y la asistencia obligatoria de los miembros de la Corporación Municipal en calidad de tales, según los artículos 8.1.a) y 13.1 del Reglamento de Protocolo, Ceremonial, Honores y Distinciones del Ayuntamiento de Zaragoza. Acatamos la sentencia, pero, permítame que se lo diga, no nos parecen de recibo algunos de los argumentos y expresiones que usted emplea. Más aún, ante alguno de ellos nos hemos quedado estupefactos.

Usted define a MHUEL, una asociación laica, como “asociación de no creyentes”. Es como si yo le definiera a usted como no-danés. No diría algo falso, pero pondría de manifiesto un criterio bastante extraño para clasificar a un habitante de este planeta. Una mariposa es un no-mineral, sí, al igual que Júpiter es un no-microbio, pero hay otras formas más certeras y adecuadas de definir algo. Usted parece poseer una cuadrícula mental por la que encasilla determinadas realidades según sus esquemas, filias, fobias y prejuicios. En el país donde usted es juez a muchas personas les es ajeno el mundo de la religión y no aceptan que usted los encasille desde la simpleza de la creencia y la no-creencia. La creencia es una parcela más dentro del conjunto global de las opiniones, las ideas y las cosmovisiones. No convierta, pues, a los laicos en no-daneses, no-minerales o no-creyentes. Déjenos simplemente querer y luchar por un país más libre y liberado de constricciones y restricciones seculares, donde cada uno pueda ejercer sus derechos y libertades en igualdad de condiciones, sin privilegios para ninguna institución de carácter privado, religiosa o no.

Dice usted también que esgrimimos la “libertad religiosa negativa” frente a la postura municipal de mantener el crucifijo. De nuevo le traiciona el subconsciente: usted no quiere o no sabe salir de un recinto donde solo cabe la libertad religiosa, pero le aseguro que el derecho a la libertad religiosa no es sino una parcela más del derecho a la libertad de conciencia. España ha vivido desde hace muchos siglos sujeta a los dictados intelectuales y morales de una determinada confesión religiosa, el catolicismo, que ha tenido en exclusiva la patente de corso en materia de ideas y costumbres. Ahora somos muchos ya los que nos sabemos libres y reivindicamos nuestro derecho a vivir en un país libre, sin tutelas ni privilegios. Si a usted eso le parece libertad religiosa negativa deberíamos estar preocupados por el país y por una institución tan fundamental del Estado como es la Judicatura.

Nos parece aberrante asimismo que usted manifieste en la sentencia que “el hecho de eliminar toda manifestación de tipo religioso a ultranza, cualquiera que sea su signo, vendría a dar prioridad a una determinada consideración del fenómeno religioso, como es el agnosticismo”. Si lo hubiese dicho Luis Carlos Martín, cabría respetarlo desde el derecho a la libertad de opinión y de expresión, pero nos parece muy grave que lo haya escrito el Magistrado titular del Juzgado de lo Contencioso-administrativo número 3 de Zaragoza. Convertir una sentencia en un documento meramente ideológico es, sin duda alguna, preocupante.

Tampoco es nuestro propósito, como usted indica en la sentencia, “desarrollar una especie de persecución del fenómeno religioso o de cualquier manifestación de tipo religioso”, ni “imponer nuestra voluntad sobre el fenómeno religioso, ni “pasar por encima de la voluntad” de los munícipes de la ciudad, ni alguna ”suerte de limitación del fenómeno religioso”. Estos fantasmas que usted parece temer habitan solo en su cabeza.

No se trata solo de un crucifijo en una sala de plenos municipal, sino de que las instituciones, los representantes y los espacios públicos de nuestro país entero estén realmente abiertos a toda la ciudadanía por igual, sin discriminaciones y desde el pleno ejercicio de la libertad de conciencia. No se trata de un recurso, una ciudad, un crucifijo, un ayuntamiento. Se trata de la libertad y de la igualdad. Se trata del país entero. Si me apura, se trata del mundo.

Quiero acabar transmitiéndole nuestra voluntad de un país más libre y más igualitario, liberado de dogmas, supersticiones y alienaciones, capaz de acoger y promover los derechos y libertades de toda la ciudadanía en igualdad de condiciones, con unos dirigentes y representantes autónomos e independientes de cualquier instancia privada. Ese es el auténtico camino que garantiza la libertad de todos y para todos, ese es nuestro verdadero horizonte.

Con nuestros atentos saludos

Antonio Aramayona

Coordinador del Movimiento hacia un Estado Laico (MHUEL)