lunes, 17 de octubre de 2011

Increíble, pero cierto

Han salido unas ayudas para un curso de nuevas tecnologías aplicadas a la Educación organizado por la Comunidad de Madrid, y resulta que a todos los profesores de colegios concertados y privados que se apunten les regalan un ordenador portátil además de subvencionarles el 100% del curso. A los profesores de la pública les dan la oportunidad de entrar en el sorteo de un ordenador portátil, y deben pagar 660 euros de matrícula.

Dadle la máxima difusión posible. Debemos dejar claro que no es que no haya dinero para la educación sino que no lo quieren gastar en la pública.
La convocatoria del curso ha salido a finales de septiembre y está en "Novedades" en la web de cualquier DAT.

se puede consultar en el siguiente enlace

o aqui

http://www.madrid.org/dat_capital/tematico/t_formacion.htm

Escuela e informática

Será publicado como artíulo el próximo miércoles en El Periódico de Aragón



 Al parecer, la Consejería de Educación aparca el programa Escuela 2.0 y su ampliación en los centros. Algunos ordenadores portátiles, más cañones y pizarras digitales, reposan, almacenados, en algunos Institutos a la espera de su montaje en las aulas y de que el profesorado sea informado y formado en su utilización. El mundo escolar parece vivir ahora en un sinvivir informático y subyace la idea de que cuanto más aparataje informático haya, mejor le irá al alumnado y menor será el índice de fracaso escolar.
Sin embargo, las cosas son solo cosas y los aparatos son solo aparatos, salvo que dotemos de significado y sentido, pues, de lo contrario, entraríamos en el mundo de la superstición: además de las herraduras, las patas de conejo o los escapularios, hay otros objetos (por ejemplo, los ordenadores) que poseen la virtualidad de conferir mágicamente las ganas de estudiar y el afán por aprender. Recuerdo que una madre zaragozana me contaba que, como su hijo iba mal en matemáticas, le había comprado a plazos y a duras penas un ordenador con la esperanza de lograr así una mejoría en sus estudios. Por supuesto, aquel muchacho no mejoró un ápice en el trimestre siguiente y al final del curso.
En esta misma línea, sería interesante conocer los resultados obtenidos en los centros escolares donde ya se ha aplicado el programa Escuela 2.0, y comprobar si, por ejemplo, en Secundaria la utilización de ordenadores ha reducido el número de suspensos, repetidores y abandonos en un determinado nivel. Dada la falta de datos oficiales, he consultado a algunos profesores que utilizan en sus aulas estos medios y no encuentran cambios significativos, ni para bien ni para mal, en el rendimiento escolar de su alumnado.
La informática puede ser un magnífico instrumento para el aprendizaje de algunos contenidos de una determinada asignatura. No solo conecta con el mundo audiovisual en que habitualmente operan muchos alumnos, sino que potencialmente atrae una mayor atención por parte del alumnado, y lo convierte en un sujeto necesariamente activo dentro de la actividad escolar. Sin embargo, a no ser que volvamos a creer en la virtualidad mágica de las cosas y de los aparatos, nada sirve si previamente no brota del interés personal del alumno y este no interioriza las materias que están siendo objeto del aprendizaje audiovisual o por medio de la informática. De no ser así, el alumnado puede pasarlo relativamente bien en clase, pero no aprende ni se forma realmente.
Hay quien recurre habitualmente en la vida a cuanto está a su alrededor para echarle la culpa de lo que funciona mal y, de paso, lavarse las manos personalmente. Se acude entonces en la enseñanza a una supuesta perdida de valores, a la familia y  la desidia del alumnado, a una determinada ley de educación, al gobernante, etc., pero en ningún caso se le pregunta al verdadero protagonista de una clase (el alumnado) ni se cuestiona qué ocurre realmente en un aula durante nueve meses a lo largo de once años de enseñanza obligatoria para obtener finalmente tan magros resultados (consúltese para ello las calificaciones trimestrales y finales de cualquier Instituto de los últimos treinta años y compruébese los porcentajes invariables de suspensos y abandonos).
Por otro lado, cuando el alumnado aragonés cuente con un ordenador en clase y en casa (hasta el momento solo dos institutos zaragozanos han podido llevar a cabo este proyecto), los libros de texto y los cuadernos de ejercicios en formato papel (tan costosos para el presupuesto de muchas familias) pueden llegar a desaparecer, pues el alumnado podría acceder con enorme facilidad y a muy bajo coste a los contenidos y las tareas que debe acometer durante el curso escolar; eso sí, siempre que así lo permitiera la voracidad de algunas editoriales.
Efectivamente, los medios técnicos, audiovisuales e informáticos pueden llegar a ser un instrumento potencialmente muy valioso en la formación académica y personal del alumnado, con tal de que el profesorado cuente con medios y formación suficientes, así como también tenga ganas de llevarlos a cabo. Asimismo, los centros deben contar con suficientes equipos y material de repuesto (en algunos casos, muy caros) y un acceso a Red y banda ancha  fácil y económico.
Sin embargo, debería tenerse presente sobre todas las cosas y aparatos que el mejor y mayor recurso formativo en el aula y en la escuela es el alumnado mismo. Y si se prescinde de él, si no se logra hacer brotar de él el gusto por aprender, si finalmente no acaba siendo una persona y un ciudadano libre, autónomo, cabal, con criterio propio y con un buen bagaje para abrirse camino en la vida y en el mundo, de bien poco servirá cualquier recurso técnico y didáctico y la sociedad se topará una vez más con el verdadero fracaso escolar, con su propio fracaso.



Aguirre y las camisetas por la escuela pública

miércoles, 5 de octubre de 2011

Autoridad y veracidad del profesorado


Publicado hoy en El periódico de Aragón

Al parecer, el Gobierno aragonés tiene el propósito de presentar antes de que acabe el año una Ley de Autoridad del Profesor que convierte al docente en autoridad pública. Ello implica, entre otras cosas, que el profesorado gozaría de presunción de veracidad
Acudo de inmediato al diccionario de la RAE, y me encuentro con que “veracidad” significa “cualidad de veraz”, y a su vez, “veraz” es la persona “que dice, usa o profesa siempre la verdad”. En otras palabras, el principio de veracidad hace que una persona se tenga como veraz sin que aporte prueba alguna y que su palabra prevalezca sobre la persona que no lo disfruta, si esta no aporta pruebas.  Sin embargo, en nuestro país una persona a la que se le presumiere tal veracidad (por ejemplo, un profesor) debería conciliar tal prerrogativa con el principio constitucional (artículo 24.2) de la presunción general de inocencia, que declara inocente al denunciado hasta que se demuestre lo contrario. Más aún, ateniéndonos a la jerarquía legislativa, la presunción de inocencia es jerárquicamente superior y prevalece sobre cualquier presunción de veracidad.
El hecho es que algunos grupos políticos y sindicales insisten en la necesidad de “reforzar la figura del docente”, dotándole de herramientas disciplinarias que garanticen la protección jurídica en su labor como autoridad pública y a la vez refuercen “la consideración y el respeto por parte de los alumnos, padres y otros profesores”, tal como reclaman algunos sindicatos de corte netamente conservador. Crece la opinión de que la enseñanza está sufriendo un grave deterioro debido a la merma de disciplina y respeto por parte del alumnado y sus familias, o a la falta de reconocimiento de la figura del profesor, y piden como solución un mayor reconocimiento social y un reforzamiento de su autoridad.
Por “autoridad” suelen entender ante todo potestad para imponer el orden y para sancionar a los alumnos más difíciles o recalcitrantes. Confunden así la auténtica autoridad con un elenco institucional de automatismos sancionadores que posibiliten que cualquier problema quede borrado a golpe de reglamento.
Sin embargo, etimológicamente, la palabra “autoridad” proviene de los términos latinos auctor y augere: hacer crecer o aumentar. El auctor, quien tiene autoridad, es, pues, fuente u origen de algo, y está relacionado con engendrar, dar vida, hacer que alguien o algo se desarrolle. Según esto, la autoridad no se otorga desde fuera propiamente, sino que se ejerce y va haciéndose dinámica y constantemente en la medida en que alguien crece y se desarrolla.
La verdadera autoridad o la auténtica veracidad no se imponen, sino que se reconocen. Es en la persona misma de quien tiene autoridad donde residen la dignidad, la valía para que se acepte y se reconozca en ella libremente esa autoridad. Quien quiere imponer autoridad sólo por  coerción está admitiendo que no le quedan otros instrumentos para hacerlo. Un profesor puede ejercer esa autoridad por estar legitimado legalmente para cumplir unas funciones que le son institucionalmente reconocidas. En este sentido, nadie discute que tiene autoridad, tiene el mando, tiene la potestad de imponer orden o hacerse respetar. En el mundo educativo, sin embargo, ese tipo de autoridad sirve para casos o situaciones extremas, pero reivindicarla como principal solución puede ser síntoma de incapacidades e impotencias personales e institucionales poco deseables.
La educación debe buscar formar y desarrollar personas y ciudadanos,  lo cual conlleva fomentar su libertad y responsabilidad. A veces puede ser frustrante constatar las dificultades que esta tarea conlleva, especialmente cuando un profesor asegura que lo único que tiene que decir y hacer en un aula es enseñar su asignatura, por lo que cree que a quien no está interesado en estudiarla y aprenderla sólo le queda  callar y no molestar o, en caso contrario, sufrir la sanción correspondiente.
Ciertamente, algunos alumnos parecen desconocer las reglas elementales de convivencia y no haber pasado por un proceso de socialización básica. Esos alumnos deben tener claro a fin de cuentas que han de respetar las reglas comunes de un colectivo, pero eso no sucede de la noche a la mañana, por ciencia infusa, más cuando en algunas de sus casas eso se cumple poco y deficientemente. A pocos de esos alumnos les vale realmente la autoridad como imposición de reglamentos y sanciones. Sin embargo, esos alumnos, como todos los demás, reconocen y agradecen la autoridad de quien sabe, aprecia, valora, anima. Más aún, muchos de esos alumnos descubren por primera vez en sus vidas que hay alguien que a la vez enseña unos contenidos, establece unas normas de convivencia, se interesa por sus vidas, crea una corriente de aprecio y los anima a ir desbrozando su propio camino, y no sólo el camino general que está prefijado a priori para todos sin excepción, sin otros matices.
Personalmente, no suscita en mí mucha confianza quien necesita una ley para asegurar su veracidad o su presunta autoridad.