
El destino de lo escrito
es el aliento
de cualquiera que lo acoja.
Los cuerpos se llenan de palabras
que explotan en el viento
esparciendo la amargura serena de las cosas.
Las letras se retuercen
impotentes
despojadas de carne dolorida
queriendo abrazar toda la tierra.
Y el que escribe
se pregunta si no miente, si no dice tonterías,
si conmueve,
si piensas y sientes,
si vives más un rato
con su palabra solitaria.
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