miércoles, 30 de noviembre de 2011

No vale todo


Publicado hoy en El Periódico de Aragón 
 
Tras leer la semana pasada en este diario la columna Antena Paranoica de mi amigo y colega, Joaquín Carbonell, el viernes pasado vi el programa de Cuatro El comecocos, donde seis concursantes compiten entre sí para demostrar ante el público y el jurado (del que forma parte ¡Mercedes Milá!) quién tiene más dotes como orador y es más capaz de convencer sobre los temas que les vayan diciendo. Es decir, han de ser capaces de defender aleatoriamente, por ejemplo, la bondad o no de las descargas en Internet o la independencia o no de Euskadi.
Mientras veía el programa me venían a la mente los sofistas en la Atenas de hace 2.500 años, durante la llamada “democracia ateniense” (una democracia bastante sui generis, pues los esclavos, los extranjeros residentes y las mujeres –un 80% del total- no tenían voz ni voto ni pintaban nada): en las asambleas, donde se dirimían los asuntos importantes de la ciudad, lo más importante era convencer y persuadir al auditorio, dirigir hábilmente a los asistentes hacia donde se deseaba llevarlos,  por lo que un ciudadano que pretendiese tener éxito personal y social debía cumplir un requisito imprescindible: saber hablar bien en público, ser un buen orador.
De ahí que la educación de la juventud ateniense se centrase cada vez más en inculcar aquellas materias que los hicieran más elocuentes y persuasivos. Sus profesores y pedagogos eran los denominados “sofistas”, especializados en enseñar el arte de convencer al auditorio y de vencer dialécticamente al adversario con razonamientos y argumentaciones. Debían tener un dominio per­fecto de las artes persuasorias y ser capaces de defender y atacar sucesiva­mente la misma idea o de probar la verdad o la validez de dos posturas o tesis con­trarias. Es decir, El comecocos de Cuatro
Sin duda, no se puede negar la habilidad de quien está en condiciones de defender y atacar una misma idea con convicción, pero esta actitud a medio o largo plazo puede conllevar graves consecuencias. Por ejemplo, llegar a la conclu­sión de que el deber de buscar y respetar las verdades de las que se está convencido queda a merced de la habilidad persuasiva del correspondiente orador de turno y de la opinión de su auditorio.
Un hombre hábilmente locuaz lo puede entonces todo y, dada la versatilidad del público, Einstein, por ejemplo, podría quedar humillado por un ignorante que sabe lo que realmente desea escuchar la masa. Lo importante es saber responder al adversario, argumentar con tino, encontrar el punto débil del contrincan­te, quizá amenazado veladamente con descalificaciones personales.
Los sofistas enseñaban técnicas de persuasión, pero estas acabaron siendo técnicas de manipulación, lo que llevó a que, si en un mensaje se  busca sobre todo medrar, el triunfo y el aplauso, termina por desdeñarse la necesidad de tener valores y convicciones expresados y vividos con coherencia, con el consiguiente daño incluso para uno mismo, aunque no sea más que por instinto de supervivencia anímica: se piensa como se vive y también se vive al final como se piensa.
Ni que decir tiene que convertir unas técnicas de persuasión y manipulación en objeto directo de la enseñanza es simplemente un desatino. Los sofistas no fueron los principales responsables de instaurar ese tipo de educación, aunque sí de promoverlo mediante sus labor diaria como profesores: era la pro­pia sociedad ateniense la que exigía la formación y el adiestramiento de la juventud en tales objetivos, lo que nos debería llevar a la reflexión sobre qué objetivos fundamentales priman también hoy en nuestra sociedad, y si quizá lo que realmente se le está inculcando al alumnado es el éxito ramplón, la obtención material de títulos, la potencialidad adquisitiva de una profesión, la memorización sin sentido seguida del olvido en pocos días de lo aprendido, en detrimento de la valoración del saber y de la metabolización personal y social de los conocimientos. 
A la luz de la educación impartida por los sofistas en la democracia ateniense no estaría de más pararse a pensar si también la educación actual de la juventud occidental y, concretamente, de la española, mantiene un equilibrio suficiente entre las necesidades de todo tipo (científicas, técnicas, económicas...) que la sociedad espera y demanda a un ciudadano suficientemente cualificado y la inquietud personal por indagar y saber acerca del mundo y de la vida con independencia de las ventajas que ello puede reportar.
En otras palabras, existe el peligro de educar a los niños y a los jóvenes de nuestro tiempo sólo en vistas exclusivamente de aquellos conocimientos y destrezas que les serán útiles para ganarse la vida (a ser posible, holgadamente: ser es tener y aparentar) y triunfar en la sociedad, olvidando así que -como ya reivindicaban los primeros pensadores jonios- el saber debería estar vinculado también con la inquietud natural de conocer el mundo y de vivir en consonancia con la ética personal y social por la que libre y responsablemente se haya optado.

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