lunes, 17 de agosto de 2009

Escuela aconfesional


Artículo a publicar el 19 de agosto en El Periódico de Aragón

El ministro de Justicia, Francisco Caamaño, declaró la semana pasada que no debe haber símbolos religiosos en los centros públicos de enseñanza, lo cual llama la atención sobre todo porque, con treinta años ya de Constitución y más de diecisiete de gobiernos socialistas, aún no está resuelto este asunto: según el artículo 16.3 de la Constitución, ninguna confesión religiosa debe tener carácter estatal y, por tanto, ningún elemento perteneciente al ámbito privado (por ejemplo, las iglesias e instituciones religiosas) debe formar parte del ámbito público, inherente a toda la ciudadanía.

No se trata de eliminar los símbolos religiosos del mapa español, sino de situarlos en el lugar que les corresponde en una democracia plural y aconfesional. Los crucifijos, pongamos por caso, al igual que los símbolos islámicos, judíos o de cualquier otra religión, cuentan con una considerable cantidad de iglesias, sinagogas, ermitas, mezquitas y catedrales para ser guardados y venerados, pero una escuela pública (los centros privados de enseñanza son, de momento, otro cantar) no es su lugar adecuado. La ciudadanía ha de regirse únicamente por la libertad de conciencia y actualmente una considerable parte de la misma se manifiesta, de hecho, ajena a cualquier planteamiento de tipo religioso. Por fortuna, el nacionalcatolicismo se ha visto privado de los instrumentos por los que imponía universalmente sus dictados en materia ideológica y de costumbres, y ahora está muy lejos de ser un desdoro declararse ateo, agnóstico o simplemente indiferente frente a las religiones y las iglesias. Por mucho que repita lo contrario alguna facción de la jerarquía católica hispana, esto no significa una persecución religiosa, sino simplemente que la libertad (sin adjetivos) se ha abierto paso en la sociedad española.

Sin embargo, sigue habiendo personas e instituciones empecinadas en no querer entender y/o aplicar el principio de la aconfesionalidad del Estado. Mientras, por ejemplo, el otro día los concejales de NaBai e IU rehusaron asistir como tales a la procesión, la Salve y la misa en las fiestas de la localidad navarra de Burlada, considerando que “el ayuntamiento no debe acudir a actos confesionales”, o el lehendakari Patxi López tomó posesión de su cargo sin referencias o elementos confesionales, el alcalde socialista de Toledo, Emiliano García-Page, en nombre de todo el Ayuntamiento, jura públicamente año tras año defender el dogma de la Inmaculada Concepción o el alcalde socialista de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, ha vinculado también públicamente su cargo de alcalde con la presencia de un crucifijo en el salón de Plenos del ayuntamiento.

En esas mismas declaraciones, el ministro de Justicia anunciaba que con la próxima Ley de Libertad Religiosa (el Gobierno ha rehusado una Ley de Libertad de Conciencia, más amplia, que comprendiera a cuantos no se identifican con alguna religión) se pretende “un claro deslinde entre el fenómeno religioso y el espacio público y la laicidad del Estado”, evitando así la “confusión entre las funciones públicas estatales y las religiosas”. En tal caso, debería explicar a algunos compañeros socialistas que ocupan altos cargos institucionales qué deben hacer cuando se apruebe la citada Ley. El ministro Caamaño centraba su atención especialmente en tres áreas: ejército, hospitales y escuelas. ¿Se está refiriendo acaso a “la asistencia religioso-pastoral a los miembros católicos de las Fuerzas Armadas por medio del Vicariato Castrense”, como estipulan el Concordato de 1953 y los Acuerdos de 1979? ¿Ha visitado algunos hospitales, antaño privados, hoy financiados enteramente con dinero público, y la simbología religiosa que sigue existiendo en algunos de ellos? ¿Está enterado de las más que considerables dificultades por las que tuvieron que pasar, por ejemplo, Fernando Pastor y la Asociación Escuela Laica de Valladolid por dar cuenta de la presencia de símbolos religiosos en la escuela pública “Macías Picavea” de Valladolid?

En la escuela pública no debe haber símbolos pertenecientes a instituciones de carácter privado. Si alguno de ellos tiene un especial valor artístico, su lugar adecuado es una iglesia o un museo, pero no un centro de enseñanza. En la escuela pública tampoco deben impartirse clases de religión durante el período lectivo (en los colegios han de impartirse saberes, no creencias) y la formación religiosa debe hacerse en la familia que así lo decida y en las iglesias. De hecho, no hay niños cristianos, judíos, musulmanes o ateos, sino hijos de padres cristianos, judíos, musulmanes o ateos. ¿Cuándo dejaremos en paz a los niños y respetaremos su libertad de conciencia hasta que estén en condiciones de decidir por ellos mismos?

Otra cosa son los días festivos: materialmente, la escuela y la sociedad en general siguen básicamente la pauta del calendario de las festividades religiosas, pero en realidad se trata de festejos milenarios de los equinocios y los solsticios, de la siembra y la recogida de las cosechas, de mitologías prehistóricas cíclicas y estacionales. Sólo que la iglesia católica se apoderó y se apropió (cómo no) de esas fiestas. Pero no son religiosas ni suyas. Son de todos. Son nuestras. La superstición languidece. Queda la vida.

lunes, 10 de agosto de 2009

Niño, no mires


La alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, ha decidido preservar los valores morales de la humanidad mediante una ordenanza municipal que castiga la práctica del nudismo en las playas de la ciudad con multas de entre 100 y 750 euros. En otras palabras, bañarse sin ropa alguna en un lugar público es una inmoralidad que la policía sancionará debidamente. Por su lado, quienes reivindican poder tomar el sol y nadar desnudos afirman expresar libre y sencillamente su derecho a estar en la playa sin ponerse una prenda de baño: no obligan a nadie ni a mirar ni a estar en pelota picada, y –dicen- se trata de un acto la mar (nunca mejor dicho) de natural. El ayuntamiento gaditano, sin embargo, aduce la salud moral de las familias: los niños ven lo que no deben ver, y los papás miran y comparan, con el consiguiente riesgo de que la broma acabe en malos humores o, lo que es peor, en crisis conyugal.

Como la ordenanza municipal no deja claro, sin embargo, cuándo se perpetra exactamente el acto inmoral del nudismo: si una mujer enseña por completo sus tetas, ejercitando así el topless, o si la cosa va sobre todo de orear los genitales femeninos y masculinos al ritmo de las olas y de la brisa marina, queda principalmente en manos de los agentes del orden dirimir la delicada cuestión de en qué casos se incurre en ese nudismo atentatorio de la sana moral y las buenas costumbres y en qué casos hay que sancionar tal provocación libidinosa con multa, así como la cuantía de la misma, lo cual obliga a tales agentes municipales a desembrollar algunas situaciones rayanas en la más sutil de las casuísticas morales. Un agente, por ejemplo, talonario de multas en ristre, debe ir inspeccionando concienzudamente sobre la misma playa troncos, piernas, culos, apéndices pendulares, triángulos boscosos, glándulas mamarias, bikinis, bañadores, bañistas sobre tumbonas, bañistas sobre toallas, hombres, mujeres, niñas, niños, jubilados y jubiladas con la responsabilidad penal sobre sus hombros de imponer multas de 100 a 750 euros a quienes juzguen que sobrepasan los honestos límites de la ordenanza municipal de Teófila Martínez. Tal actividad, a poca empatía que tengamos con esos esforzados agentes municipales, deja muy, pero que muy acalorado al personal, aunque no es de descartar que sirva también para suscitar entre la juventud gaditana nuevas y renovadas vocaciones a entrar en la policía municipal como inspectores de playa.

Teófila Martínez ha descendido de los cielos de su Santander natal para combatir a nudistas y naturistas procaces y erradicar de la arena de las playas gaditanas urbanas cualquier asomo de obsceno exhibicionismo y morboso vouyerismo: todo el mundo con sus partes pudendas tapadas y bien tapadas, y a quien desobedeciere la ordenanza municipal, multa de 100 a 750 euros, que la ciudad tiene muchos gastos.

El bañador, además de ser un artístico paño que cubre las partes bajas de crucificados, angelitos y bañistas en general, es también un benéfico paño que contribuye a paliar posibles complejos de inferioridad, faltas de autoestima, deplorables imágenes corporales de uno mismo o ciertos asomos de morbo sexual. Asimismo, es un paño que educa a los niños y niñas de las familias de bien a formar rectamente la mirada, la percepción del cuerpo propio y ajeno. El bañador es así un inequívoco garante de moralidad. El mensaje subliminal que se emite indirectamente a través del bañador obligatorio es igualmente sumamente formativo: todo eso que se hace desnudos ha de hacerse ocultamente, a escondidas, pues es obsceno, sucio y pecaminoso, a no ser que cuente con la previa póliza legal o divina.

El diccionario de la RAE nos instruye también sobre el significado probo y honesto de “desnudo”: sin vestido; muy mal vestido o indecente; falto o despojado de lo que cubre o adorna; falto de recursos, sin bienes de fortuna, etc. Es decir, que doña Teófila hace bien en multar al nudista. Incluso desde los asépticos muros de Microsoft se nos facilita como primera lista de sinónimos de “desnudo”: privado, despojado, falto, desprovisto, carente, desierto, árido, necesitado, escaso. O sea, que, así las cosas, el nudismo o naturismo debe de ser cosa de depravados o, al menos, de gente muy rara.

Nos lo han enseñado, en fin, desde niños, pero a algunos no les entra en la mollera: Eva cayó en la cuenta de que el árbol tentaba el apetito, así que cogió fruta del árbol, comió y se la alargó a Adán, que comió con ella. Y entonces aconteció la madre de todas las ordenanzas municipales: se les abrieron los ojos, y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Observando tales hojas, dicen los expertos que la perdición no provino de una manzana, sino de un higo, del higo primigenio de Eva.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Unos pantalones indecentes


Labna Ahmed Husein fue detenida la semana pasada con otras doce mujeres en la capital de Sudán, Jartum, por haber cometido el execrable delito de llevar pantalones. A algunas de las detenidas les dio un ataque de resignado pragmatismo y se declararon de inmediato culpables, por lo que solo recibieron diez latigazos, tras pagar además cien dólares de multa. Sin embargo, Labna, que vive en el sur del país (no musulmán), periodista en la oficina de prensa de la ONU en Sudán, se negó a admitir su culpabilidad e insistió en comparecer ante un juez en presencia de un abogado. Quedó entonces en libertad bajo fianza, pero se enfrenta ahora a la posibilidad de recibir cuarenta latigazos, que es la pena habitual por vestirse de manera “indecente” e “inmoral”, según interpreta la sharia vigente en Sudán.

Labna llevaba unos pantalones y una blusa, lo cual constituye una falta grave, una ofensa hadd, que, además del incumplimiento de las normas en la vestimenta femenina, incluye, por ejemplo, la homosexualidad, la desobediencia de las mujeres a la autoridad del padre o del esposo, beber alcohol o las relaciones con personas no pertenecientes al islam, con penas, según los lugares, de lapidación, azotes o amputación de miembros. La sharia está muy clara (de hecho, significa literalmente “camino al manantial”) y tiene pretensiones de indiscutible, pues bebe de las fuentes del Corán y del hadiz (hechos y dichos de Mahoma, recogidos por sus discípulos directos), así que algo tendrá llevar pantalones allí, pues en caso de violación se declarará culpable a la mujer indecorosa. Lo sorprendente, lo estremecedor es que una moral de corte religioso sea el único código moral y penal de una sociedad, de un país.

Es positivo sostener y defender el multiculturalismo, la coexistencia de diversas y diferentes culturas en un mismo lugar, pero a condición de que ningún elemento, tradición o costumbre vaya en contra de los derechos humanos fundamentales. Y centrándonos en la detención de Labna Ahmed Husein, saltan por los aires muchos de los derechos y las libertades de las personas, de los ciudadanos y, más concretamente, de las mujeres del mundo. Si un grupo religioso está convencido de las bondades de su credo y su moral, y remonta su origen a determinados tiempos y personajes ancestrales, sus adeptos tienen derecho a ajustar sus vidas a las pautas ideológicas y de conducta de su religión, pero no a imponerlas a otras personas. Las teocracias son solo mugrientos restos de unas dictaduras que, en nombre del dios de turno, ignoran (no solo desconocen) que todos los seres humanos nacen libres e iguales en libertad y derechos, y están dotados de razón y conciencia (Declaración de los Derechos Humanos, art. 1), que toda persona tiene todos los derechos y libertades, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición (art. 2.1) y que además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona (art. 2.2).

Las religiones pertenecen al ámbito privado y la vida pública de un país debe estar por encima y ser plenamente independiente de cualquier ideología o moral privadas. Lo realmente indecente no es –cito preceptos de la sharia- que una mujer lleve pantalones o se quede sola ante un hombre extraño o no baje la mirada o que salude o muestre su belleza a quienes no son su “máharim” (personas entre las que el matrimonio sería ilegítimo por razones de parentesco). Lo verdaderamente indecente es que algunas personas y grupos, desde la intransigencia y la esclerosis de sus ideas, desde la proyección de sus propias represiones sobre los demás, desde unas creencias que para unos son tan sublimes y sagradas como para otros carecen de significado, se crean legitimados para llevar a prisión, dar latigazos o asesinar mediante lapidación a quienes no se atienen a sus preceptos morales o a sus esquemas particulares sobre lo que es “decoroso” (no hay que olvidar que de la misma raíz latina –decens- provienen las palabras “decorar” y “condecorar”).

Desde hace muchos años hasta nuestros días entrar en determinadas iglesias, principalmente en verano, permite asistir a las filigranas morales de los empleados clericales cuando ven (¿con regocijo reprimido? ¿a quién amarga un dulce?) hombros, piernas, espaldas desnudos, canalillos generosos, shorts de los/las visitantes de sus templos. Sin embargo, sus criterios estéticos empiezan y acaban en la puerta de sus iglesias (siglos de racionalidad ha costado), mientras que por muchos lugares del mundo islámico aún no ha pasado el más leve soplo del Humanismo, el Renacimiento y la Ilustración. Por eso mismo, no es casual que Lennon cante y recomiende: Imagine a World without Religión.

lunes, 27 de julio de 2009

Una peli de buenos y malos


Artículo a publicar en El Periódico de Aragón el 29 de julio, miércoles

Muchos hemos engullido en la niñez que los malos eran los indios, pues cortaban el cuero cabelludo a los pacíficos colonos que viajaban en sus carretas al Oeste y adoraban a ídolos falsos, como Manitú. Después, el enemigo fueron los alemanes (menos) y los japoneses de la Segunda Guerra Mundial, tan locos que se dejaban morir por un emperador pequeñito y con gafas y se suicidaban como kamikazes o haciéndose el harakiri. Los americanos eran guapos, tenían una familia que les mandaba cartas desde Ohio o Wisconsin y, sobre todo, siempre terminaban ganando y casi nunca moría el protagonista. Eso sí, en esas pelis no había imágenes ni se hacía mención de las dos bombas nucleares que los buenos habían arrojado sobre un Japón ya prácticamente vencido.

Los verdaderos enemigos mostraron su maligno rostro con la llegada de la guerra fría y los pavorosos peligros del comunismo: sus espías y soldados de enormes cejas eran ateos, crueles, despiadados y sobre todo querían apoderarse del mundo libre, es decir, del nuestro, aunque muchas de aquellas películas las viésemos en algunas cochambrosas salas de cine de la Celtiberia franquista, sesión doble y continua. Los americanos ya estaban en sus bases de Zaragoza, Torrejón y Rota para defendernos de la amenaza comunista, y sus aviones F.86 Sabre surcaban nuestros aires como garantía de que todo el mortífero y siniestro armamento atómico y nuclear de los rusos y los chinos no nos iban a molestar, pues nos amparaba el democrático y altruista armamento nuclear y atómico norteamericano.

Cuando llegaron las pelis sobre la guerra de Corea, nuestra admiración creció, pues el valor guerrero de los soldados americanos se vio acrecentado al estar luchando por la libertad y la democracia contra unos comunistas de ojos rasgados en una proporción de mil contra uno. Y todo lo hacían por nosotros, porque tuviéramos nevera de hielo y leche en polvo americana y, ante todo, porque nos viéramos librados del ateísmo y del comunismo. Cuando llegó Vietnam, seguimos viendo el mismo guión: los americanos defendían la libertad de los países libres del sur de Asia frente a las pretensiones imperialistas y expansionistas de la China maoísta. Posteriormente, mostraron en otras películas por qué no habían ganado de calle la guerra de Vietnam: aún no habían descubierto las artes y las dotes guerreras de Rambo, por entonces cabalgando quizá por las llanuras de Nebraska.

La confusión llegó cuando los buenos eran los iraquíes, con Sadam Hussein al frente, a quienes los bienhechores americanos ayudaban con ingentes cantidades de armamento en su guerra contra el Irán de Jomeini (a este respecto hubiera venido bien una buena película sobre el Irangate). 50.000 soldados iraníes murieron por bombas químicas, pero no pasaba nada: los iraquíes eran los buenos, hasta que un día Irak y Sadam quedaron transformados en el más peligroso y sanguinario enemigo de la humanidad. No ha habido muchas pelis sobre la invasión y la okupación de Irak, seguramente porque hay muchas más cosas que esconder que enseñar. La cosa es que ahorcaron al en otro tiempo jefe aliado bueno, han dejado a Irak hecho fosfatina y ahora es Irán la versión rediviva de Satán.

Otro tanto ha ocurrido en Afganistán. Durante años, los norteamericanos ayudaron con armamento y con asesores a los talibanes en su lucha contra la malvada Rusia comunista (eso de los derechos humanos de las mujeres y el fundamentalismo islámico era por entonces lo de menos), hasta que, a raíz del 11-S, decretaron que todo la maldad de la Tierra moraba en Afganistán y en sus talibanes. De hecho, algunas de las últimas pelis encauzan nuestras ideas por lo que ahora es la última de las revelaciones políticas preternaturales: la fuente de todos los males es, por un lado, el Eje del Mal (Irán, Corea del Norte, Libia, Siria y Cuba) y, por otro, Al Qaeda y el terrorismo internacional. Sin embargo, siendo objetivos, las películas no insisten mucho sobre esto del terrorismo, pues se corre el riesgo de que el espectador acabe por cabrearse porque no saber nunca los buenos dónde está Bin Laden (¿o sí lo saben, pero lo necesitan como enemigo?).

No hay, sin embargo, pelis sobre todos esos terroristas que en los últimos tiempos han dejado el mundo aún más esquilmado a base de especular financieramente a menos llenas. Pelis sobre todos esos sinvergüenzas impunes, chorizos de guante blanco, magos del engaño y del timo, que han puesto patas arriba la economía mundial y que juegan con las piezas del bienestar y del malestar mundial como si fuese una partida de Monopoly. Nos hablan de crisis crediticia e hipotecaria, de EREs, de billones de dólares públicos para remedio privado, pero no nos cuentan que esos delincuentes financieros son los verdaderos protagonistas del terrorismo mundial. Aunque se cuiden muy mucho de salir en las películas, dirigen de hecho la mayor parte de las pesadillas del mundo. Malditos sean.