Lluís
Bassets, director adjunto del diario EL PAÍS, nos ha servido para desayunar un
artículo que no tiene desperdicio (Guerras
necesarias). Tras leerlo, se me han revuelto en el estómago las galletas,
el café con leche y las veintitantas pastillas prescritas por el médico para
empezar el día.
Comienza
el articulista refiriéndose a la clásica distinción entre guerras necesarias (=no
hay otra opción) y guerras de elección u optativas, para concluir que la guerra
emprendida en Malí pertenece al primer tipo: “el presidente francés ha mandado
sus aviones y sus soldados a Malí porque no había otra respuesta posible al
avance de las columnas insurgentes”, afirma Bassets, sin aclarar contra quién
se habían levantado o sublevado los adversarios (diccionario de la R.A.E.: Insurgente:
adj. Levantado o
sublevado. U. t. c. s.), y si tal sublevación habría surgido como una
sublevación necesaria u optativa.
¿Los cargos contra los insurgentes?
Crímenes de guerra y de lesa humanidad, ataque y expulsión de la población e
imposición de la sharía islámica como método de dominación. Es decir, más o
menos como cuando aquello de Libertad Duradera en Afganistán y la defensa de
las mujeres afganas y los derechos humanos de la población afgana, igualmente como
la incursión bélica en Libia y el posterior linchamiento de Gadafi a manos de
la población demócrata y liberada.
En mi retina permanecen las fotografías
de las refinerías de crudo y gas “liberadas” por Francia y Argelia, rehenes,
población civil y secuestradores masacrados en la misma hornada y bajo las
mismas bombas. Si unos magrebíes entran en París y matan a diez parisinos son
unos execrables terroristas. Si aviones, helicópteros, blindados y soldados
entran en Malí, afirmando a tiros “aquí mando yo”, son defensores de los
derechos humanos, del pueblo maliense y de la democracia occidental, única
democracia verdadera.
Sin
embargo, Bassets nos tranquiliza de inmediato: “no es una guerra por la
energía, tal como reza un típico reproche antibelicista, sino una guerra en la
que está en juego la seguridad energética de los europeos”. Aquí es donde
definitivamente se me agrió el desayuno, pues por muchos esfuerzos que hice, no
lograba alcanzar tal sutileza conceptual: no se trata de una guerra por la
energía, sino por la seguridad energética de Europa. ¡Acabáramos! Nosotros, los
imbéciles estamos emperrados en nuestro rancio antibelicismo porque no sabemos
diferenciar la energía de la seguridad energética.
En el
entorno regional del sur de Argelia y del norte de Malí “se hallan los grifos
del petróleo y del gas que llega a los hogares europeos”, dice Bassets, pero ya
no nos ilustra acerca de dónde están los hospitales, las escuelas, las
carreteras, las viviendas, las tiendas de alimentación y los servicios básicos ciudadanos
en esa misma región, bien colonizado por British Petroleum y otras benefactoras
compañías petrolíferas. Nosotros, los antibelicistas, defendemos que la era de
la rapiña debe acabar. Cuando libremente los habitantes del Sahel intercambien
con los europeos su gas y su uranio, deben obtener a cambio bienestar y prosperidad.
De lo contrario, la guerra de Francia en Malí no será ni necesaria ni optativa,
sino solo una desvergüenza más de los ricos para con los miserables.









