domingo, 24 de agosto de 2008

La cultura del desierto

Un bicho se coló en mi mente a través del libro de Robert M. Sapolsky, El Mono Enamorado (Paidos) y me planteó si las distintas culturas y formas de vivir en el mundo dependen también del clima y del ecosistema en que se vive. En otras palabras, si mucho de lo que pensamos, creemos, hacemos, tememos y esperamos se origina en el ámbito natural donde vivimos y en las necesidades encontradas en ese entorno.

Sapolsky diferencia básicamente dos tipos de sociedad, pertenecientes a dos ecosistemas diferentes: una, formada en bosques lluviosos tropicales y otra, en los desiertos. Las culturas procedentes de los bosques, donde hay miles de plantas y seres vivos, tienden al politeísmo, y en ellas proliferan en equilibrio centenares de espíritus y divinidades. En las sociedades procedentes del desierto, en cambio, se aprende ante todo lo arduo que es sobrevivir y lo duro que es el mundo, reducido a unas pocas cosas elementales y escasas. En éstas se forja el monoteísmo, un dios único, intervencionista y controlador, que elige a la propia tribu o clan como pueblo predilecto frente al resto de las tribus y clanes que luchan entre sí por no sucumbir ante la escasez. El dios del desierto cuenta con demonios, santos y ángeles, jerárquicamente estructurados; esta jerarquía, rígidamente establecida y consolidada, queda fijada también en la estructura social del pueblo del desierto que supuestamente fue designado como el pueblo elegido por el mismísimo dios.

En la cultura del desierto se promete y espera la obtención de una vida gloriosa después de la muerte, pues la felicidad ha de ser pospuesta, aceptando la dureza de la vida actual. La estratificación social es allí fija e inamovible, aunque después todo ello puede derivar, a través de sus descendientes, en competitividad, guerras preventivas, lucha contra el Eje del Mal, autodeclaraciones como “novios de la muerte” o mastodónticos funerales por los caídos por la patria. Con todo ello, el desierto avanza y se extiende.

Otra constante en la cultura del desierto, según Sapolsky, es la creencia en la inferioridad de las mujeres. La mujer tiene allí un solo doble estatus aceptable: o ser virgen o ser madre; además de esto, y de ocuparse de las tareas de la casa, la mujer solo tiene la función de obedecer y servir al hombre.

Sin incurrir, obviamente, en la excesiva generalización a la que conduciría el planteamiento de Sapolsky, el panorama que ofrece el mundo actual no anda demasiado desencaminado respecto de sus conjeturas: nuestro planeta está dominado por culturas euroasiáticas originarias del desierto. y han extendido la devastación por todas las tierras objeto de su codicia y las culturas ininteligibles para su ciego etnocentrismo. Los continuadores de la cultura del desierto llevan más de cinco siglos subyugando y eliminando a las culturas y poblaciones nativas de África, América y Oceanía, con la pretensión de imponer su forma de vida y su cosmovisión como únicas y auténticas, desde la demencia de la superioridad de su raza.

Vivimos en un planeta dominado por la cultura del desierto. Vivimos en un mundo judeo-cristiano-musulmán, donde imperan las palabras escritas en mayúscula (Verdad, Paz, Democracia, Libertad, Dios, Patria, Familia, Orden, Seguridad…), que a menudo acaban apareciendo como embustes y engaños. En la cultura del desierto se busca el poder y la supremacía sobre todas las cosas y países, se tiene la certeza ciega de que su dios es el único verdadero, que les ha hablado en su libro sagrado y los ha elegido como pueblo de sus preferencias.

En la cultura del desierto son tan afables con los adeptos, como represivos con los disidentes y restrictivos con sus ideas. Hicieron desaparecer a decenas de millones de indígenas, despreciando su cultura y su sensibilidad con el mundo, pues los creían inferiores por naturaleza; esclavizaron a cuantos se les antojaron, bajo la bendición de sus dioses, bajo los cánticos de sus rabinos, obispos y ayatolahs. En el mundo del desierto es habitual que el fin justifique los medios si todo ello va en propio beneficio, al igual que allí priman la ley del más fuerte y la eliminación del enemigo (disfrazándolo de hereje o terrorista o de lo que caiga).

Los descendientes del desierto han diseñado actualmente unas cuantas guerras en su propio provecho, mientras mueren inocentes bajo el silencio de la mayoría. Desde la cultura del desierto se reparte hambrunas y desesperanza, muerte y roña, miseria y explotación. Ahora algunos señores del desierto se han vuelto contra otros señores del desierto, los han declarado enemigos de la humanidad mientras los domingos asisten a sus celebraciones religiosas donde agradecen a su único dios verdadero lo maravilloso que es el mundo. Sin embargo, todos los señores del desierto son iguales. Todos. Como sus dioses.

lunes, 11 de agosto de 2008

Ser y tiempo

Vivimos dentro de un sistema, cuyos engranajes están perfectamente engrasados y ensamblados. En ese sistema somos abogados, comerciantes, profesores, pensionistas, mecánicos, vendedores de seguros, estudiantes, médicos, fontaneros, periodistas, torneros, policías, transportistas, camareros… Unos se consideran más importantes y útiles que otros por su profesión, otros se sienten más desgraciados que otros con su actividad profesional. Pero, en cualquier caso, todos quedamos identificados, provistos de una determinada identidad.

El sistema se encarga asimismo de que la identidad personal y profesional de un individuo quede baremada por su función común dentro de la sociedad: somos ante todo consumidores, y la grandeza de una persona se mide por la magnitud de su capacidad de comprar y cambiar bienes de consumo. Una profesión bien encauzada conduce a unas determinadas cotas de consumo, mayores y/o menores que otras. Eres lo que tienes y puedes comprar. Vales lo que tienes y puedes comprar.

La adscripción a un determinado estrato social, la inclusión en un estatus más o menos elevado lo dicta el sistema, marcado por el agujero negro del consumo, capaz de engullir cuanto se le ponga cerca. Una profesión no es sino un medio de poder consumir hasta un determinado límite. La valoración social de alguien viene dada ante todo por su capacidad para comprar mucho o poco. El sistema mide la excelencia de una persona por la cantidad de dígitos de su cuenta corriente.

El sistema nos lo va inculcando desde que nacemos y por cualquier medio: somos lo que tenemos. Somos más si podemos comprar más. Lo tenido, lo poseído es sobre todo algo que confiere identidad social, que diferencia del resto, que otorga prestigio. En la medida que tengas más que otros, serás blanco de su envidia, su admiración y su, al menos aparente, respeto. El sistema ofrece modelos sociales que revuelven las vísceras de tristeza y de asco: salen casi todos los días en la tele, no tienen nada que decir porque les falta aún el previo paso del pensar, están huecos por completo, pero narcotizan a quienes tienen un poder adquisitivo insatisfactorio. Y, mientras, las colas en los puestos de apuestas y loterías no tienen fin.

El sistema esquilma lo más valioso del ser humano: el tiempo. Finalmente, con tanta tarea, tanto plan, tanto proyecto, tanto plazo, tanta hipoteca y tantas obligaciones no tenemos tiempo para nada. Hace unos días, mientras paseaba una mujer por el Parque Grande zaragozano, disfrutando de de los muchos rincones y parajes que depara este magnífico parque, exclamaba: “¡Vaya, llevo todo el día sin hacer nada”. El tiempo se torna así un mero vehículo para otras cosas, para otros fines. Esporádicamente, cual oasis en un ilimitado pedregal, el tiempo se transforma en ocio: fines de semana, puentes, vacaciones… Los ricos son envidiados sobre todo por el ocio potencial de que son capaces. Sin embargo, el propio sistema ya se encarga de tener especialmente atareados también a los que más tienen: de hecho, muchos de ellos son los que menos tiempo tienen. En ese sentido, hay ricos realmente muy pobres.

El tiempo es nuestro mayor tesoro. Nos permite el encuentro imprescindible con nosotros mismos, nos ofrece la oportunidad de estar realmente con los demás, que nada tiene que ver con estar espacialmente juntos. El tiempo nunca se detiene, pues consta de sucesivos momentos durante los que podemos percibir serenamente el sabor y la densidad de cuanto está a nuestro alrededor, se cruza en nuestro camino o penetra en nuestro interior. Si estamos preocupados por lo que va a venir, el tiempo se desvanece en un futuro que solo es humo. Si quedamos fijados en lo ya pasado, el tiempo queda convertido en recuerdo inamovible, imposible de retorno. El tiempo nos regala el plácido descanso en el instante, la vibrante vivencia del presente. Si sabemos valorar el tiempo, vivimos auténtica y plenamente.

A pesar de lo que pueda pretender el sistema, el tiempo nos abre la perspectiva de lo que realmente somos: más allá de nuestra capacidad de compra y de consumo, por encima de nuestras señas de identidad social como profesionales, somos personas que quieren, deciden, piensan, aman, disfrutan, saborean la música y el arte, saben que otro mundo es posible y luchan por él. No solo somos productores y consumidores, pues sobre todo somos seres humanos. Tu identidad consiste en lo que eres, no en lo que tienes ni en lo que los demás dicen que eres.

Quizá el Informe Pisa sobre educación en nuestro país debería baremar principalmente nuestra capacidad de generar ciudadanos libres, responsables, autónomos y razonables. Quizá en la nueva Encuesta Mundial sobre Calidad de Vida los principales conceptos deberían estar encaminados a llevar una vida buena y una buena vida.

miércoles, 23 de julio de 2008

No están todos

El ex presidente de la República Serbia de Bosnia, Radovan Karadzic, acusado de genocidio y crímenes de guerra y uno de los hombres más buscados del mundo, ha sido detenido en Serbia. Considerado responsable de la matanza de Srebrenica, la más grave ocurrida en Europa desde la II Guerra Mundial con la muerte de unos 8.000 bosnios musulmanes en 1995, o del cerco de 43 meses a Sarajevo, que ocasionó la muerte de otras 12.000, Karadzic será entregado al Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY).

Bien, si es un criminal, caiga sobre él todo el peso de la Justicia. Sin embargo, faltan otros criminales de guerra, otros genocidas. No han visto ninguna cárcel los responsables directos e indirectos de la matanza de Irak o de Palestina, por ejemplo. Más aún, forman parte de los actuales carceleros y jueces de Karadzic. Mientras no estén entre rejas, juzgados y condenados, todos los genocidas, la Justicia seguirá siendo muy poco justa.

domingo, 20 de julio de 2008

Los jueves, milagro

Cuando Ingrid Betancourt fue a Lourdes a agradecer a la Virgen su liberación y pedir la libertad de los aún rehenes de las FARC, esperé unos días por si se producía algún prodigio. Simultáneamente, me he ido preguntando si la señora Betancourt no se habrá planteado alguna vez por qué el supuesto milagro de su liberación ha tardado seis años en llevarse a cabo, en vez de forma inmediata; igualmente, si en esto de beneficiarse de los milagros existe algún tipo de favoritismo, pues sigue habiendo rehenes de las FARC, algunos desde hace más de diez años.

De hecho, tenemos de vez en cuando noticias sobre apariciones en los lugares más insospechados y a sujetos de lo más variopinto, pero finalmente casi todas acaban en la recomendación de edificar iglesias y santuarios en el lugar (todo acompañado de un opíparo negocio turístico) y –antaño- en mensajes sobre la conversión de Rusia y de los países comunistas (nunca, por ejemplo, sobre los estragos económicos del neocapitalismo liberal o sobre la carrera de armamentos). De paso, los presuntos testigos del portento hablan a veces de luces, mantos refulgentes, soles giratorios y lágrimas de sangre en algunas estatuas, lo cual hace sospechar lo ociosos que deben de estar en la corte celestial, pues parece que no tienen otra que hacer que ir por algunos pueblos apareciéndose para congregar a unos cuantos devotos y devotas y, de paso, sacarles hasta los entresijos de sus cuentas bancarias.

Digo yo que, puestos a hacer milagros, lo tendrían bastante fácil, pues les bastaría con solucionar el desempleo de muchos y las dificultades para afrontar el pago de los créditos hipotecarios de muchísimos. Podrían también llevar unos cuantos bidones de agua a las pateras donde están muriendo subsaharianos como chinches y, de paso, obrar el portento de solventar el problema de raíz: escuelas, hospitales, carreteras, fábricas, ganado y agua potable para todos. Mas no, prefieren contentarse con que unos cuantos vayan monte arriba a rezarles el rosario y con que el negocio de Lourdes siga tan boyante como siempre. Y es que en el más allá tienen un sentido de la economía algo extraño: sus mensajes han sido desde hace muchas décadas claramente antirrevolucionarios y ultraconservadores, pero jamás han abierto aún la boca para hablar de justicia social, redistribución de la riqueza y de la tierra en el mundo, o de revolución social a favor de los pobres y los desfavorecidos.

La cosa es que cuentan las crónicas periodísticas que Ingrid Betancourt, acompañada del obispo de Lourdes, puso las manos en la pared de la gruta, como habitualmente hacen los peregrinos, y rezó dos decenas, o sea, veinte avemarías por los rehenes y su libertad. Parece mentira que desde el más allá no aprovecharan la ocasión de invitar a la señora Betancourt a contar qué pasa en una Colombia donde se bate el récord de sindicalistas asesinados (y no precisamente por las FARC), las organizaciones campesinas han sido prácticamente aniquiladas, y la oligarquía cada vez es más rica a costa de la violencia y la explotación contra el campesinado. Claro está, las FARC están muy lejos de ser unos angelitos y es condenable sin paliativos el empleo de la violencia, la extorsión y el secuestro como instrumentos para conseguir cualquier objetivo, pero en este campo no les andan a la zaga los paramilitares colombianos, tantas veces financiados y apoyados por los gobernantes, la CIA y la DEA norteamericanas. Ni en Lourdes ni en París ni en ningún lado se ha hablado estos días sobre la violencia y la explotación sistemáticas del pueblo colombiano, cada vez más depauperado. Sin duda, todos nos alegramos del fin del sufrimiento de la señora Betancourt y de los otros rehenes liberados, pero a ZP se le pasó por alto añadir que en el corazón de España (ahora medio infartado, con tanta crisis económica) deberían estar, además de la señora Betancourt, todas las víctimas inocentes del régimen del señor Uribe y del ultracapitalismo americano.

Tratando de paliar las amnesias provenientes del más allá y de más acá, sería conveniente recordar que Amnistía Internacional, organización centrada en la defensa de los derechos humanos, así como la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos y la Cruz Roja Internacional, se han negado a entrar en disquisiciones semánticas sobre si hay que considerar a las FARC (y solo a las FARC) una organización terrorista, y en su lugar ha instado al Gobierno colombiano a ocuparse de la lesión sistemática de los derechos humanos y de la legislación humanitaria internacional por parte de todas las partes implicadas en el conflicto: FARC, paramilitares y fuerzas de seguridad.

¿Cabría la posibilidad de que, como último milagro, quedase borrada definitivamente toda huella de supersticiones, apariciones y milagros, dejando lugar solo a paz, libertad y justicia para todos? ¿Por qué los dioses siempre son de derechas?

Artículo para El Periódico de Aragón, 23 de julio de 2008

lunes, 14 de julio de 2008

Desaparecidos

JULIÁN CASANOVA, El País, 10/07/200

Desaparecido fue el eufemismo con el que se denominó a las víctimas del terrorismo de Estado planificado y puesto en marcha por la dictadura militar en Argentina entre 1976 y 1983. El término desaparecido ya lo había definido uno de los golpistas del 24 de marzo de 1976, el general Rafael Videla, en respuesta a las primeras indagaciones y presiones internacionales sobre la represión: "Mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido".

Cuando la dictadura cayó, la lucha por la información, la verdad, la petición de justicia y el rechazo del olvido se convirtieron en señas de identidad de la transición a la democracia. Tres décadas después, esa dictadura de apenas siete años aparece ya como uno de los más destacados ejemplos de terrorismo de Estado de la historia, de "masacres administradas", como las llamó Hanna Arendt. Casi 30.000 desaparecidos, apropiación de niños nacidos en cautiverio, creación de más de 300 centros clandestinos de detención, tortura y asesinato. Hoy existen numerosas pruebas incontrovertibles frente a aquel exterminio que pretendía no dejar ninguna.

La referencia a la dictadura argentina viene ahora a cuento porque el juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón acaba de solicitar al Gobierno español un informe sobre los desaparecidos durante la Guerra Civil y la dictadura de Franco. Desaparecido en España no puede tener el mismo significado que en Argentina, porque en la dictadura argentina nunca hubo ejecuciones oficiales, todas eran clandestinas, y los cadáveres fueron enterrados en cementerios sin ningún tipo de identificación, quemados en fosas colectivas o arrojados al mar.

En España, sin embargo, la mayoría de las 100.000 personas que se llevó a la tumba la violencia militar y fascista durante la guerra y de las 50.000 que fueron ejecutadas en los 10 años que siguieron al final oficial de la guerra, durante la paz incivil de Franco, están identificadas, tienen nombres y apellidos y, aunque con muchas anomalías y falseamientos sobre las causas de la muerte, constan en los registros civiles de cientos de localidades que han sido rastreados por los historiadores.

De lo que se trata ahora es de conocer las circunstancias de la muerte y el paradero de otras miles de personas a las que nunca se registró, abandonadas por sus asesinos en las cunetas de las carreteras, en las tapias de los cementerios, en los ríos, en pozos y minas, o enterradas en fosas comunes. El número de víctimas sin registrar, desaparecidos, puede llegar, como mucho, a 30.000 en toda España, paseados casi todos en los primeros meses de la guerra, en el verano y otoño de 1936, o en las semanas que seguían a la ocupación de las diferentes ciudades por las tropas franquistas, desde Málaga a Madrid, pasando por Barcelona o Valencia. Asesinados sin procedimientos judiciales ni garantías previas hubo también miles en la zona republicana y aunque a casi todos ellos se les registró y rehabilitó después de la guerra, las excepciones a esa regla merecen también ser conocidas.

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero debería prestar atención al requerimiento del juez Garzón y crear una Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas por la violencia política durante la Guerra Civil y la dictadura de Franco. Esa comisión tendría que reunir la información ya elaborada por numerosos estudios, coordinar las investigaciones que sobre ese tema se están llevando a cabo en la actualidad y organizar una agenda de investigación sobre los hechos todavía inexplorados y las personas sin localizar.

Las dificultades técnicas para alcanzar ese objetivo van a ser muchas, aunque las más serias procederán, una vez más, de la política. Mariano Rajoy y algunos medios de comunicación le recordarán a Rodríguez Zapatero, como ya hicieron en los últimos años, que, con todos los problemas que tenemos, desde el terrorismo a la crisis económica, pasando por las amenazas a la unidad o a la lengua de España, el Gobierno no puede dedicarse a tonterías como la memoria histórica o la investigación sobre miles de desaparecidos en épocas del pasado ya superadas. Al Gobierno, por otro lado, el asunto le resulta incómodo. Varios meses después de la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, nadie ha movido un dedo ni siquiera para cambiar los nombres de las calles dedicadas a los militares golpistas o a dirigentes fascistas.

Más de 30 años después del final de la dictadura de Franco, el Estado democrático, sus principales responsables e instituciones, no quiere gestionar ese pasado de violencia y muerte, ni está interesado en tomar decisiones sobre políticas públicas de memoria y educación. Al parecer, hay historias que vale la pena conmemorar desde el presente, convertirlas en mitos nacionales, como la llamada Guerra de la Independencia de 1808, y otras que resulta mejor olvidar.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

lunes, 7 de julio de 2008

Todo llega a su fin

El 1 de agosto daré por finiquitado este blog. Lo tengo medio abandonado, pues considero más importantes otros ámbitos de la vida que requieren mi tiempo y mis energías. Mantendré el sitio web, donde siempre habrá nuevos artículos, nuevas noticias.
El acabamiento de este blog no equivale bajo ningún concepto a la renuncia a todo lo valioso que me mantiene en la brega. Muy al contrario, renuncio al blog para sumergirme más y más profundo en esas zonas donde siempre espero encontrar perlas preciosas, que después regalo a quien las desee.
Un abrazo fuerte. Salud

domingo, 8 de junio de 2008

Quién miraba a quién



El dibujante Erlich volvió a sorprenderme hace unos días con una de sus viñetas aparecidas en el diario El País. Me quedé absorto en ella. Me llevó a otro mundo.

Esa cartera, cerrada, situada en un lugar sin dimensiones, me planteaba mil preguntas. Parecía ser lo único que tenía a mano aquel hombre. En ella estaban guardados sus negocios, sus preocupaciones, sus ocupaciones, todo aquello que socialmente le otorgaba una determinada identidad. Sin embargo, en aquellos momentos esa cartera era nada. No tenía respuestas, carecía de sentido. Incluso, de tener corazón, esa cartera se sentiría postergada, pues su dueño pertenecía ahora por completo a otra realidad, y ella estaba sabiendo que nunca sería la cartera de antes.

El hombre mira y mira, de hito en hito, algo separado de aquel agujero, como si tuviera miedo o prevención de caer o no supiera qué le deparaba tras esa prolongada mirada. Tantos años con su cartera, con sus traje y su corbata, y ahora está allí arrodillado, mirando. Hasta el escaso pelo de su cabeza parece también presa del asombro. Un mundo nuevo está ante sus ojos. Y ese hombre se pregunta qué es eso, tan extraño, tan inmenso, que aparece ante sus ojos.

Hay nubes y aves. También un sol radiante. Y un firmamento muy azul. Ese hombre quizá sabe que lo vivido hasta ahora es pura filfa en comparación con lo que ahora está contemplando.

(¿O ya lo conocía? ¿Por qué está ahora en ese otro espacio, grisáceo, sin un solo objeto que pueda servir de referencia? ¿Dónde vive realmente ese hombre? ¿Dónde quiere vivir realmente ese hombre? ¿Dónde se siente bien ese hombre? ¿Dónde se siente seguro?).

Vi esa viñeta de Erlich, y casi inmediatamente la asocié al mito platónico de la caverna.

A todo esto, yo no dejaba de preguntarme desde qué otra dimensión mis ojos miraban a aquel hombre, a quien presentía nostálgico y triste.

Quizá el hombre de esa viñeta, desde aquel agujero, estaba mirándome, mientras yo no podía dejar de mirarlo fijamente.

jueves, 5 de junio de 2008

Elefante en el agua


Parece un elefante joven, pero quizá se deba a la sensación de desvalimiento que un ser tan grande produce en el agua, sin pisar suelo, nadando. Desde el primer momento que vi esta fotografía en El País, dentro de mí noté ternura, belleza, sosiego, respeto.

No sé si ese elefante nada con placidez o con premura; con miedo o dejándose llevar por el hábito. Tiene la cabeza dentro del agua, mira, escruta el ambiente tan poco familiar. Avanza y avanza (tiene seguramente un objetivo fijo y marcado en su cabeza. ¿O no?).

¿Piensa? ¿En qué piensa?

Qué placer….

A ver si llego de una vez…

Recuerda que cuando llegues a la orilla, has de embadurnarte pronto de lodo, pues si no te freirán los parásitos y los insectos de picores…

Dios mío, señor supremo de los elefantes, que te has dignado crearnos a tu imagen y semejanza, ayúdame en esta travesía a nado. Sin ti no valgo nada…

¿Qué ahora estoy nadando se debe al instinto con que he nacido o al principio de Arquímedes?...

Debería, en vez de estar nadando, cuidar de los demás y sacrificarme, pues he de hacer el bien y evitar el mal…….

Pienso, luego existo….

¿Habrá ríos y estanques después de la muerte? ….

No pienso, luego vete a saber si existo….

No quiero pensar en lo profundo que puede ser este río. Si lo hago, me entrará el pánico….

Y quizá el elefante está entregado simplemente al enorme placer de estar en el agua, sin motivo, sin finalidad, siendo presa de miles de sensaciones que lo van empapando.

Y quizá el elefante se preguntaría, si pudiera, por qué los humanos no hacemos lo mismo.

miércoles, 4 de junio de 2008

Doble vara de medir


Acabo de leer en el diario El País que Washington exige a Pekín la liberación de los presos de Tiananmen. Resulta asombroso que EE.UU. exija a los demás lo que él no cumple sobradamente. Por ejemplo, en Guantánamo. Por ejemplo, en las cárceles flotantes de las que hablaban recientemente los medios de comunicación. Por ejemplo, en tantas cárceles que tiene repartidas por el mundo bajo la coartda de luchar contra el "terrorismo internacional".

lunes, 2 de junio de 2008

La verdadera igualdad


El Tribunal Supremo ha aplicado por primera vez la Ley de Igualdad en la Sucesión de Títulos Nobiliarios con carácter retroactivo y ha reconocido el "mejor y preferente derecho" de una condesa, en lugar de su sobrino, que lo tenía reconocido desde 1984. Tras 18 años de pleitos en que se han hecho valer desde las Partidas de Alfonso X, las Leyes de Toro y la Novísima Recopilación hasta el derecho a la igualdad del artículo 14 de la Constitución, el Pleno de la Sala Civil del Supremo ha aplicado la ley de Igualdad de derechos en la sucesión de títulos y lo ha hecho de forma retroactiva. La noticia ha aparecido en los medios de comunicación como un paso más en el avance hacia la igualdad ciudadana.

Puede ser, pero ese paso se me antoja contradictorio El artículo 14 de la Constitución dice: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Los españoles (también los condes y los marqueses –incluso los reyes…).

La única forma de conseguir realmente la igualdad entre todos es que no haya más nobleza ni más monarquías. Sus títulos puden valer mucho a título pivado y como un elemento de las tradiciones pasadas, pero nunca a efectos sociales, políticos y económicos. Todos sus privilegios deberían ser anulados, derogados.

sábado, 31 de mayo de 2008

FUTURO IMPERFECTO


Los conocidos como “padres de la Constitución” eran unos señores sabios y realistas. Por ejemplo, emplearon el presente de indicativo (“son” y “tienen”) para indicar los derechos y las libertades de los ciudadanos españoles. Sin embargo, utilizaron el futuro imperfecto para expresar que “ninguna confesión tendrá carácter estatal” (16.3). En otras palabras, la Constitución no dice cuándo asomará por el horizonte patrio el sol de la anunciada confesionalidad. De hecho, llevamos treinta años, treinta, bailando la yenka en medio de la discoteca, pero sin comernos una rosquilla medio laica. Ahora, el portavoz del grupo socialista; J.A. Alonso (ay, si Pablo Iglesias o Besteiro levantaran la cabeza…), nos ha regalado el caramelo envenenado de que todo “debe producirse como consecuencia de la práctica y la evolución social y protocolaria, pero no mediante prohibiciones legales que no tienen ningún sentido". Otro socialista, E. Jáuregui, declaró desde la tribuna que "la laicidad debe ir al ritmo de los cambios sociales". O sea, como antaño no ha ocurrido ni por asomo con el matrimonio entre homosexuales, el divorcio o el envío de tropas españolas al Líbano. En realidad, todos los Gobiernos tienen simplemente miedo. Al coco. A la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. A sus pompas, a sus fuerzas vivas, a sus medios de comunicación. A la pérdida de votos. Al chantaje. Al frufrú de las sotanas y al tintineo de los rosarios en la calle. Mira que sus papás y mamás (los citados, más Prieto, Largo Caballero, Fernando de los Ríos y tantos otros) insistieron en que el coco no existe, que no anda por el fondo oscuro del pasillo de casa, que deben abrir bien siempre las ventanas. Pero ellos, erre que erre, espantando sus fantasmas con palabras que se lleva el tiempo, embutidas en programas electorales cada vez con menor credibilidad y formuladas aún (¡aún!) en futuro imperfecto

viernes, 30 de mayo de 2008

TÓCALA OTRA VEZ; ADRIANO


Allí estaba Adriano, tocando torpemente su acordeón, sentado en las escaleras de una iglesia de barrio profundo. Su rostro cetrino, oscuro por el aire de la ciudad y el polvo del último rincón donde había pasado la noche, colgaba de una cabeza cubierta de un cabello ensortijado, sucio. Adriano tocaba y tocaba, mirando de reojo unos cuantos céntimos de la desvencijada caja de cartón que yacía a su vera. Sus dedos iban desgranando mecánicamente las melodías más manidas del cancionero folclórico español. Lo vi, me detuve a su lado y me quedé mirándolo con ademán –espero- agradable y amistoso. De inmediato, dejó de tocar y me dio su mano, franca y grande (quizá también algo mugrienta…).

Toca la canción que más te guste, Adriano, esa canción que te brota directamente del corazón, esa canción llena de todos tus recuerdos más gratos. Adriano no se hizo de rogar: me explicó después que se titulaba algo así como “Barca sobre las aguas”, y era propia de la región rumana de Valaquia donde había nacido, de la ciudad de Calarasi. Allí estaban sus hijos, sus amigos. La nostalgia y la amargura le salían a borbotones al hablar. Su horizonte había quedado borrado por la niebla y no le quedaba otra senda que la que trazaban sus pasos erráticos.

A la vez, el cierzo que sopla en la ciudad fue silbando que Berlusconi estaba declarando delincuente a Adriano por no tener papeles, que Sarkozy y Zapatero están acordando una propuesta común sobre el control estricto de las fronteras y la "selección" de los inmigrantes. Le metí en el bolsillo de su camisa dinero suficiente para que comiera ese día caliente y bebiera a discreción. Adriano volvió a darme su mano, franca y grande (quizá también algo mugrienta…). Y allí quedó, con su vida a oscuras, abrazado a su acordeón. Tócala otra vez, Adriano. Tócala otra vez…