Veo en Internet que en España hay más de 130.000 piscinas privadas de uso familiar. Recuerdo toda la publicidad con que desde hace años se nos ha bombardeado para que ahorremos agua: al cepillarnos los dientes, al ducharnos, al fregar los platos..... Seguramente, todo el agua ahorrada durante un año entero no es suficiente para llenar la mitad de esas piscinas. Esas piscinas no están en las casas de la gente pobre, sino de la rica y de la muy rica. Esas piscinas son una fotogfía más de la tomadura de pelo que a menudo es este sistema social. Seguiré ahorrando agua, sí, pero con la conciencia bien lúcida del desequilbrio social existente en mi país y en el mundo. Y encima los niños de los ricos se mearán en sus piscinas mientras nadan...
Hay cosas que no encajan en esto de la crisis económica, y no somos pocos los que seguimos sin entender por qué, por ejemplo, cuando el Gobierno concedió avales a los bancos por más de 100.000 millones de euros declaró que ese dinero “no era para la banca, sino para los 45 millones de españoles”: muchos no han visto aún más que desempleo, EREs, precariedad y zozobra, mientras que las entidades financieras y las grandes empresas siguen cerrando los años con sustanciosos beneficios.
Los verdaderos causantes de este desaguisado mundial surgieron del fondo de la ciénaga cuando la mayoría ni siquiera conocíamos su existencia: salvajes negocios inmobiliarios,créditos inmobiliarios de pacotilla (suprime) y fondos de inversión sin fondo, donde bancos, aseguradoras, grandes fortunas, tiburones y carroñeros acumularon colosales capitales y controlaban la economía mundial. Todo ello, claro está, bajo el sagrado palio de los inmarcesibles principios neoliberales: desregularás los mercados, privatizarás todo lo público que pueda resultar rentable, liberalizarás los mercados internacionales, recortarás los gastos en educación y sanidad, bajarás los salarios, deslocalizarás empresas e irás siempre en pos de la mano barata, honrarás al dios mercado…
Cuando asomó la amenaza de insolvencia, cuando percibieron el hedor en ese inmenso negocio que hasta entonces les había parecido una sumisa gallina de los huevos de oro, unos y otros compran y venden desaforadamente parte de sus activos dudosos, haciendo circular el pufo mundial hasta los últimos rincones de mercadeo, para contaminar finalmente a todo el planeta. La enfermedadde las subprime norteamericanas y derivados acabó siendo así una pandemia a nivel mundial. El mundo financiero se había dejado seducir por la ganga de poder obtener importantes ganancias sin ningún riesgo aparente. Sin embargo, llegaron las pérdidas (solo las correspondientes a los créditos inmobiliarios estadounidenses superaban el billón de euros), la quiebra y los apuros de unas cuantas firmas financieras de primera fila (Merril Lynch, Lehman Brothers, Citigroup, Bear Sterns…), mientras otras empresas se encargaban simultáneamente de succionarles hasta su última gota de sangre en su propio beneficio (ya se sabe, el mercado…).
Los Gobiernos del mundo rico, cómo no, acuden a salvar a los bancos (¿quién vigila al vigilante? ¿al legislador? ¿al gobernante? Los gobiernos del mundo rico están al servicio de los señores del mundo rico), y en pocos meses inyectan en el mundo financiero más de 2,3 billones de euros. Con una suma cincuenta veces menor, según Naciones Unidas, ningún ser humano carecería de agua potable, alimentos, asistencia sanitaria y educación básica.Sin embargo, ni gobernantes ni financieros ni especuladores sintieron la menor vergüenza por este timo del tocomocho universal. Desde entonces, cada vez es mayor la diferencia entre ricos y pobres en el mundo.
Como con esa crisis subieron los precios de los alimentos, según la FAO, en 2008 se disparó el número de personas que sufren hambre crónica (de 840 a 963 millones), pero a los habitantes del mundo desarrollado se nos bombardea casi exclusivamente con consumir mucho y así “activar la economía”. Los 76.000 millones de euros previstos por los países ricos o el 0,7% del PIB de cada país como ayuda al desarrollo del Tercer Mundo quedan en el baúl de los recuerdos (claro, la crisis…). Nos culpabilizan si no reciclamos papel, envases o vidrio, pero son incapaces de tomar una sola medida eficaz y realista cuando las emisiones de gases de efecto invernadero son diez veces más elevadas en el mundo desarrollado. Meten en nuestra conciencia cívica que hay que ahorrar agua, pero silencian el número de sus piscinas privadas o que los treinta países más ricos consumen un 40% del agua dulce del planeta o que casi mil millones de personas siguen sin disponer de agua potable o que la mitad de la humanidad consume agua de mala calidad, lo que conlleva la muerte de 30.000 personas al día por beber agua contaminada.
La crisis ofrece en nuestro país espectáculos bastante obscenos al contemplar el vodevil donde unos gritan que la crisis es culpa de la incompetencia del Gobierno socialista y otros se desgañitan diciendo que se debe a la falta de voluntad de colaboración del Partido Popular. En realidad, los verdaderos culpables son los especuladores del mundo, vestidos siempre de etiqueta, con el ademán de no haber roto nunca un plato, pero que han llevado a la ruina a la humanidad, mientras son cada vez más ricos e influyentes en sus paraísos fiscales y sus nimbos financieros. Imponen su pensamiento único neoliberal para no dejar pensar a nadie más. Dicen poseer en exclusiva la llave del progreso, pero sus dictados condenan al hambre y la miseria a dos tercios de la humanidadLas 225 fortunas más grandes del mundo equivalen al ingreso anual de 2.500 millones de seres humanos (el 47% de la población mundial). ¿Esto solo lo arreglamos entre todos? Los ciudadanos del mundo debemos exigir que esto, de arreglarse, tiene que ser para todos. Y todos significa todos.
Recibo el enésimo email de padres y madres desconocedores de a qué se dedican y dónde sus hijos e hijas durante las dos horas semanales que pasan en la escuela haciendo (apenas hacen nada), cursando (no es asignatura evaluable ni cuenta para la nota media) esa etérea materia que ha ido llamándose sucesivamente Alternativa a la religión, Atención educativa, Estudio asistido o, desde la Ley Orgánica de Educación (LOE) de 2006, Atención Educativa. Tienen la sensación de que sus hijos están medio castigados por no estar inscritos en Religión y Moral Católicas: según dispone el Real Decreto 1513/2006, lo que puedan hacer en esas dos horas “en ningún caso comportará el aprendizaje de contenidos curriculares asociados al conocimiento del hecho religioso ni a cualquier área de la etapa”. O sea, para no tener líos y que no se enfaden los jerarcas católicos, no pueden aprender nada que suponga una desventaja para el alumnado de religión. Y casi siempre son ellos los que tienen que salir de clase (en la suya habitual se adoctrina Religión) y trasladarse a donde les manden, donde allí un profesor legalmente no les podrá explicar o reforzar alguna de las materias del curso.
El profesorado, entretanto, puede leer el periódico, completar el sudoku o el crucigrama empezados, siempre que esté atento a que en ese aula haya un cierto orden y compostura. Allí el alumnado puede hacer, leer o escuchar lo que guste: jugar al ahorcado, oír música con sus cascos, parchís, también hacer deberes o estudiar algo (pocos, pero haberlos, haylos). Algún profe socialmente sensibilizado calcula cuánto le cuesta al Estado, al bolsillo del ciudadano, esa hora, vacía, baldía. Y es para echarse a llorar.
Los padres ignoran qué hacen sus hijos durante esas horas lectivas de “Estudio Asistido”. Pero ya se sabe: si se hace algo, los obispos recurrirán; si esas horas se dejan al principio o al final del horario (el alumnado de No-Religión podría así al menos madrugar un poco menos o ir a casa un poco antes), los obispos seguirán recurriendo. Son como voces tonantes desde el Sinaí, y hasta el momento no ha habido un solo Gobierno que haya resistido su mirada. González optó por poner una asignatura alternativa (¡Ética!) en todos los niveles (EGB, BUP, COU), lo que ha devenido en el actual páramo educativo, denominado “Estudio asistido”.
La LOE estipula que hay dos horas de religión (católica, evangélica, musulmana o judía) en las que no entra: los jefes religiosos respectivos son los encargados de decir quiénes son las personas idóneas para enseñar, qué han de decir, cuáles son los libros de texto autorizados y quiénes percibirán el sueldo como docentes (en el curso pasado, los profesores de religión recibieron de los impuestos de todos más de 600 millones de euros para los sueldos de los aproximadamente 30.000 personas que imparten religión en los centros de enseñanza pública y privada). Sin embargo, nada dice sobre la Atención Educativa, salvo que los alumnos no deben estar solos en el aula y no pueden hacer nada que suponga un avance o un refuerzo en alguna materia. Entretanto, el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, proponía la semana pasada que, de llegar a un consenso sobre el Pacto sobre Educación con los partidos políticos, estaría dispuesto a reformular hasta 21 artículos de la LOE, actualmente vigente. Muy probablemente, en esos 21 artículos ni se rozaría la situación del alumnado de Alternativa a la Religión.
Sin embargo, el alumnado que no cursa Religión va en aumento: según datos de la propia Conferencia Episcopal, el porcentaje del alumnado que opta por Religión es del 99% en la escuela privada católica, mientras que en la pública es del 79% en Primaria (hasta la edad de la “primera comunión”) y del 31,4% en Secundaria (en bachillerato está casi en trance de extinción). Como estos datos ponen de manifiesto que desde hace casi un decenio el alumnado de Religión en la red pública ha ido disminuyendo año tras año, la jerarquía católica se aferra cada vez más al cumplimiento del Concordato de 1953 para exigir que la Religión tenga la misma consideración que “una asignatura fundamental, al mismo nivel que las matemáticas”, y no cesa de mirar de reojo constantemente al alumnado de Alternativa para que no aprenda, no se divierta, no salga antes, no entre más tarde,,,,
Si los propios creyentes tomasen verdaderamente en serio la religión defenderían que debe ser enseñada en sus casas y en los miles detemplos y centros de servicios financiados y sostenidos directa e indirectamente por todos.La asignatura de Religión debería quedar fuera de las aulas y de los centros públicos de enseñanza, pues en la escuela ha de impartirse solo saberes y no creencias. El mundo católico oficial e institucional ha hecho de la asignatura de Religión un instrumento contundente de defensa y conservación del poder que hasta ahora ha tenido sin cortapisas. Y quienes no cursan Religión (padres y madres incluidos), ajo y agua.
lunes, 1 de marzo de 2010
No es nombre propio "dios", sino nombre común (=denota a los miles de dioses que han ido sucediéndose en cada cultura y civilización). Por eso debería escribirse siempre con minúscula. Lo asombroso no es tanto que se siga preguntando la gente por dios a ráiz de Haití o Chile, sino que haya gente que se siga preguntando po dios en pleno siglo XXI. Si me pregunto por los marcianos a causa de una catástrofe, me considerarán un chalado. Si me pregunto por dios o por dioses, me tendrán por un hombre religioso, lleno de inquietudes transcendentes y religiosas. ¿Hasta cuándo tanta alienación? Eso sí, en algo al menos acierta la viñeta. En un 99%, quienes creen en dios o dioses son de derechas. Conviene un dios a los intereses de la derecha. No digamos a los intereses de la derechona.
Puede fallar el Parlamento (se intenta solucionar entonces con nuevas elecciones). Puede fallar el ejecutivo (ídem de lienzo). Si falla la judicatura, sin embargo, el Estado queda en trance de marasmo y de hundimiento. Pues bien, el poder judicial (sin haber sido estructuralmente tocado desde el franquismo) se h convertido en un espectáculo de ultramontanismo.
No voy a remontarme a épocas lejanas, sino solo a los inicios de la democracia española, ya bien entrados los setenta. Algunos piensan que por aquel entonces sus conciudadanos leían mucho, estudiaban un montón, se expresaban correctamente y recitaban con fluidez la lista de los reyes godos y los afluentes del Tajo por la derecha. Sin embargo, la realidad distaba mucho de tales supuestos.
En 1977, un 10% de los niños de 6 a 11 años no estaba escolarizado y se dedicaba a vagar por las calles de su barrio o ayudar como pudiera a la familia. De los 12 a los 14 años, solamente un 65% iba a la escuela, y casi dos tercios de los comprendidos entre 15 y 16 años ya no cursaban estudios secundarios postobligatorios. Así las cosas, hacia 1980 la cuarta parte de la población mayor de 16 años era analfabeta funcional o carecía de estudios. En otras palabras, vivíamos en un país con unos parámetros bastante tercermundistas, muy alejado de las tasas de educación obligatoria existentes desde muchos años antes en los países europeos occidentales, aunque también con un sector de la población de un cierto nivel cultural.
Tal situación no era producto del azar: salvo en la II República española, en que se realizó un enorme esfuerzo por crear e incentivar la escuela pública, nuestro país ha estado sumido durante muchos siglos en un estado de abandono educativo y cultural del pueblo. Con la excepción de unas cuantas escuelas rurales y urbanas donde se enseñaba a leer, escribir y calcular básicamente y de algún que otro instituto de bachillerato en la ciudad, la educación ha estado siempre en manos de la enseñanza privada católica, a cuyos centros, nunca mixtos, acudían los hijos y las hijas de las familias pudientes y/o cultas. Apenas nadie preguntó por los que iban quedándose en la cuneta del analfabetismo total o funcional, apenas nadie se ocupó de ellos, apenas nadie los recuerda ya hoy. Por aquella misma época (octubre de 1977), con los Pactos de la Moncloa, la escuela pública disfrutó de un impulso inédito con la creación de numerosos centros públicos de enseñanza primaria y secundaria, formación profesional y a distancia, que finalmente desembocó en el establecimiento de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años. En resumidas cuentas, toda una revolución cultural en nuestro país, que en buena parte no fructificó por falta de dotación del personal y los servicios precisos, pero que colocó a la enseñanza pública en un nivel de calidad y competencia superior (por mucho que la propaganda se empeñase en publicar otra cosa) a la red de enseñanza privada.
Otros fenómenos posteriores (por ejemplo, la llegada de la inmigración a las aulas de la red pública y el cansancio de una parte de un profesorado cada vez más nostálgico y más cercano a la edad de su jubilación) han conducido a la opinión generalizada de que ha descendido el nivel de la enseñanza (no se dice en comparación con qué otra época y realidad social de España), que la escuela pública es un sumidero de conductas y actitudes indeseables y que la enseñanza privada garantiza a sus clientes que sus hijos e hijas no tendrán contacto con etnias, grupos y subgrupos no bien vistos por ellos.
Así las cosas, sobre la base de un documento titulado “Bases para un Pacto Social y Político por la Educación”, a finales de enero de 2010 el Ministerio de Educación ha presentado “Propuestas para un Pacto Social y político por la educación”. Produce no poca inquietud pensar qué se pacta y con quién se pacta realmente. Viene a cuento aquí un texto de Ernesto Sábato, donde los corderos quieren establecer un pacto con los lobos sobre la base de que lobos y corderos se harán vegetarianos. Como botón de muestra, el punto 7 (El servicio público de educación) afirma que el medio para “mejorar los principales problemas de nuestro sistema educativo” es “que todos los centros sostenidos con fondos públicos (o sea, los privados concertados) garanticen un servicio educativo sin discriminación alguna y con un nivel de calidad satisfactorio”, así como “favorecer la libertad de elección de las familias” (¿de qué familias y de qué libertad se está hablando?).
La verdadera educación debe ser una educación en la igualdad, y esa igualdad solo es posible en y por la escuela pública. Resulta sarcástico, en cambio, que la identidad de los centros de enseñanza venga fuertemente condicionada, de hecho, por la capacidad económica de un sector de la ciudadanía y, aún más, que sea el propio Estado el que subvencione con dinero público unos colegios privados, de hecho, elitistas y en algunos casos incluso constitucionalmente discriminatorios. En una situación social de marcada desigualdad real, la escuela pública es la única capaz de proporcionar la igualdad de oportunidades a todo su alumnado y un horizonte común de posibilidades. Sobre este fundamento, todos nos veremos finalmente enriquecidos por la enorme diversidad de culturas, costumbres, ideas, profesiones, preferencias e intereses existentes en una sociedad democrática.