martes, 16 de febrero de 2010

Desde la razon

Articulo a publicar mañana, miercoles, en El Periodico de Aragon

Llevo unos cuantos días oyendo mucho la palabra “tolerancia”, así que acudo al diccionario de la RAE: “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. Está muy bien entonces el concepto de tolerancia, si bien inquietan algo los dos primeros significados de tolerar (“sufrir, llevar con paciencia” y “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”): denotan que algo se tolera desde una situación de presunta superioridad del tolerante. (Repárese simplemente en “esto no se debe tolerar” o “esto no te lo tolero” o… “casa de tolerancia”).

No todas las ideas son tolerables. Por ejemplo, las atentatorias contra los derechos humanos. Igualmente, sería ridículo afirmar que hay que tolerar la ley de la gravedad o que la vida está directamente vinculada a un código genético escrito en la molécula de ADN o que El Quijote fue escrito por Miguel de Cervantes Saavedra. Se trata de hechos probados, comprobables y accesibles a todos desde y por la razón. Una teoría científica o un dato racional no se toleran, sino se verifican o se refutan científica y racionalmente. Tolerables son las opiniones, creencias y costumbres existentes en un entorno donde mayoritariamente se opina y obra de distinta forma. El burka o comer perro o creer que el alma entra en el zigoto en el momento de la concepción o las corridas de toros son toleradas o no dependiendo del tiempo y del país en que se viva. Sin embargo, el cuidado y la educación de los niños, el derecho al trabajo o la condena de la tortura y la explotación infantil no pueden ser objeto de discusión sobre su tolerancia o intolerancia, pues forman parte de los derechos universales de la humanidad.

Impera la intolerancia cuando y donde la razón ha sido desterrada como principio rector universal, cuando y donde se renuncia a probar la validez de unas creencias y opiniones consideradas intocables o universalmente verdaderas por inspiración divina. No se es intolerante, por ejemplo, cuando uno se limita a constatar que dos grupos fuertemente enfrentados de cientos de millones de personas afirman que su dios respectivo, presuntamente creador del universo, se ha dedicado a dictar literalmente e inspirar sendos libros sagrados (Biblia y Corán, “palabra de dios”) a sus respectivos pueblos elegidos, y a comprobar los errores científicos y las aberraciones inhumanas, discriminatorias y atentatorias contra los derechos humanos elementales allí existentes. No es intolerante el estupor al leer que el arcángel Gabriel conversó con Mahoma en su cueva, revelándole el Corán o que descendió para extraer del corazón de Mahoma un coágulo negro, lavarlo en un recipiente de oro y devolverlo purificado al tórax del profeta.

No es intolerancia la estupefacción ante la creencia de que un supuesto fabricante del universo se preocupa por las relaciones sexuales fuera de la pareja institucional, los preservativos, el prepucio, el disfrute sexual sin coito, comer cerdo, ingerir bebidas alcohólicas, la conservación de un tejido, denominado himen, o trabajar el viernes o el sábado o el domingo, según los casos y los dioses. Desde la razón no es intolerancia cuestionar por qué quien dice hablar con extraterrestres es tenido por demente, pero quien afirma hablar con el creador del universo, que le atiende, cuida y escucha personalmente, es una persona cuerda y respetable.

Mil cuatrocientos millones de musulmanes creen fervientemente que tarde o temprano todos nos convertiremos al islam, que su gran deber es luchar denodadamente por ello, que se nos castigará terriblemente a los incrédulos y que los fieles disfrutarán en un Jardín maravilloso con distintos grados de bienaventuranza. Otros tantos cristianos creen que su dios es uno y son tres a la vez. Mahoma ascendió a los cielos sobre un caballo alado y Jesús de Nazaret también subió, aunque sin ayuda, tras haber resucitado. El arcángel Gabriel entregó a Abraham la Piedra Negra o Kaaba, un aerolito originariamente blanco, ennegrecido después por los pecados de los hijos de Adán. El 2 de enero del año 40, la anciana madre de Jesucristo se apareció entre ángeles a uno de los apóstoles en Zaragoza, antes de ascender también a los cielos, dejando una columna de jaspe como prueba de su visita, sobre la que estaba subida y encomendando la construcción allí de una iglesia. Desde la razón, la carga de la prueba corresponde a quien afirma la existencia o la verdad de tales hechos. Y mientras esto no ocurra, desde la razón no es intolerancia situar todo ello en el mundo de la mitología.

Se trata ciertamente de creencias tradicionales, respetables siempre que se tenga claro que pertenecen al ámbito privado de cada conciencia y de leyendas ancestrales. Las distintas opiniones y costumbres pueden convivir entre sí sobre el principio de una multiculturalidad asumida, en un marco universal, perteneciente a todos por igual, donde la ciudadanía, más allá de sus ideas y creencias, desde el patrimonio común de la razón, desde los derechos humanos universales, cuenta con un espacio común, publico: un Estado civil, aconfesional y laico.

Una leccion de empirismo




domingo, 14 de febrero de 2010

Bendita y alabada laicidad

Artículo publicado por Ana Cuevas, en Diagonal Aragón

Hace algunos años, una de mis tareas en el Hospital donde trabajo, era limpiar la capilla semanalmente. Bajo la escrutadora, y porque no decirlo "un pelín" libidinosa mirada del orondo y preconciliar cura que la regentaba, me resignaba a repulir los bancos de madera y a fregar de rodillas, a petición sacerdotal, las zonas que él consideraba más sagradas. Trataba de evadirme silbando cualquier canción, mientras ejecutaba estas labores. Un día, ese "santo" varón me recomendó que mis veleidades musicales se derivaran hacia temas más piadosos que las baladas con las que solía deleitarle. Siempre dispuesta a complacer al prójimo, empecé a tararear La Internacional. Su iracunda respuesta se enfrentó con mi premeditada candidez ante lo que el padrecito entendió como un acto de rebeldía y provocación.
"¿Provocación?- le contesté ojiplática- No se me ocurre himno que sea un compendio de la caridad cristiana mejor que éste. Habla del género humano como único y de la lucha contra la opresión y la injusticia. ¿No va en concordancia con lo que predicaba Jesucristo?". Tras un revuelo de sotanas, que se me figuró el ala de un negro cuervo, salió como alma que lleva el diablo a exigir que mandaran a otra persona a encargarse de estas faenas.
Ahora el Movimiento hacia un Estado Laico ha solicitado al Ayuntamiento de Zaragoza el cese inmediato del cántico de alabanza a al Virgen del Pilar que, tres veces al día y todos los días del año, se emite con gran potencia de megafonía desde dos torres de la basílica. inundando a gran parte de la ciudad con su "bendita y alabada..." A mí, que habito en el popular barrio de El Gancho cercano al Pilar, me parece un cuestión de simple justicia.
MHUEL no atenta contra la libertad religiosa, solo pretende circunscribir estos cánticos a su ámbito, el templo. Como corresponde a un Estado aconfesional que no persigue a ningún culto pero tampoco puede bombardear a la ciudadanía con manifestaciones religiosas sean católicas, musulmanas o cienciólogas.
!Hay que ver el alboroto que se ha montado en Saragusta entre, creyentes y no creyentes, defensores de todo tipo de tradición ya sea ésta, los toros o el garrote vil! Las masas enfebrecidas, como el colérico sacerdote de mi anécdota, han arremetido contra los laicos acusándolos, no solo de querer cargarse esta típica y tópica práctica mariana, sino de alentar a la reconquista de España por las hordas musulmanas.
A mí se me expulsó del templo por un pequeño acto de sedición contra la tiranía musical del "páter" pero, como penitencia, se me impuso escuchar sus atronadoras alabanzas sobrenaturales, diariamente, durante el resto de mi vida. MHUEL intenta ahora la redención de mi condena, que espero no sea eterna, combatiendo la intransigencia e imposición a puro golpe de libertad de conciencia y con la ley en la mano. Solo me queda agradecerles este valiente gesto mientras, inconscientemente, en mi cabeza vuelvo a tararear aquello de: "Ni en dioses, reyes ni tribunos/ está el supremo salvador/Nosotros mismos realicemos/el esfuerzo redentor."

Ana Cuevas Pascual


miércoles, 10 de febrero de 2010


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El Movimiento Hacia un Estado Laico (MHUEL), ha recibido el II Reconocimiento anual que otorga Europa Laica a personas y entidades que hayan destacado por su trayectoria y acciones a favor de los ideales laicos. Entre otras acciones, MHUEL ha presentado recientemente un recurso contencioso administrativo contra algunos artículos del Reglamento de Protocolo del Ayuntamiento de Zaragoza (donde tiene carácter obligatorio la asistencia de la Corporación a determinadas celebraciones confesionales católicas), así como contra la presencia de un crucifijo en el salón de Plenos del Ayuntamiento y de cualquier otro símbolo religioso que se exhiba en dependencias y centros municipales de Zaragoza (Sacado de Nota de Prensa de Europa laica).

martes, 9 de febrero de 2010

Todo en su sitio

Supongamos por un momento que en la ciudad de Zaragoza hay unas cuantas mezquitas, y desde lo alto de sus minaretes se convoca a los fieles musulmanes varias veces al día a la oración. Seguramente, la mayor parte de los zaragozanos se quejaría con razón, porque a ellos no les concierne la religión musulmana y quieren estar en sus casas y pasear por la calle sin tener que oír diariamente por unos altavoces las llamadas del imán a la oración. Eso sí, desde el respeto a las creencias y las costumbres, seguramente estarían también de acuerdo en que los musulmanes que viven en su ciudad puedan celebrar sus cultos y reunirse en sus mezquitas libremente y siempre que lo crean conveniente.

En un país civil, democrático y aconfesional como constitucionalmente es el nuestro, esa suposición es aplicable a cualquier otra confesión o creencia particular, incluida la católica. Las instituciones públicas del Estado son patrimonio común de todos por igual, y los lugares y recintos públicos (sobre la base de esa misma igualdad constitucional) deben pertenecer y estar al servicio de todos en la misma igualdad de condiciones. Está de más la llamada pública a la oración musulmana desde un minarete que inunde la vía y la vida pública, pues los cánticos y los rezos musulmanes han de hacerse dentro del recinto de la mezquita. Por la misma razón, un cántico católico no tiene por qué emitirse varias veces al día cada día del año por megafonía hacia las calles y los barrios de la ciudad, pues ese cántico puede y debe hacerse con plena libertad y cuantas veces se quiera dentro de las iglesias y los lugares de culto católico.

No es otra la razón por la que la asociación aragonesa MHUEL, Movimiento hacia un Estado Laico, ha presentado mediante instancia oficial al Ayuntamiento zaragozano una solicitud para que cese la emisión al exterior del cántico “Bendita y alabada sea…”. No se trata de que moleste a muchos o a pocos o de medir los decibelios de los altavoces situados en dos torres de la basílica del Pilar. Es ante todo la reivindicación de que la ciudad, sus calles, sus habitantes y viandantes y también su ambiente público son acordes con la libertad de conciencia, las ideas y las sensibilidades de todos.

No se quiere prohibir ninguna manifestación religiosa o de cualquier otro tipo. Todo lo contrario, el laicismo aboga por el respeto a todos los derechos y todas las libertades, incluida la religiosa. Concretamente, la iglesia católica zaragozana tiene solo en la Plaza del Pilar varias capillas e iglesias de culto, entre las que se cuentan una basílica y un catedral. Allí pueden acudir los fieles católicos las veces que deseen y entonar cuantos cánticos quieran, como manifestación de la libertad constitucional de cultos, a la vez que el espacio público queda al margen de las llamadas a rezar y alabar a Alá, a Yahvé, a la Virgen local o a la deidad que se tenga. Ciertamente, como algunos argumentan, en algunas zonas del mundo, principalmente de corte musulmán, existen muchas cortapisas para la libertad religiosa y de conciencia y poco respeto hacia los derechos humanos, pero eso no debe mover a otra cosa que a lamentar que tan troglodítica situación aún exista en determinados países. En Occidente hemos tenido la fortuna del Humanismo, el Renacimiento y la Ilustración, pero en otras zonas todos esos principios y valores por desgracia aún están por llegar.

En un país civil, moderno y democrático debe resultar perfectamente conciliable la libertad religiosa de las distintas confesiones (católica, judía, protestante o musulmana) con un Estado aconfesional y con unas instituciones públicas aconfesionales. La vida pública ciudadana pertenece a todos por igual y debe estar separada de las creencias de los individuos y de los grupos. El Estado aconfesional puede ser el garante del ejercicio pleno de todos los derechos y libertades, precisamente porque deja patente que las instituciones públicas y los espacios públicos están por encima y quedan al margen de cualquier confesión religiosa.

De igual modo, muchas de las fiestas tradicionales, con raíces religiosas cristianas y anteriormente “paganas”, son expresión de tradiciones ancestrales y del sentimiento popular, y, como tales, forman parte de la cultura de una sociedad. Precisamente por ello, tienen pleno derecho a manifestarse públicamente en fechas determinadas, con tal de que cuenten con los debidos permisos gubernamentales. De hecho, otras instituciones igualmente privadas, cada una en su ámbito particular y su área de competencia, se manifiestan de forma análoga, como, por ejemplo, el Real Zaragoza cuando celebra la conquista de algún trofeo, el mundo sindical el 1º de Mayo o el mundo homosexual el Día del Orgullo Gay. Pero una cosa son las fiestas y tradiciones populares, y otra cosa bien distinta, la emisión por megafonía –por lo menos- mil noventa y cinco veces al año de un cántico confesional. Todo, pues, en su sitio,

lunes, 1 de febrero de 2010

Una caja llamada rsponsabilidad

A pocos años de nacer, descubrimos que llevamos encima una caja, que nunca ya nos abandona. Lo normal sería abrirla cuando ella se remueve, pero a veces optamos por oprimirla con fuerza o hacer como que no nos percatamos de su llamada a fin de tenerla cerrada y quieta. Esa caja se llama Responsabilidad y en ocasiones inquieta o se torna pesada, de tal forma que en circunstancias difíciles o enojosas se puede llegar a decir que no se la conoce o que no es nuestra. Sin embargo, esa caja es uno de los elementos primordiales que nos definen como humanos: somos el producto final de nuestras decisiones, indecisiones y omisiones, y somos responsables de lo que hemos hecho o dejado de hacer con nosotros mismos y nuestro entorno personal, social y medioambiental. Especialmente cuando los ojos de los demás nos miran, atentos a si y cómo abrimos la caja en un trance que puede llegar a sernos comprometido, la responsabilidad nos está configurando de modo especial como seres humanos.

Declaraba el otro día el ex primer ministro británico Tony Blair ante la Comisión de la verdad que investiga la intervención militar británica en Irak que “volvería a tomar la misma decisión”. Según él, fue una cuestión de “cálculo de riesgo”: la inquietud que producía el ex presidente iraquí Sadam Husein aumentó mucho tras el atentado del 11-S y Blair aún está convencido de que el dirigente iraquí tenía intención de fabricar armas de destrucción masiva, aunque jamás encontraron alguna los inspectores de la ONU antes de la invasión y los expertos norteamericanos y británicos después de la invasión. En el baúl del olvido va dejando Blair también que el fiscal general británico advirtió de la ilegalidad de invadir Irak sin una resolución de Naciones Unidas que avalase tal invasión. Dice también Blair que no se arrepiente de “haber derrocado a Sadam”, pero a la vez parece no acordarse de que la encuesta Lancet 2006 calcula unos 654.965 iraquíes muertos desde marzo de 2003 hasta junio de 2006, y que la Investigación ORB realizada en 2007 estima en 1.220.580 muertes violentas a raíz de la invasión de Irak.

Blair es experto en desconocer la caja que porta dentro de sí y señalar como responsables a las cajas ajenas que le convenga. “Derrocar a Sadam” significó millones de muertos, heridos, mutilados y malvivientes. La paz, la libertad y la democracia que decía querer llevar a Irak se han convertido en una escombrera, en un país roto y plagado de sangrientos atentados diarios, en unos inmensos recursos petrolíferos en manos de las compañías internacionales de siempre. Mas esa caja llamada Responsabilidad nunca abandona, permanece dentro: si no se la abre, la propia persona va autodestruyéndose, aunque no se percate de ello. Quien, en cambio, asume su propia responsabilidad, por muy costoso que pudiere llegar a ser, refuerza su dignidad y su mismidad.

Una de las cosas que más valoro en las personas que me rodean (también en las personas que por razón de su cargo desempeñan tareas y funciones públicas) es que reconozcan su responsabilidad, aun en casos complejos y difíciles. De lo más grandioso (también, de hecho, más raro) que puede decir públicamente, por ejemplo, un político es “me he equivocado”. Si alguno lo hace alguna vez, nos estará mirando directamente a los ojos y ofreciendo el magnífico regalo de su honradez y su responsabilidad. Estará comunicándonos también un tesoro magnífico, aunque parezca nimio: una caja llamada Responsabilidad. El político que reconoce un error estará mirando a los ciudadanos y no a la última encuesta de intención de voto.

El anterior emperador y gran perpetrador del mundo, George W. Bush, en su inconsciencia estructural, no sabe qué hacer con su caja. Pasea cada día a su perrito por algunas calles selectas de Dallas, recoge en una bolsa de plástico la caquita que su mascota va dejando atrás y hace unos meses declaró en un discurso que no entiende “cómo se puede ser presidente sin confiar en el Todopoderoso”, lo cual es poco entender, además de dejar en bastante mal lugar a ese supuesto todopoderoso. A J.M. Aznar le da esa risita salida del bajo esternón cuando mira su caja. Entre los algodonosos nimbos de su FAES, inasequible al desaliento en su función de think-tank de su PP, adoctrinando en su aula de Georgetown, con su riñón cada vez más hiperforrado, el 22 de octubre de 2008 afirma que el ecologismo es el nuevo comunismo, y en 2003 afirma que "no hemos venido a las Azores a hacer una declaración de guerra” (a los tres días se producía la invasión de Irak). ¿Qué habrá hecho Aznar con esa caja llamada Responsabilidad? ¿Pretenderá dejarla enterrada entre las tumbas de dos niños iraquíes?