viernes, 22 de enero de 2016

Diario de un profeflauta motorizado, 638


 Doy vueltas y más vueltas a los sucesos y noticias diarias sobre la situación socioeconómica real y las negociaciones políticas en Españistán y cada vez me veo más escéptico.

¿Escéptico? He de reconocer que “escéptico” suele tener un significado peyorativo. Así, por ejemplo, el Diccionario de la RAE define escepticismo como “doctrina filosófica que consiste en afirmar que la verdad no existe, o que el hombre es incapaz de conocerla, caso que exista. Incredulidad o duda acerca de la verdad o eficacia de alguna cosa”. Sin embargo, si nos atenemos a su etimología (del griego skeptein), “escepticismo” significa originariamente “examinar algo con sumo cuidado”, “mirarlo con atención”. Según esto, el “escéptico” no es un incrédulo o un indeciso, sino alguien que procura ir con pies de plomo, sopesar cada detalle y andarse con mucha cautela antes de pronunciarse sobre algo o tomar alguna decisión. En otras palabras, en la raíz misma del escepticismo hallamos mucha prudencia y mesura ante la verdad y la vida, pero no una actitud de indiferencia o desprecio hacia las mismas.
La visión del mundo del escéptico no es plana, sino sumamente compleja. No pretende encasillar la realidad en unos cuantos esquemas e ideas, sino contemplarla desde todos sus ángulos y perspectivas posibles. De ahí que me vea hoy tan escéptico: soy incapaz de decantarme por alguna posición frente al resto, ya que cuando contemplo una opción política determinada, salta de inmediato por los aires, pues me resulta inconciliable con el principio de identidad (A = A) y el principio de no-contradicción (Imposible que A sea A y no-A al mismo tiempo).

El mundo es para el escéptico un inmenso poliedro y la actitud más honesta consiste en contemplar con neutralidad cada una de sus caras. Hoy para mí Españistán es un enorme poliedro, del que me resulta imposible contemplar todas sus caras y del que no me gusta plenamente ninguna de sus caras.

El seguidor de una ideología o un movimiento o una iglesia tiende a defender a ultranza sus propios principios frente a los de las demás. Corre entonces el peligro de ser tan poco crítico con sus propias verdades como dogmáticamente intolerante con las contrarias. Españistán está lleno de intolerantes, fanáticos y dogmáticos. El escéptico, en cambio, es partidario siempre de la tolerancia. Sabe que muchos conflictos, inquietudes y desequilibrios -exteriores y/o interiores- han sido producto de la ignorancia de las posiciones del adversario o simplemente de la incomprensión de las mismas. El escéptico propone informarse de todas ellas, ver los aspectos positivos de cada una, no desde la intransigencia, sino desde la convicción de que quizá la verdad resida en la suma de todas o muchas de las caras del poliedro.
Ante el devenir incesante de las cosas, ante la pugna sin cuartel entre las ideas que reivindican para sí solas la posesión de supuestas verdades absolutas y permanentes, el escéptico opta por contemplar tranquilamente el inagotable poliedro del mundo, sin pretender encerrarlo en el corsé de un determinado sistema fijo de verdades absolutas. Sabe muy bien que -de haber un asidero donde reposar su ánimo- éste se halla en su interior.
Por eso me veo cada día más escéptico.



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