
Hoy, 28 de febrero, era el cumpleaños de mi madre. Sigue viviendo en mi mente y en mi corazón. Hoy he cerrado los ojos y he buceado dentro de mí. Allí nos hemos encontrado. Felicidades, madre.

Ayer llovieron copiosa y violentamente las noticias sobre mujeres asesinadas por violencia machista. La especie humana padece así, una vez más, una regresión hacia el trogloditismo.
El maltratador, el violento, el asesino machista tiene la necesidad de que a la mujer (su mujer, propiedad privada) está sometida. El “maltratador” ni desea ni soporta una mujer libre a su lado: la libertad de la mujer es para él un insulto, una provocación. Necesita que su mujer se sienta mucho más desgraciada que él como lenitivo de su propio infortunio. En el caso de que ella reclame, denuncie o -simplemente- quiera la liberación, salir del infierno, él se encargará de devolverla violentamente a la realidad de su desgracia. La violencia machista se infringe como un castigo y una humillación para la mujer, pero también como una advertencia: "sin mí, no tienes derecho a nada, ni siquiera a vivir; o me sirves o te mato; o te resignas a tu suerte o -literalmente- te desgracio". Los malos tratos son así la punta del iceberg del rencor del “maltratador”.
El “maltratador” es un inmaduro que no soporta que nadie -mucho menos “su propia” mujer- madure por su cuenta o al margen de él (lo vive además como un acto de rebelión o insubordinación). Necesita a una mujer que acepte sin rechistar su forma de vida primitiva, sin otros planteamientos u horizontes que los consentidos por él. Los malos tratos revelan la impotencia del maltratador a la hora de ofrecer a su mujer una alternativa diferente al sometimiento. El verdadero problema del maltratador consiste en comprobar que su mujer es -o quiere ser- simplemente una persona: en tal caso no sabe qué hacer o qué decir, salvo pegar, maltratar o matar.
Todos hemos venido a la vida con el derecho y la obligación de intentar estar bien y ser felices. El “maltratador”, en cambio, vegeta en un mundo ficticio, en plena indigestión de una realidad que no comprende, y en el colmo de su delirio se cree administrador de la felicidad de la mujer, nacida -según él- con la misión de estar permanentemente a su servicio. En caso de que ella se niegue, no se le ocurre cosa mejor que liarse a golpes, cuchilladas, tiros o latas incendiarias.
Lo que realmente está en juego con los malos tratos a tantas mujeres es el modelo mismo de la convivencia entre las personas, especialmente dentro de esa institución tan compleja e intrincada que se ha venido en llamar “pareja” o “matrimonio”. Los malos tratos no constituyen sólo un conjunto de lamentables casos individuales, sino sobre todo un fenómeno social y colectivo de gran calado social y enorme envergadura. Lo cierto es que los futuribles “maltratadores” y maltratadas están ahora en las calles, en las casas, en las escuelas. Cien toneladas de jueces, fiscales y policías tendrán a medio y largo plazo mucho menos peso específico que unos cuantos gramos de civismo y cordialidad, de respeto y humanidad, en el corazón de cada niño y de cada joven.

Aquel hombre comprobaba que, salvo rarísima excepción que no hacía más que confirmar la regla, el asunto monotemático de la mayoría de sus canciones preferidas o en el argumento de casi todas las películas o novelas, era el amor, sólo el amor y nada más que el amor (aunque sería más exacto en este caso sustituir el término "amor" por "desamor"). (Algo parecido, pues, a lo que se dijeron anoche en el debate: lo de siepre, lo mil veces ya oído y sabido)
Aquel hombre descubrió con el paso del tiempo que el planeta Tierra giraba realmente sobre un único eje, muy a menudo chirriante: el deseo de querer, el deseo de ser querido, también la ausencia del querer, el desamor. Y por ello mismo, aquel hombre, cuando pensaba en el verdadero lugar que ocupaba en el universo era algún anillo de Saturno. (Algunos asistentes al debate cree que los dos políticos que e4staban sobre la palaestra podrían ser también perfectamente saturnianos).
La permanente presencia del amor (desamor...) allí por donde fuera o le llevaran lo dejaba la mar de pensativo, pero sobre todo muy herido en su susceptibilidad, pues sentía lesionada su autoestima: mientras el amor parecía pulular por el mundo como el polen de las gramíneas en primavera, él continuaba siendo para todos (sobre todo para sí mismo) una incógnita indescifrable, pues un día tras otro le tocaba asumir exclusivamente el papel de espectador (a veces también de carabina discreta y silenciosa de algún que otro presunto amigo). (Y también exclusivamente el papel de espectador de debates y, después, de votante).
Por si fuera poco, en plena calle, en cualquier carretera o en la chapa trasera de los automóviles podían verse frases tan lindas como “yo amo la pizza napolitana” o “yo amo New York” (o Remolinos o Tauste o los colchones Pikolín o el Manchester United...), con un corazón en medio, haciendo las veces de aquel amor tan pública y notoriamente declarado. (Cosas similares pueden observarse en las calles y las carreteras si uno se fija en los murales electorales y sus eslóganes).
Así, aquel hombre fue comprobando repetidamente que, según los casos, el amor aparece como algo apreciado, denostado, ansiado, vendido, manipulado, adorado... Observó también que, en el colmo de la alienación personal y la enajenación social, hay quienes pretenden tener la exclusiva de reglamentarlo y hacen gala, cual excelsa dedicación profesional, de su presunto deber institucional de anatematizar a cuantos no acaten sus códigos morales. (Por cierto, ¿más allá de PSOE y PP, hay otras opciones políticas? ¿No existen? ¿No debaten? ¿El 9-M se elige al Presidente o a nuestros representantes políticos dentro del arco parlamentario?).
Un día aquel hombre conoció a una mujer. Se sintió afortunado, amén de conmocionado y conmovido. Se casaron tres años, siete meses y veinticinco días después. Al principio, apenas salían: querían estar sólo juntos, amándose tierna o ferozmente, según los momentos y sobre todo según la variable meteorología del alma y del cuerpo. (Algo parecido a lo que ocurrirá el 10-M y días sucesivos: NADA….)
Según va diciendo por ahí un amigo común, aquel hombre lleva ahora en el cristal trasero de su coche una pegatina en la que se lee: "Yo -corazón- Benidorm". De lo que se deduce que, con toda probabilidad, suelen veranear en dicha localidad mediterránea. Dentro, en pleno salpicadero, sobre tres fotografías (esposa, más la parejita), un mensaje quizá poco original, pero sin duda sincero: "Papá, no corras". También un San Cristóbal y un banderín del equipo de fútbol de su ciudad. (Ahora el PP ofrece como eslogan electoral: “Las ideas claras” – algún conductor estivo a apunto de salirse de la calzada tras leer semejante boutade).
Lo cierto es que ahora se siente otro hombre. Y apenas se pregunta ya qué es eso del amor. Queda por saber si se debe a que tiene muy clara la respuesta o a que tiene muy oscura la pregunta misma. (Creo que también pasa de política: o por tener todo claro o por moverse en el oscuridad cerrada).
En cualquier caso, aquel hombre dice dormir mejor por las noches. Aunque a veces su mujer le deja escasos centímetros de cama y le recrimina sus ronquidos. (Duerme también escuchando el programa deportivo El Larguero).
No obstante, algunas noches, el dormitorio a oscuras y su mujer a su lado, aquel hombre esboza una sonrisa, amplia y tranquila, a la vez que musita hacia sus adentros: “la quiero, la quiero... me quiere, me quiere...” (Pero nunca, nunca, nunca: Mariano, mariano, Mariano… O ZP, ZP, ZP….).

Como los hechos importantes no acontecen en quince días de campaña, sino a lo largo y ancho de los cuatro años de legislatura, al ciudadano le bastaría con tener memoria de lo hecho y no hecho desde el gobierno y desde la oposición. El ciudadano ha de tener también deseo de pensar y decidir por sí mismo, voluntad de coherencia personal y política, consciencia de que es votante por un día, pero persona y ciudadano de su país y del mundo durante toda la vida. En tal caso, el ciudadano estará vacunado contra muchos males, también contra el actual bombardeo electoral.

Desde hace tiempo, cada vez que alguien pide mi parecer acerca de ciertos problemas (fracaso escolar, educación de los hijos, desencuentros en la pareja...), le suelo aconsejar (metafóricamente, claro) “perderse en la sierra”: cualquier fin de semana y tras levantarse temprano, hay que meter en la mochila un buen bocadillo junto con suficiente bebida. A renglón seguido, hay que dirigirse sin vacilar “a la sierra” (= o al parque, o al propio cuarto, o a donde sea...), donde uno procurará “perderse” durante unas cuantas horas. Allí, en la soledad, en silencio, se enfrentará con sinceridad a las preguntas que ocupen o preocupen. Con un poco de suerte, mediante este procedimiento se conoce también a nuevos amigos, o se vuelven a encontrar viejos conocidos: a nosotros mismos, directamente, sin caretas.


Nada en la vida carece de importancia. Querámoslo o no, en cada situación “nos va la vida”, es decir, estamos implicados en la aventura de vivir, incluso cuando nos lamentamos de estar precisamente “perdiendo el tiempo y la vida”. Por supuesto, “vivir” no tiene aquí un significado eminentemente biológico o vegetativo, sino existencial: en mi vida “me va la vida”, en mi ser “me va ser” de una forma o de otra. Por consiguiente, lamentarnos o lavarnos las manos ante lo que somos -como si nada tuviéramos que ver con nosotros mismos- es una irresponsabilidad: somos el resultado dinámico de nuestra propia libertad, es decir, de lo que hemos decidido llegar a ser, paso a paso, momento a momento. Para bien o para mal, mi ser es mío, y debo decidir qué hago conmigo mismo, incluyendo nada o sumirme en la más delirante alienación.

Cuando Manuela me habló de su sobrina Diana, se me llenó la mente de curiosidad. Poco después, me envió un correo electrónico con varios poemas de Diana y entonces me llegaron a grandes borbotones el asombro, la ternura y una gran claridad que colmaba todo de luz.
Diana murió a los diez años de edad. Los poemas son notas que ella dejaba todos los días del año en la puerta del dormitorio de sus padres.
No tuve la suerte de conocer a una niña tan genial, tan fantástica, tan repleta de maravillas, tan detallista con sus seres queridos, pero siento que ella me va diciendo, en presente, mensajes donde habita por entero el arco iris. Gracias, Diana, por todo lo que nos has regalado.
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Aquí están unos cuantos poemas de Diana:
El sol levantóse con cuidado
dentro de una zapatilla colorada
y la gente volvió a unirse a nosotros amablemente
sin duda alguna,
sin más infiernos,
camillas fuera, palomas dentro,
y los presos cantando la canción de la LIBERTAD
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El era personalmente suyo
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Con unos viejos y rotos pantalones
Me construí mi choza de esperanza
Y eran tuyos
Por eso te debo mi sueño.
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Una golondrina tartatatamuda
Durmiendo una noche placenterusqui,
Se levantó soñando que tú me quierías,
Y silenciosamente
Colocó sus zapatos sobre la mesa
Pensando en que un sueño se podía hacer realidad
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Si ves a un cerdo, no le digas cerdo.
Si ves a una guitarra , tampoco guitarra.
Pero si ves a un Papá, llamale,papá
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Regalo:
Una flor
Un pajarito en una rama,
Un robot,
Un caracol
Un dibujo invisible´,
Un yayo,
Una legua amarilla
Una pulga gigante,
Un idefix,
Un jabalí,
Una gacela en bicicleta,
Un dormilón despierto,
Una alfombra desnuda,un despertador rinrineo ,y UN BESITO GRANDE,