viernes, 4 de diciembre de 2015

Kant habla en mi cocina sobre la vida y la muerte


PUBLICADO EN EL NÚMERO 70, DE LA REVISTA DMD (DERECHO A MORIR DIGNAMENTE)
Puedes leerlo en http://www.eutanasia.ws/envios/boletin_revista_70.html, páginas 47 y 48

 Parece mentira, pero me lo encontré cara a cara en mi cocina. ¡Emmanuel Kant! (“Immanuel, me llamo así desde que aprendí hebreo”, puntualizó Kant). Me extrañó mucho ver en Zaragoza a un hombre del siglo XVIII y que en toda su vida se había alejado más allá de 150 kms. de su ciudad natalicia, Könisberg. “Vengo a hablar contigo sobre la vida y la muerte”, me aclaró, y en la cocina de mi casa, tomando schnapps de cereza, estuve toda una tarde con Emmanuel-Immanuel Kant.
Me he quedado con el sambenito de haber llevado una vida muy estricta y regular, y no os cansáis de repetir que mis vecinos ponían los relojes en hora cuando emprendía mis paseos diarios. En realidad, lo hice sobre todo para poder trabajar más y mejor. De hecho, escribí mis obras más conocidas cumplidos ya los cincuenta y tantos años y tras haber cambiado mi punto de vista sobre cuestiones que consideraba esenciales. Cambié, mi vida fue un constante cambiar, aunque a mi viejo y querido criado Lampe (ya sabes que nunca estuve casado) lo tenia un poso estresado con el cumplimiento de unos horarios tan estrictos. Pero de joven no me perdía un convite o una buena reunión con los amigos”. 
Mientras Kant hablaba, pude observar su cuerpo menudo y su pecho algo hundido, lo que le daba un aire de hombre algo enfermizo, sus ojos azules y su pelo tirando a rubio. Pero al mismo tiempo se adivinaba en él una gran fuerza interior capaz de superar cualquier dificultad.
Así como siempre me emociono al escuchar el 5º movimiento de la Sexta sinfonía de Beethoven, me ocurre lo mismo al leer la primera frase de la Concusión de tu Crítica de la Razón Práctica: ‘Dos cosas me llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes cuanto más reiterada y persistentemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado que está sobre mí y la ley moral que hay en mí’”, le dije tras unos segundos de silencio. Kant asintió con cansada lentitud, y añadió: “Ya lo sabes, Antonio, tras tantos años de brega y de andar caminos acertados y equivocados, llueve sobre el espíritu de quien busca cálidas gotas en forma de preguntas: qué debo hacer, qué puedo saber, qué me cabe esperar, o –en resumidas cuentas- quién soy, qué es la humanidad misma del ser humano”. 
Immanuel, tú me ayudaste a encontrar de algún modo la vía para atisbar algo de eso que llamamos felicidad: hacer coincidir lo que pienso, lo que quiero, lo que hago y lo que debo”.  Kant, levantó la cabeza y clavó en mis ojos su mirada: “Antonio, Antonio, eso es cierto, pero debo recordarte también mis últimas palabras antes de morir: ‘Genug’, suficiente, basta. En aquellos momentos vi con claridad que mi vida se acababa y me hundía en un merecido descanso. Estaba ya muy cansado, Antonio, pero quise morir con la misma serenidad con la que viví”.
Y continuó: “El ser humano nunca puede ser un medio, sino un fin en sí mismo, es decir, posee una dignidad, gracias a la cual infunde respeto a todos los demás seres racionales del mundo, puede medirse con cualquier otro de esta clase y valorarse en pie de igualdad. Esta es la forma suprema de la ética personal y social, así hemos de obrar todos, como si el principio ético por el que estemos obrando en cada momento pudiera ser el principio ético de todos y cada uno de los seres humanos".
“Genug, genug”, prosiguió Kant, “basta, suficiente. Eso fue lo último, repito, que dije en aquel frío 12 de febrero, mitad por mi propio agotamiento, mitad también por el convencimiento de haber llegado a la meta, habiendo intentado vivir siempre en paz y con dignidad. Sé que siempre te ha ocupado y preocupado la educación, por eso quiero que mis últimas palabras hoy, antes de irme, sean que solo por la educación el ser humano llega a ser plenamente humano; de hecho, somos lo que la educación hace de nosotros. En la escuela hay que fomentar el desarrollo de la inteligencia, pero sobre todo la fecunda incertidumbre que conduce a la verdad”.
Kant incluso habló algo jocosamente de la muerte. Para él, dijo, es la tumba construida en su memoria setenta y tantos años después de su muerte y   destruida por las bombas rusas en 1945. Es la estatua erigida en su honor frente a la Universidad de Königsberg, ahora Kaliningrad, en 1991. “Es nada, como ves”, dijo a modo de despedida, en la cocina de mi casa, apurando la última copita de schnapps de cereza. “Es también una nada maravillosa”, concluyó, “pues ya es costumbre que los recién casados lleven flores a ese monumento”.
Una cuartilla dejó sobre la vitrocerámica, no muy limpia, de la cocina. Leí en ella: “Dos cosas me llenan el espíritu con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el firmamento estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”.



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