martes, 8 de septiembre de 2015

UN PRECIOSO MENSAJE DENTRO DE UNA BOTELLA: EL INSTANTE




PUBLICADO HOY EN LA REVISTA LA OCA LOCA

Hay personas que parecen plantear su vida como si les fuese a durar siglos y siglos. Acumulan, planifican, se preocupan, programan, hipotecan años y años de su existencia en aras de unos hipotéticos planes finales de los que no tienen certeza alguna de alcanzar.
Hay personas, en cambio, que parecen plantear su vida como si el tiempo fuese primordialmente un maldito traidor que los va deteriorando y haciendo viejos. Cada arruga, cada cicatriz del cuerpo o del alma es un pequeño drama, del que intentan huir a base de cosméticos y cirugías externos y sobre todo  internos.
Hay personas que prefieren no plantearse su vida por la cuenta que les trae, por si las moscas. Se ajustan exactamente a la superficie variable de las olas, flotan, y se dejan llevar simplemente por las agujas del reloj, el calendario y las obligaciones cotidianas. Intentan tener la mente en vacío (aunque raramente lo consiguen), pues lo que les viene a la cabeza suele inquietar o, al menos, produce tedio. Cuando abren los ojos, perciben a sus pies los restos de decenas de sueños, sin alas y sin vida.
Hay también personas que consideran una pérdida de tiempo plantearse nada que no les sirva de inmediato para algo. De tanto no mirar hacia dentro, se convierten en pura epidermis, tersa, hermosa, admirada y admirable, aunque también insípida. Suelen despreciar lo que no entienden, y reírse de cuanto les parece complicado. Si alguna vez se les despierta por dentro algo de lo que antes existía en ellos, quedan, beben, trabajan o simplemente zapean sin tregua delante del televisor. Otras veces, lamentablemente son sus allegados quienes pagan los platos rotos.
Hay personas que súbitamente se hallan inmersas en situaciones difíciles, donde la vida concede entonces pocos armisticios. La realidad aparece entonces descarnada y la única posibilidad es o huir hacia ninguna parte o quedar desnudo, en plena intemperie, con los brazos, el corazón y los ojos muy abiertos al vaivén de la incertidumbre.
No obstante, en realidad, por debajo de las diferencias y como común denominador, también es cierto que todos tenemos necesidades y aspiraciones similares. En cierto modo, somos como hormigas en busca incesante de su propia identidad y de encontrar su propio rincón dentro de un hormiguero habitado por millones y millones de hormigas. Ciertamente, todos somos muy parecidos, pero a la vez anhelamos también una mirada especial por parte de otros seres que consideramos y nos consideran especiales.
Si nos detuviéramos unos segundos para descubrir con sosiego en qué consiste realmente lo más valioso, lo que verdaderamente merece la pena, en nuestras manos quedaría depositado un minúsculo mensaje donde habría una respuesta bastante sensata: el instante. No podemos hacer regresar un solo segundo de nuestro pasado, tampoco podemos adelantar una sola anécdota de un futuro desconocido e incontrolable. Nos queda, sin embargo, el inmenso e inagotable tesoro del instante, del latido del corazón de cada momento, de la bocanada de aire que está penetrando en nuestros pulmones, de ese sonido que en estos segundos perciben nuestros oídos, de esta imagen concreta que ahora perciben nuestros ojos, de la persona que está a nuestro lado, de los objetos que pueden rozar ahora nuestros dedos. Cada instante es un cúmulo de millones de cosas maravillosas que podemos aprovechar y asimilar o que podemos desechar o dejar pasar desapercibidas.
A menudo creemos que la vida consiste en grandes proyectos, conseguidos tras muchos años de esfuerzo y trabajo, durante los que hipotecamos lo que sea para hacerlos realidad. Aun valorando en lo posible esta perspectiva, corremos así el riesgo de pasar por la vida sin atender sus colores, sus sabores, sus sonidos: es decir, sin instantes, sin cada uno de los momentos presentes que componen el tiempo y la vida,  llenos de matices, sorpresas y emociones, dolor y ternura, pasión y quietud.
Ciertamente, el ser humano ha de planificar y recordar, proyectar y aprovechar las experiencias habidas, para poder llegar a ser una persona cabal dentro del entorno sociocultural concreto donde le ha tocado existir. Sin embargo, ha de poner también empeño en no echarse a perder como humano al ir echando a perder cada uno de esos instantes de los que consta su vida.
                                            





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