martes, 2 de febrero de 2016

Diario de un profeflauta motorizado, 645. La habitación donde Beethoven vive, respira, ríe y llora conmigo.



Hoy ha venido Ludwig. Necesitaba compañía, lo he notado enseguida. Me he puesto muy contento por su visita, porque yo también me encontraba algo solo. Ludwig me ha contado, mientras saboreábamos un zumo de naranja natural que hemos exprimido mientras hablábamos, que el 22 de diciembre de 1808 presentó en público (en privado lo presentó en marzo de 1807, en el palacio de un príncipe, que también era su patrón) su 4º Concierto para piano y orquesta, que había escrito en paralelo a las Sinfonías 5ª y 6ª.

Me contó que quizá se pasó un poco en la duración de toda la sesión, “una maratoniana sesión”, decía, riendo,  junto a otras obras. La cosa es que aquella sesión rozó el desastre debido también a los problemas de sordera del solista (él mismo). Con una sonrisa que adiviné amarga, me contó también que aquella sesión fue su última aparición pública como solista con orquesta.

Sacó de su gabán un viejo recorte de periódico, doblado y desdoblado muchas veces, y me lo dio a leer: era de una publicación (“Allgemeine Musikalische Zeitung” ) de fecha mayo de 1809, que decía:  es el más admirable, singular, artístico y complejo concierto que Beethoven haya escrito».

Emil Ludwig, el más importante biógrafo de Beethoven, lo considera también el «más perfecto concierto para solo instrumento jamás compuesto».

Escuchamos después en hondo silencio su Cuarto Concierto para Piano y Orquesta, en Sol Mayor, Opus 58.


Ludwig, acabada la audición (ahora él oye perfectamente), se levantó y se fue a su cuarto. Sabe muy bien que mi casa es su casa. Por eso ha preparado a su gusto la habitación que ha elegido de mi casa, donde cada día vive, respira, ríe y llora conmigo.


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