lunes, 25 de abril de 2016

Diario de un profeflauta motorizado, 690



Está claro: lo que más importa es la dignidad de los seres humanos tomados de uno en uno. Tú, yo, nosotros, todos nosotros… Pedro Salinas escribió en “La voz a ti debida” el poema “Para vivir no quiero” (que perpetré como canción), donde dice: “¡Qué alegría más alta vivir en los pronombres!”.

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

Mis ojos se abren cada vez más a ese horizonte de verdad descarnada, con la que está en flagrante contradicción la realidad socio-política-económica del mundo. Ya no es teoría, ya no es idea.



Estamos cautivos de un sistema que nos hace egoístas: vivo como puedo, pero no quiero llegar a vivir como esos dos tercios de “humanidad” que malviven a causa de nuestra “des-humanidad”. Leí no sé dónde que “el hombre que no es libre idealiza siempre su esclavitud”. Vivimos tan alienados, disfrutamos tanto de nuestra propia falta de libertad, que creemos un privilegio ser menos esclavos que los otros esclavos.

Atrapados están aún mi carne y mis huesos, pero mis ideas y mi indignación son tan libres como el vuelo del halcón o –mejor, más realista- del gorrión. Nos queda la rebelión. Cuando la rebelión sea de muchos, habrá esperanza. Mientras, resta la rebelión personal, sin armisticios ni paliativos. Tuya, mía, de todos y de todas, tomados de uno en uno y como esperanzador conjunto.






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