lunes, 4 de abril de 2011

¿Ciencias ocultas?

Artículo a publicar el próximo miércoles en El Periódico de Aragón

El otro día una persona denunciaba apasionadamente la escasa acogida que tienen las ciencias ocultas en la sociedad actual, pues, según ella, ayudan a esclarecer y mejorar la vida intrincada de muchos. Se me pasaron de inmediato por la mente unas cuantas ideas.  Por ejemplo, que las expresiones “ciencia” y “científico” se han transformado en alguna suerte de talismán mágico por el que algo adquiere el rango de verdadero e incontrovertible, de tal forma que, pongamos por caso, una pasta dentífrica o un producto “crecepelo” o “antiedad” solo serían fiables si están “testados científicamente” (testar: anglicismo utilizado en el sentido de “someter a una prueba o control”), aunque en no pocos casos no dejan de ser una auténtica tomadura de pelo.  Así, hoy por hoy, a las expresiones sagradas “Palabra de Dios”, “Alá es grande” o “Hare Krishna, hare, hare” se han unido algunas otras, como “los científicos dicen” o “está probado por la ciencia” (sin que ninguna de ellas deje claro qué es finalmente eso de ciencia o cuántos científicos lo han certificado alguna vez).
La cosa se complica aún más porque no puede haber una ciencia que sea oculta: una ciencia, si realmente es ciencia, lejos de estar escondida u oculta, ha de estar abierta a todos y a disposición de cuantos deseen informarse de sus teorías y argumentaciones, sin ningún tipo de exclusivismo o discriminación. Precisamente la labor científica y el saber racional buscan hallar nuevas verdades des-cubriéndolas, des-ocultándolas, des-velándolas, des-tapándolas (por eso Ortega dice que la verdad es una indecencia, pues está dispuesta a darse sin tapujos y sin púdicos velos a quien la busque y la encuentre). Precisamente por eso, no vale que alguien piense por nosotros, pues sigue diciendo Ortega que “quien quiera enseñarnos una verdad,  que nos sitúe de modo que la descubramos nosotros”.


En realidad, las denominadas “ciencias ocultas” son a fin de cuentas distintas modalidades de pseudociencias o de sucedáneos de ciencia. Por mucho que algunos de sus representantes defiendan su legitimidad científica, no ofrecen unas bases mínimas para ser aceptadas como tales en la comunidad científica. Por poner un ejemplo, más allá de la gente que lee horóscopos, ve programas televisivos ad hoc o paga cada año su carta astral al supuesto intérprete de los cielos y los firmamentos, en cierto modo la ciencia es a la astrología lo que la música es a la música militar. Mal que les pese a los partidarios de las diversas pseudociencias, se trata de conocimientos que no cumplen los requisitos mínimos del método científico.
El hecho es que desde hace años cae sobre nuestras cabezas una verdadera tormenta de “saberes” que dicen ser científicos, pero cuyos supuestos, métodos y pruebas sobrenadan las ambiguas aguas de la superstición, la creencia y una cierta racionalidad. Sin embargo, son de una inconsistencia flagrante, pues incluyen contradicciones lógicas difícilmente conciliables con las ciencias propiamente dichas e incluso con una honesta racionalidad, a la vez que desconocen qué es pensar y argumentar independientemente de los intereses y las expectativas de quien dirige o acepta sus bases ideológicas. Por otro lado, las pseudociencias viven del dogmatismo, pues sus principios no son demostrables ni refutables. Se trata de teorías que no aportan pruebas de sus propios fundamentos y a la vez se proclaman eternas e inmutables, pues creen que sus verdades ya están definitivamente a nuestra disposición y la máxima prueba de su veracidad es la autoridad del fundador, los iniciadores o alguna suerte de entes supremos que las han revelado, de tal forma que finalmente quedan transformadas en afirmaciones esotéricas y misteriosas.
Así, continuando con Ortega, desconocen también “el descubrimiento de las cosas no es algo que se haya conseguido de una vez por todas, sino una tarea continua en la que se van alcanzando verdades de modo paulatino. La tesis contraria, la tesis de que ese descubrimiento se haya dado alguna vez en el pasado y para siempre, sería el suicidio del pensar”.
En un lenguaje abstruso y oscuro, comprensible solo para unos pocos, acuden a conceptos cuyo significado preciso nada tiene que ver con su significado científico. Emplean un lenguaje plagado de expresiones sin sentido en el contexto donde las sitúan (energía vital, sobrenatural, dilución extrema, fe, infinito, inmaterial, creación, espíritu, destino…), que al verlas en entredicho y sujetas a un examen racional, al ver rebatidas sus presuntas verdades, ni se les ocurre (tampoco pueden) aducir pruebas racionales, empíricas o científicas con que explicar sus teorías, sino que, por el contrario, acuden a falacias ad hominem con que descalificar personalmente a sus críticos, a la vez que se proclaman víctimas de oscuras conspiraciones o persecuciones.
¿Ciencias ocultas? ¿Cuándo dejarán de llamarse lo que no son?