martes, 8 de marzo de 2016

Diario de un profeflauta motorizado, 661


8 de marzo. Día Internacional de la Mujer. Reivindicaciones de los derechos de las mujeres. Denuncia de tanta injusticia, desigualdad y violencia contra ellas. Son justas y certeras todos los lemas e ideas que voy leyendo durante esta jornada, pero estoy también algo condicionado por el libro que estoy leyendo “EL Hambre”, de Martín Caparrós. Hoy precisamente he estado leyendo situaciones tumbativas de las mujeres en África, especialmente en Níger y toda la franja del Sahel. Esas mujeres, millones, centenares de millones, son las grandes olvidadas. Apenas si se habla de ellas. Y son las que más sufren, las que su vida es una zozobra diaria. Les come la duda de comer para que no mueran los hijos pequeños por su depauperada y escasa leche materna o dar de comer a los más crecidos para que no sean ellos los que mueren. Sufren la vitriólica codicia del mundo rico, pero no aparecen ni existen para nosotros. “La pobreza más cruel, la más extrema, es la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto. La que te deja sin horizontes, sin siquiera deseos: condenado a lo más inevitable”, se lee ya en las primeras páginas de “El Hambre”. Esas son principalmente las mujeres que hoy he recordado. Me han dolido y me siguen doliendo por dentro.



Félix Población ha salido bien de un infarto de miocardio. También lo he estado recordando hoy. Los lazos de la amistad se hacen aún más fuertes en momentos más duros e inciertos. La música, el escribir y el arte le sostienen con toda la fuerza de la vida. “¡Si queréis subir a lo alto emplead vuestras propias piernas! ¡No dejéis que os lleven hasta arriba, no os sentéis sobre espaldas y cabezas de otros!”, escribe Nietzsche en Así hablaba Zaratustra (La traducción exacta es: “Y entonces dijo Zaratustra”). Eso es lo que hace y hará Félix Población, entre otras muchas cosas, director de Diario del Aire.

A un comentario dejado en su Diario (La garra quemante del infarto) escribe, a su vez: “Guardo de aquel día, de aquel abrazo, la certidumbre de que mi viaje al portal de una calle de Zaragoza era a tiro hecho el encuentro con el amigo esencial que hubiera deseado por toda una larga vida de pláticas y afanes. Gracias, Antonio, como bien sabes lo que tus palabras representan para mí en estos momentos, no sigo. ¡Si es que no puedo ni escuchar a nuestra Anna Fusek...Tanta belleza me duele!”.

Aquel mismo día del abrazo, le pregunté cuál sería el momento musical que se llevaría consigo a una isla desierta, sin posibilidad de escuchar ninguna otra más: “El Magnificat de Bach”, contestó tras abrirse camino entre la espesura de toda la música que ama. Desde entonces la escucho a menudo.





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