PUBLICADO el 25 de marzo EN EL HUFFINGTON POST
Hace pocas semanas aparecía en los
medios de comunicación la noticia de que algunas cadenas de ropa libraban una
“guerra en el segmento de los precios más bajos” o –en plan aún más fino- en la
comercialización de prendas “en el
segmento low cost más agresivo” o –ya de modo primoroso- “a precios más
asequibles para seducir al target más joven”. Seguramente, algunas
personas asociarían de inmediato la noticia a otras informaciones, menos
distinguidas, acerca de las sobreexplotación y las condiciones de trabajo
infrahumanas de millones de trabajadores (principalmente, trabajadoras) en los
países productores (India, China y Bangladesh, a la cabeza). En previsión de los izquierdosos aguafiestas de siempre,
las cadenas de ropa empleaban eufemismos tales como “dirigir la mirada al
público más joven” o “ganar cuota de mercado entre los adolescentes”. Un acto
de altruismo, en fin, para nuestras desvalidas generaciones jóvenes de nuestro
Occidente cristiano, democrático, libre y solidario.
Por aquellas mismas fechas leía en un
libro más que recomendable un capítulo dedicado a Bangladesh, por lo que la
mencionada noticia de la línea low cost
para gente joven, una vez lanzada la línea fast fashion para gente de
posibles, hizo especial mella en mi maltrecha sensibilidad. Me limito a
presentar a Fatema, una chica joven de Bangladesh, casada a los 13, lo cual
inicialmente hasta le supuso un cierto alivio pues la pusieron a trabajar ya a los 7 en una
fábrica textil.
Cuando
se cuela la palabra fábrica en
nuestro cerebro inmediatamente nos imaginamos una factoría similar a las
existentes en nuestro mundo, pero el taller de Fatema “está en el quinto piso
de un piso de ocho donde cada piso es una pequeña fábrica con un centenar de
obreras que trabajan amontonadas en sus máquinas, sin ventilación, con
escaleras angostas y oscuras”. “Como la luz se corta todo el tiempo, las
terrazas están llenas de generadores que agregan peso que esas estructuras
apenas soportan –o no soportan. Los incendios, los derrumbes son frecuentes. En
los últimos cinco años, más de mil obreros murieron calcinados”.
El
directivo de una de estas empresas de manufactura textil, haciendo frente a la
creciente lluvia de críticas, afirmaba que una obrera bangladesí cobra un
salario “digno”, equiparable al sueldo de un profesor (61 euros al mes). Aun
admitiendo que ello se ajuste a los hechos, lo que no dijo es que, por ejemplo,
Fatema (cobra 40 al mes) trabaja “trece, catorce horas por día, seis días por
semana”, o que de cada jean low cost vendido por 60 dólares ” a Fatema le
quedan entre 25 y 30 centavos, o que si un día no puede ir a trabajar le
descuentan dos y si llega tarde tiene que trabajar pero no le pagan la jornada.
Los cómplices son (somos) infinitos: “Dicen que en Bangladesh uno de cada
cinco diputados nacionales es empresario textil y los que no lo son invierten
en la industria o cobran sus sobornos: que nadie tiene el menor interés en
cambiar nada”.
Solo
en Bangladesh un cuarto de millón de mujeres, muchas de ellas solas, trabaja
para acallar su hambre y la de sus hijos. A nosotros, bienvivientes en el
Occidente cristiano, democrático, libre y solidario, Fatema y todas las demás
nos importan, de hecho, un carajo. Tan poco como que las empresas vampiras
afirmen que se limitan a optimizar costes con una política de compras centrada
en economías emergentes. Eufemismos. Ropa barata. Negocio. Renovación de ajuar
(¡uf, tenía prendas que se me caían a jirones!). No mirar. No escuchar. No
abrir la boca.
Somos
ciudadanos, pero sobre todo somos consumidores responsables, no tanto por
comprar con responsabilidad, sino por comprar sin preguntar ni rechistar. El
sistema lo exige, el orden mundial lo necesita. En nuestra cercanía miles de
inmigrantes tiran de las sillas de ruedas de nuestros ancianos inválidos de las
que no queremos tirar. En la lejanía globalizada millones de trabajadores
producen mercancías baratas que otros millones consumen y que nunca jamás estarían
dispuestos a trabajar por los salarios que muchos millones ganan para literalmente
poder comer y sobrevivir.
Hacemos lo que podemos, amigo/a; compramos barato (cuando se puede) porque cobramos barato; dejamos que otros, inmigrantes o no (no sé usted, pero yo he visto a trabajadores NO inmigrantes cuidando de ancianos), cuiden de nuestos mayores (o menores) porque tenemos que trabajar como mulas (y porque aquí, como ya sabe, los horarios son los que son, y a la mierda con la conciliación); no nos preocupamos como deberíamos del trabajo esclavo que se practica en otros países porque tenemos que preocuparnos de mil y una cosas nuestras, como por ejemplo que nos ocurra el más mínimo imprevisto porque, sencillamente, no podríamos pagarlo; vamos a comprar a grandes supermercados que explotan a agricultores (y a todo lo que se les ponga por delante) porque no tenemos ni tiempo ni fuerzas para ir a comprar a aquella pequeña tienda honrada que nos pilla a tomar por culo (y que no nos lleva la compra a casa).
ResponderEliminarY así puedo estar durante horas, dando mil y un ejemplos de por qué no hacemos lo que todo ser humano que se precie debería hacer.
Vivimos como nos dejan, así que, por favor, cuidado a la hora de culpar, que precisamente es lo que quieren esos que manejan los hilos, que pensemos que somos tan culpables como ellos, de la esclavitud, de la contaminación, y de todo, y de eso nada.
Un saludo.
Me parecen interesantes y llenos de sensatez sus comentarios. No culpo a nadie, que no sea el sistema mismo de propiedad que priva de la propiedad legítima y de los derechos fundamentales a todos y cada uno de sus seres humanos. La culpa de los cristianos y la vergüenza de los nipones son un buen alibí para edulcorar la muerte y el hambre de los que nada tienen para que otros tengan mucho. El hambre es la consecuencia de que determinadas personas no tengan suficiente comida. No es la consecuencia de que no haya suficiente comida. Cuanto más esté alguien en la situación de buscar 24 horas por día una taza de grano para su familia, mejor para el sistema, porque no va a tener el tiempo de mirar lo que ese sistema hace. Un sistema en el que comemos y bebemos sin problema alguno.
ResponderEliminarHemos tenido, y seguimos teniendo, mucho, y ha sido gracias a que desde hace siglos se lo hemos quitado a otros. Soy consciente de ello, como también de que nosotros tenemos el poder de acabar con todo eso. Si nos jode que una empresa tenga empleados con sueldos, en condiciones precarias, la teoría es fácil, no compremos nada en ella; ¿que una empresa contrata de asesores a corruptos que nos han robado hasta la saciedad? fácil, no contrates ni uno solo de sus productos... pero es que la teoría es fácil, lo difícil viene cuando se intenta poner en práctica. Todos sabemos que, aquí, los imprescindibles somos nosotros. El Sistema no es nadie sin nosotros. Los ricos no son nadie sin los pobres. Por eso todo está montado para que ellos parezcan imprescindibles, pero si nos fijamos, si estamos atentos, todo aquello que los hace ser "imprescindibles", es artificial.
ResponderEliminarEl Sistema es más inteligente que cualquiera de nosotros. Que todos nosotros juntos. LLeva siglos estudiándonos, y no solo nos estudia, además aprende y evoluciona. Nosotros en cambio no, cuando queremos aprender ya es demasiado tarde, y generalmente nuestro aprendizaje muere con nosotros. El Sistema hace fácil vivir con sus reglas, pero tremendamente difícil vivir con otras.
Gracias por escribir, y gracias por leer, antaramayona.
De nuevo, sabias y sensatas tus reflexiones. Gracias por ello. Saludos cordiales
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