domingo, 22 de mayo de 2016

Diario de un profeflauta motorizado, 714. Amores apasionados y calamidades sin cuento


 Hoy está conmigo Pedro Abelardo (en su tarjeta de visita constan también sus nombres de Pierre Abélard y Petrus Abelardus). Ha venido a mi casa sin otra  pretensión que estar conmigo. Recuerdo la avidez juvenil con que leí una de sus obras: Sic et non, presentación de 158 cuestiones aparentemente contradictorias sobre una misma cosa, que le hicieron ser un genial estudioso de la lógica ya en el primer medioevo intelectualmente digno.

Se ha acercado a mi mesa, mientras tecleo ante el ordenador, y me entrega, cuidadosamente dedicado, su libro Historia Calamitatum, la historia de las calamidades que le fueron aconteciendo a lo largo de su vida. Le miro con admiración y sobre todo mucha gratitud. Y él lo nota.

¡Con cuánta pasión se dedicó a la enseñanza de la filosofía de su tiempo, de la lógica y la dialéctica en diversas escuelas episcopales y palatinas, sobre todo en París (precursoras de las universidades)! Apasionaba, casi seducía, a sus alumnos y a los de otras escuelas y maestros doctores, con la consiguiente envidia de sus competidores. “Sí, sí”, corrobora Abelardo, “procuraba vivir y enseñar apasionadamente, Antonio”.



Y a principios del siglo XII, concretamente en 1115, conoció a Eloísa, a la que amó con todas sus fuerzas. Era sobrina de un canónigo de la Catedral de París, Fulberto, que le confió su educación. Y pronto se enamoraron y se hicieron ardientes amantes. En 1119 tuvieron un hijo, Astrolabio (bella ocurrencia, un antiguo instrumento de navegación usado para orientarse que permite determinar la altura de un astro y deducir, según esta, la hora y la latitud). Se casaron entre no pocas dificultades, Eloísa se medio ocultó en un monasterio y una noche, traicionado por su criado, Abelardo fue castrado por el canónigo Fulberto y otros secuaces, que habían entrado furtivamente en su habitación.

Abelardo rompió a llorar entonces ante mis ojos y yo guardé silencio todo el tiempo que él necesitó.

Abelardo superó el trauma del mejor modo posible y volvió a enseñar apasionadamente filosofía, dialéctica y lógica. Murió en 1142 y esperó 22 años hasta que Eloísa fue enterrada junto a él. Ahora ambos están juntos en una misma tumba en el cementerio parisino de Père-Lachaise.  

Abelardo tiene ahora una gran sonrisa que ilumina su cara y su alma. Y entonces vuelo con él por la ionosfera, lleno de luz y de apasionada esperanza.

Sic et non. Yin y Yang. Dualidad necesaria de la vida. Abelardo, todo amor y pasión que conllevan desventura. Sufrimiento indeseado, pero inevitable. Conocer abre al dolor. Desconocer lleva al posible apartamiento. Lágrimas y abrazos. Principio y final que llevan al principio del final de otro principio.  Canciones y poemas para Eloísa que no han sobrevivido al tiempo. Tiempo como hoy en que sigue alumbrando en los ojos de Abelardo apasionadamente su amor a Eloísa. 

Su sobrenombre era “Golía” (“Golía Abelardo”) y ha dado nombre a un movimiento principalmente universitario y estudiantil (Goliardía), sobre todo en Italia y Suiza. Así viene asociado su nombre a la necesidad de que el estudio vaya unido siempre el gusto del saber, pero también al gusto por la transgresión, la búsqueda de la ironía y el placer de la compañía y de la aventura.


“¿Por qué no escuchamos juntos ahora Liebestod del Tristan e Isolda de Wagner, Antonio?”, me pide Pedro Abelardo. “Claro, amigo mío”, accedo, gustoso. “Mild und leise, wie er lächelt” (suave y apacible mientras sonríe…). “Liebestod” (muerte de amor). Es una de las canciones más bellas sobre el amor y la muerte, ¿no crees, Abelardo?” “Sí, es verdad”, responde, “¡me gusta tanto cada vez que la escuchas y así también yo la puedo escuchar contigo..!”.



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