sábado, 4 de mayo de 2013

Las emociones o cómo dejar que la vida enseñe a vivir



Hoy parece no llevarse mucho eso de los sentimientos y las emociones. Se supone que una persona madura no anda por ahí manifestando sus emociones, y quien osa públicamente mostrar sus afectos o pasiones se arriesga a que le tachen de desequilibrado (falto de equilibrio). Se estima que un individuo normal, especialmente si tiene un puesto de responsabilidad, ha de ser ecuánime y no puede ir dando tumbos emocionales, según su estado de ánimo o sus cambios de humor.  Incluso hay actividades profesionales que parecen requerir una buena dosis de hieratismo emocional y desapego sentimental. No es raro encontrar personas que ponen gran esmero en permanecer aparentemente imperturbables y encubrir sus sentimientos. Quizá sin saberlo ni quererlo, se sigue valorando mucho la impasibilidad estoica como actitud ideal ante los acontecimientos de la vida
Sin embargo, mal que nos pese, todos estamos siempre ya en un determinado estado de ánimo (incluido el “desánimo”), nadie puede prescindir de su estado de ánimo. A veces, un determinado estado de ánimo nos permite vivir más y mejor. Otras veces, la vida parece tornarse insufrible, y los sentimientos son una carga tan abrumadora que apenas nos dejan proseguir el camino. Hay ocasiones en que no sabe uno qué le pasa realmente, se siente confuso, en un mar de dudas... Sea como fuere, al menos una cosa es cierta: siempre nos encontramos en un estado emocional determinado, siempre tenemos un tono concreto en y ante la vida.
Las emociones y los sentimientos tienen la peculiaridad de situarnos  frente a nosotros mismos  y frente a la vida. El estado de ánimo es, a la vez, un reflejo y una toma de posición frente al mundo: hace patente “cómo me va” en la vida. Las emociones son una forma de estructurar el mundo y un reflejo de tal estructuración (de cómo concebimos el mundo, de cómo nos concebimos en el mundo). Quizá sean una vibración de la vida que penetra en el núcleo de las cosas, conectándolas con nuestro yo profundo.
Cuando alguien está tumbado en la cama, apenas sin respiración,  abatido por la depresión, ve las cosas, siente las cosas, de tal forma que el mundo se decolora y se estructura a su modo. “Le va mal” y al “irle mal”, el mundo se desajusta. Es estéril intentar que cambie su actitud mediante un discurso teórico acerca de otras formas posibles de afrontar la vida o mediante la invitación a divertirse o sobreponerse como hace la gente “normal” (normal viene de norma…). El deprimido no es un aburrido o un vago o un abúlico. Es una persona que siente de forma abrumadora que su mundo se ha quebrado, lo cual le lleva a que cada vez se sienta con menos fuerzas para superar su estado de postración.
En el estado de ánimo, el mensaje que llega al individuo se deja de rodeos y lucubraciones e invade todo su ser debido precisamente a su sencillez: es la vida misma la que golpea, hiere o acaricia, es el mundo como tal el que se revela acogedor u hostil, mortífero o indiferente. Los sentimientos manifiestan “cómo me va” en cada caso, por muchas racionalizaciones, negaciones o sublimaciones de la realidad que quiera hacer. Es mi propio ser el que se abre paso, el que brota en cada emoción o sentimiento. Otra cosa es qué quiero hacer con él, conmigo mismo, pues al decidir qué hago, en cada caso,  con mi mundo emocional, estoy decidiendo qué hago conmigo mismo. Cuando esquivo, amortiguo o acallo las emociones, en realidad me estoy esquivando a mi mismo, me apago, me niego. Cuando las adjudico o las arranco de la vida real, según sea el sexo, la edad o el “status” social de la persona, estoy renunciando u optando por un modo de vivir y de convivir.
De ahí también la importancia del estado de ánimo, del mundo afectivo y de las actitudes o tonos vitales en el devenir de no pocas enfermedades, e incluso en la pérdida o recuperación de la salud. Es posible que una persona a la que se le diagnostica erróneamente una grave enfermedad pueda sucumbir si la noticia la deja tan abatida que renuncia a cualquier defensa. Por el contrario, hay casos en que una persona ha logrado superar una enfermedad grave, por enfrentarse a ella con un talante emocional positivo.
Si, por un lado, las emociones pueden revelar “cómo nos ha ido”, “cómo nos va” o “como esperamos que nos vaya”, es decir, si representan un cuadro bastante fidedigno de nuestro mundo y de nuestra vida, por otro lado, también pueden condicionar poderosamente el rumbo y la calidad de nuestra vida. Entonces nos percatamos de que la vida nos enseña cada día y cada instante a vivir.

2 comentarios:


  1. Me parece interesantisimo. Ciertamente, lo emocional ha estado tradicionalmente denostado, invisiblizado y asimilado a "lo femenino". Se ha excluido de la esfera publica y de la academica por su supuesto "acientifismo"

    Desde hace unos años, algunos psicologos hablan de inteligencia emocional, pero en general no hablan de la necesidad de valorar y compartir los sentimientos con otras personas y de dotar a lo emocional del estatus necesario para formar parte de la vida publica, como se dice en este texto.

    Creo que en el fondo esta tambien ese mito de la invulnerablidad del ser humano, tan caracteristico de nuestra cultura.

    Un abrazo, Antonio.

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