martes, 15 de enero de 2013

Carta a una buena amiga



Me llamaste ayer y te noté desde el primer momento muy afectada. Unas primeras pruebas en hematología daban pie a la posibilidad de que, tras realizar otras pruebas posteriores, apareciese una dolencia importante. Reconozco que reaccioné tarde y quizá incluso mal, debido a la tendencia a elaborar los datos ajenos según las pautas mentales y vitales propias. En otras palabras, traduje de inmediato tu información a mis propios esquemas, por lo cual seguramente te sentiste perpleja e incomprendida.
En realidad, si recuerdas, te hice una sola pregunta: qué pasa realmente si el resultado de las pruebas es negativo y que pasa realmente si el resultado no es negativo. Desde mi punto de vista, realmente pasa muy poco. Somos una especie de raros seres que desde que abrimos los ojos al mundo nos encontramos subidos a un árbol que forma parte de un ilimitado bosque y nos vemos obligado a decidir cada minuto de cada día si permanecemos en ese árbol, saltamos a otro (¿izquierda? ¿derecha? ¿atrás? ¿delante?...), o avanzamos o retrocedemos. De hecho la biografía de cada persona es una autobiografía compuesta de todos y cada uno de los saltos que hemos decidido dar de árbol en árbol.
Ayer me llamaste desde un árbol desde el que divisabas un panorama que encerraba la posibilidad de momentos y vivencias duras, que no te gustaban. Intenté transmitirte que no está en nuestras manos negar la presencia de algunos árboles indeseados (están ahí, y nuestra única posibilidad es afrontarlos e intentar metabolizarlos dentro de nosotros mismos, al igual que no está en nuestra mano modificar nuestra altura, edad o ADN). Esos árboles nos sacan de un falso sueño: que el tiempo está ahí, a nuestra disposición, sin causar sobresaltos. Esos árboles son capaces de despertar en nosotros sensaciones y vivencias que habitan también dentro de nosotros mismos. Ante lo inevitable de unos árboles indeseados surge entonces con más fuerza que nunca la capacidad de vivir la vida con mayor energía y hondura que antes.  
José Hierro lo expresa muy bien al final de un poema (Respuesta) que te he enviado y habrás leído/escuchado (hice canción del poema) más de una vez:

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber que me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras
como tú me entendieses.

Si lo pensamos bien, no hay nada que temer. Pase lo que pase, sean cuales fueren los resultados de esas pruebas, tienes en tus manos el tesoro de la vida. Me dijiste ayer también que temes el dolor proveniente de determinadas dolencias. El dolor ya no tiene por qué existir en las sociedades donde vivimos algunos seres humanos privilegiados: hay fármacos que lo borran, si así lo quieres. No pasará realmente nada, créeme. Descubrirás solo que tu mirada abarcaba antes la espesura lejana de árboles, y ahora te puede tocar abrazarte a lo que tienes y a lo más cercano. Eso no es una limitación, sino una riqueza sobrevenida. Somos muchos y muchas los/las que te queremos, te cuidaremos si lo necesitas y te tenderemos la mano para que des el salto acompañada al árbol que prefieras.
Sólo quiero decirte ahora que te quiero
Besos, abrazos y vida
Antonio

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Hermosísimo, muy realista y muy sabio, en efecto.

      Y no son falsas palabras, ni consejos alejados de la experiencia lo que aquí trasmite Antonio. Percibo que es producto de su propia situación personal, de su propia elección, de su propia actitud vital.

      Gracias Antonio por lo que le dices a tu amiga (nos lo dices también a los que te leemos) y por como lo dices.

      Ana L P

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